Opinión | La mirada del lúculo

El camarote de Bemelmans

Hotel Splendide es un montón de historias disparatadas sobre camareros y demás servicio durante los años de euforia que precedieron al Crac del 29 en Nueva York

Ilustración de Pablo García.

Ilustración de Pablo García.

Esta semana me referiré a un libro de memorias. No es la primera ni será la última vez. Eso sí, tiene de extraordinario que me he divertido con él extraordinariamente. Se titula Hotel Splendide, hacía tiempo que había oído mencionarlo y ahora resulta que ve la luz traducido al español gracias a la editorial Gatopardo. 

No sé si les suena Ludwig Bemelmans. Bemelmans llegó a Nueva York en 1914 después de una infancia problemática. Nació en Merano, Italia, entonces parte del imperio austríaco. Más tarde, su padre abandonó a la madre embarazada y a la institutriz del joven Ludwig, a quien también había dejado preñada, y se largó a Estados Unidos. Ludwig, como era de esperar, un adolescente difícil, acabó de aprendiz en el hotel de un tío suyo. Tras un incidente con un jefe de camareros -Bemelmans admitió que le había disparado en el abdomen después de que el hombre lo amenazara con un látigo de cuero- tuvo la opción de ingresar en un reformatorio o seguir los pasos de su padre y emigrar a Estados Unidos. 

A los 16 años empezó a trabajar en el Ritz-Carlton. Permaneció allí durante otras quince y llegó a ser asistente del jefe de banquetes. Mientras estaba en el hotel comenzó a escribir y dibujar caricaturas. Desde 1947, su mural de escenas caprichosas en Central Park ha decorado el bar del Carlyle. Los dibujos en blanco y negro del autor abren cada uno de los quince capítulos de Hotel Splendide, un compendio de lujo y camareros holgazanes decididos a convertir salones y vestíbulos en el camarote de los hermanos Marx durante los años neoyorquinos de euforia que precedieron al Crac de 1929. Alguien se preguntará qué tiene que ver todo esto con la gastronomía, y yo pienso que bastante, no solo por las referencias a la comida, los comedores y el diletante servicio, sino también porque la idea de lo que en el libro de Bemelmans se describe debería servirnos como una advertencia antigastronómica de lo que la grandilocuencia hotelera a veces esconde. O lo que le puede esperar al cliente, que sin comerlo ni beberlo padece los rigores de un mal servicio. Lean, por ejemplo: «Cuando por fin llegaba su comida, estaba fría, y a menudo era algo distinto a lo que había pedido. Mientras les explicaba a los clientes en qué consistía el plato que no habían pedido, describiendo en detalle sus ingredientes y elaboración, y les presentaba varias excusas, Mespoulets les derramaba encima la mayonesa, la sopa o la salsa de menta, los salpicaba con el café y a veces incluso se las apañaba para romper un par de platos. Yo lo ayudaba como buenamente podía». 

Leyéndolo me volví a acordar del exigente eduardiano Wilfred Gowers-Round, dandi singular, escritor a ratos libres. A él se debe el llamado manifiesto de deberes del camarero, un decálogo sobre cómo debe conducirse quien sirve una mesa. El inefable Gowers-Round era un asiduo de los restaurantes y de la vida regalada; un día se enfadó tanto por la falta de calidad y la insolencia de algunos de los camareros que le servían que propuso diez reglas dignas de ser observadas. Inicialmente se tuvieron en cuenta como si se tratase de un mandato imperativo en la profesión, pero con el tiempo se fueron olvidando: 1) El trabajo del camarero es servir sin entrometerse jamás. 2) El fin último de atender las mesas es servir discretamente. 3) El camarero debe ir limpio, bien vestido y nunca perfumarse. 4) Bajo ninguna circunstancia debe tocar la comida. 5) Nunca debe llenarse en exceso un vaso. 6) Nunca deben dar un consejo no solicitado. 7) Si los comensales prefieren servirse el vino ellos, así sea. 8) No se retiran platos de la mesa hasta que todos hayan terminado de comer. 9) Las mujeres deben ser tratadas con el mismo respeto que los hombres. 10) La cuenta se deja en la mesa sin ceremonia. En la discreción y la no intromisión debe incluirse, por supuesto, no llevarle la contraria tozudamente al que paga cuando, además, no le falta razón sobre la temperatura adecuada en que ha de servirse el vino. Los jefes de sala, camareros y demás personal de servicio incluidos en las memorias de Bemelmans, él mismo sin ir más lejos, no estaban familiarizados con las reglas de Gowers-Round.

El Hotel Splendide de Nueva York es un depósito de desesperación y sueños de los que han llegado hasta allí para emplearse, procedentes de distintos lugares. Está el viejo Mespoulets de Marsella, un camarero caótico que adora las palabras y, escondido en la lavandería, estudia minuciosamente una antigua gramática francesa. Está Monsieur Victor, el maitre, que da unos pasitos de baile cuando se libera de un cliente difícil. En la cocina, el senegalés Kalakobé, único negro del hotel, limpia cacerolas y renueva cubiertos, pero en sus días libres se convierte en un dandy vestido de terciopelo color ciruela y guantes amarillos. El tirolés Fritzl trabaja entre toallas y pomadas en el baño y sueña con volver a casa con un traje cortado en Londres. Bemelmans tenía una habilidad especial para los pequeños detalles que las memorias corrientes suelen esquivar: la jaula de pájaros en el lúgubre apartamento de Monsieur Victor, por ejemplo, en la que un trozo de lechuga marchita está adherido a los barrotes; o las manchas de sangre en los asientos de piel de leopardo del automóvil Hispano-Suiza que le legó un magnate cubano cuya amante había palmado en él; o esa vista desde el balcón del cuarto, en la última planta, del rumano Gorylescu, con las luces del reloj de Jersey apagándose y los reflectores de un acorazado en el río Hudson. 

Hotel Splendide se publicó por primera vez en 1941.