Opinión | Cartagena D.F.

Amniostiados

Nosotros no estamos exentos de responsabilidad, porque nos hemos acomodado a una democracia sin percatarnos de que tenemos que ganarla y trabajarla cada día

Una de las manifestaciones contra la amnistía frente a la sede del PSOE.

Una de las manifestaciones contra la amnistía frente a la sede del PSOE. / Agencia ATLAS / Foto: José Luis Roca

No, no es una errata. ‘Amniostiados’, escrito con una ‘o’ que se ha colado por en medio, como nos están colando a nosotros esta historia que no sé si romperá España o no, pero que mientras juegan con nosotros en este tablero de Risk en el que nos han convertido, nos las dan por todos lados.

Sí, suena un poco vulgar, espero que no blasfemo, porque me gusta ser respetuoso, pero en ocasiones hay que ser contundentes y, aunque he tenido muchas dudas sobre si contribuir a este incendio generalizado de las calles con el uso de términos groseros y malsonantes, porque no es mi estilo, a veces tenemos que ponernos contundentes y no permitir que nos engañen más, que nos tomen por tontos, dándole la vuelta a la tortilla, algo en lo que nuestros representantes políticos son unos auténticos expertos, hasta que esa mezcla de patatas, cebolla y huevos, muchos huevos, se les desparrama, por mucho que se crean que tienen la sartén por el mango.

Nos venden como la mayor de las bondades para nosotros y los nuestros, para nuestro futuro y el de nuestro país, lo que es un beneficio única y exclusivamente para ellos. Utilizan y pisotean nuestros votos, nuestra voluntad, la voluntad popular para crearse un mandato a la medida, pensando solo en sus intereses, que pretenden que creamos que son también los nuestros. Lo más triste es que, en algunos casos, más de los recomendables, lo consiguen.

Van de progresistas y promotores de la paz y la concordia, del respeto y hasta del amor, cuando solo se quieren a sí mismos, aunque ni siquiera se respetan, porque no son coherentes ni leales ni con lo que hacen ni con lo que dicen. De pensar ni hablamos, porque su forma de ver las cosas solo va en función del yo, mi, me, conmigo.

Algunos, muchos, caen en la trampa y los nutren de argumentos y razones con sus barricadas y sus burradas, que solo sirven para mermar y acallar el pacífico derecho a mostrarse en contra de las injusticias, sin que te señalen con etiquetas de otros tiempos, que tienen guardadas en el cajón para usarlas cuándo y cómo les conviene.

Sus alianzas de no agresión y sus ‘seises’ en los dados de las ‘batallas’ por conquistar una razón que quieren, pero que no tienen, que no han tenido nunca ni tendrán, son nuestras derrotas. Se apoltronan en sus sillones como si fueran una atalaya desde la que nos observan con superioridad, sin recordar que somos nosotros quienes les prestamos el asiento. Y una vez sentados, se atribuyen la potestad de erigirse en nuestros protectores casi divinos, en los poseedores de la sabiduría y la ciencia necesaria para saber lo que más nos conviene. O así nos lo trasladan, cuando, en realidad, solo les conviene a ellos.

Lo peor es que todos, absolutamente todos, tienen por qué callar, porque cargan con sus particulares mochilas de vergüenzas y desvergüenzas. Pero todo tiene un límite y puede que ya lo hayan rebasado.

Ni Cartagena ni Murcia ni ningún otro rincón de la Región escapa de esta fiebre, de este ambiente enfervorizado, de este despropósito continuo que supone asumir sus voluntades, cuando no son las nuestras, cuando no son las de la mayoría, por mucho que justifiquen que votamos lo que ellos proponen, porque hoy nos dicen A, mañana B y, al día siguiente C.

Nosotros no estamos exentos de responsabilidad, porque nos hemos acomodado a una democracia sin percatarnos de que tenemos que ganarla y trabajarla cada día. No lo hemos hecho cada vez que hemos permitido que nos ganaran terreno y lo hemos observado con una actitud condescendiente e indiferente, desde el sofá de nuestro salón. Cada vez que hemos consentido que nuestros derechos y libertades se desangraran en favor de unos supuestos deberes que solo obedecían a sus intereses propios, casi nunca a los del resto de la sociedad.

¡Ya está bien! Hay quienes vislumbran el fin de la democracia, un cambio de régimen, en toda esta algarabía mediática que se ha instalado en nuestras vidas, en todo este ruido que, en realidad, lleva meses, quizá años o hasta décadas resonando en periódicos, radios y televisiones por el supuesto reparto del poder sobre unos territorios, cuando solo se trata del maldito parné.

Decía el recién galardonado con el premio Cervantes 2023, Luis Mateo Díez, en una entrevista que «estamos sometidos a demasiada actualidad». Yo me permito la desfachatez de separar la frase para construir dos, que no sé si el propio literato dejaba entrever: «Estamos sometidos» y «demasiada actualidad».

No sé si estamos ante el origen de ese cambio de régimen que algunos anuncian como si fuera el acabose. Pero sí creo que estamos ante una gran oportunidad de ser más protagonistas de nuestro presente y, sobre todo, de nuestro futuro o el de nuestros hijos y nuestros nietos. De luchar por esa democracia real que está representada por un parlamento en el que se respeta la separación de poderes, que nos costó una y muchas revoluciones.

O, si lo prefieres, te puedes quedar mirando por la tele esperando a que te den en la otra mejilla. Contemplando cómo unos pocos son amnistiados, mientras todos los demás somos ‘amniostiados’ en nuestros derechos, en nuestras libertades y, cada vez más, en nuestras carteras. Y otro día, si quieres, hablamos de siglas e ideologías.