Opinión | Verderías

Ecoidiotas

Da realmente mucha rabia que la protesta ambientalista, la reivindicación por el entorno, se vea de pronto empañada por un acto tan absolutamente idiota como el de los dos chavales que a principios de esta semana la emprendieron a martillazos en la National Gallery con la Venus del Espejo de Velázquez.

Sé que hay un grupo de gente, casi una tendencia aunque sea minoritaria, que es partidaria de trasformar la protesta ecologista en protesta violenta o al menos disruptiva. Buscan la notoriedad y la presencia masiva en redes. Y sin duda la consiguen. Hasta el gato ha visto las imágenes de los jovencitos atacando el cuadro, ha escuchado la proclama y ha conocido que hay una organización que se llama ‘Just Stop Oil’. Yo mismo estoy ahora hablando de ellos y contribuyendo a difundir su absurdo atentado.

Pero es una trampa. Entiendo perfectamente que mucha gente comprenda que la emergencia ambiental es más urgente y más peligrosa que el paso de tortuga con el que se van adoptando políticas o herramientas para detenerla. Y por tanto comprendo que estos sectores, frecuentemente muy jóvenes, estén cabreados y piensen que hay que hacer algo más para llevar a primera plana el problema. Pero se equivocan, y les voy a explicar por qué.

Hoy, a mi lado, en la temprana hora del desayuno un hombre le decía a otro: «¿Has visto estos de Greenpeace lo que han hecho con el cuadro de Velázquez?». Acabáramos, era de esperar. En el trazo grueso se confunde la parte con el todo y ahora va a ser que los ecologistas en su conjunto son unos descerebrados que les encanta cargarse joyas pictóricas del patrimonio de todos. Muy al contrario, como decían estos señores, Greenpeace es un ejemplo de protestas espectaculares que concitan la atención mediática y llenan las redes pero con acciones que hacen exclusivamente a riesgo propio, nunca contra nadie.

Estoy seguro además que quienes más contentos se habrán puesto por la acción violenta en el museo de Londres serán los promotores de la concesión de nuevas licencias de perforación y explotación de hidrocarburos en el mar del Norte. Imagino a los directores de la petrolera y a los responsables de comunicación de la compañía teniendo ahora claro a que desde ya el Gobierno británico les va a conceder el permiso, las democracias no se someten a chantaje.

Se equivocan estos grupos que pretenden «hacer más», como dicen ellos, por el medio ambiente. En este caso, este grupo de «ecoidiotas» han quitado argumentos a quienes recuerdan al Gobierno británico que recurrir a los yacimientos del mar del Norte no sólo es un retroceso en la lucha contra el calentamiento global sino que además apenas garantizaría unas semanas de abastecimiento al Reino Unido y con un crudo mucho más caro y difícil de refinar.

Son inútiles y perniciosas estas actuaciones. Los descerebrados del martillo no me representan, ni a mí ni a los millones de personas que luchan por parar el cambio climático.