Opinión | Pasado de rosca

La retórica del poder

No me digan que no será chusco ver a Puigdemont, el denostado prófugo de la justicia, llegar a Cataluña en loor de multitudes en una puesta en escena que sin duda será cuidada hasta el último detalle para mayor glorificación del otrora vituperado delincuente.

Ese es el quid de la cuestión. Si se leen atentamente los cuatro folios del acuerdo firmado por Junts y PSOE, se verá que lo único que aparece nítidamente acordado y establecido es la amnistía de los que de una u otra manera participaron en el llamado procés. El resto son vaguedades y brindis al sol de futuros acuerdos que habrán de venir, eso sí, supervisados por un observador internacional. Bueno, eso y la noción de lawfare, que dicho en bruto consiste en la supervisión del poder judicial por el legislativo. Y no es que distintos jueces y órganos judiciales de este país no hayan dado muestras de venalidad, que las han dado con demasiada frecuencia. Pero antes que poner al Parlamento a vigilar a los jueces, sería mucho mejor para la democracia y la separación de poderes despresurizar políticamente a la Magistratura como medio eficaz para asegurar su real independencia.

Contemplemos los hechos desprendidos de la farfolla, esto es de la inflamada retórica partidista. El abuso de ese recurso en un partido como Vox, tan dado a la soflama incendiaria ha contagiado a otros, especialmente al PP, empeñado en competir en el terreno que les es propio a los abascales. ¿Con qué nos encontramos? Con un PSOE —no personalicemos tanto en Sánchez; no se puede olvidar que el partido, excepto outsiders como González o excepciones como García Page, ha cerrado filas en torno a su líder, el olorcillo del carguito despierta el apetito— que se garantiza la permanencia en el poder y con unos independentistas que ven perdonados todos sus pecados. Y en el caso de los prófugos, los exilios más o menos dorados en las proximidades del río Leteo se truecan por regresos triunfales y todos los pecados resultan lavados con indulgencia plenaria, esto es, desaparece cualquier inhabilitación. Es decir, el president honorario Puigdemont puede volver a ser ‘president’ a secas. Bueno, a secas, no: molt honorable president, a poco propicias que le sean las urnas tras su sonado triunfo sobre el pérfido españolismo.

Las negociaciones entre Junts y el PSOE han sido arduas y se han prolongado temerariamente mientras los cachorros de las derechas extremas y asociados rugían enfurecidos a las puertas de las sedes del PSOE. ¿Discutían sin ponerse de acuerdo sobre el modelo de país que cada una de las formaciones defienden? ¡Quia! Se trataba de hilar fino en la redacción de la futura ley de amnistía para que no quedara un fleco suelto por donde algún avezado juez pudiera meter una cuña con la que desbaratar el propósito de devolver la condición de ciudadanos inmaculados a los antes delincuentes del procés. El resto se ha dejado ad calendas graecas. Y ya, luego, si eso, discutimos cosas que repercutan en el bienestar de la ciudadanía. Porque lo que ha quedado como cruda realidad es que los unos exigían la amnistía a cambio de sus votos para la investidura de Sánchez y los otros estaban dispuestos a concederla con tal de conseguir esos ansiados votos que los mantengan en el poder. El resto es retórica. Aunque el PP no se ha escapado de esa retórica perniciosa y está arengando a las masas —tanto da que esas masas estén formadas por unos pocos miles— en contra del partido que les ha arrebatado la posibilidad, que veían tan cercana, de conseguir el Gobierno de la nación.

Y no hagan caso de las jeremiadas. España no se rompe, la democracia no se acaba, el apocalipsis no está a la vuelta de la esquina. Pero tampoco den crédito a las promesas grandilocuentes. No vamos a lograr un mejor encaje territorial ni esto va a deshacer la madeja de los nacionalismos. Tan solo hemos asistido, más impertérritos de lo aconsejable, a la enésima lucha descarnada por el poder. De los independentistas y de los dos partidos de mayor tamaño, que no grandes. Y los cuatro que han seguido las consignas y les han bailado el agua a los actores principales no han hecho otra cosa que tomarse en serio las cortinas de humo que unos y otros han extendido para evitar que se viese lo que de verdad les importa, que es conquistar la mayor cantidad posible de poder, importa poco el precio.

Una oportunidad perdida más de regenerar un poco el enfangado panorama político en el que chapoteamos todos.