Opinión

El camino de los humildes

No son elementos materiales, ni signos externos, sino la valía personal, la bondad, el deseo de hacer el bien, el respeto a uno mismo y a los demás, los verdaderos adornos que han de completar la figura del gobernador

Consejos de don Quijote a Sancho (1905).

Consejos de don Quijote a Sancho (1905). / Javier Tusell

Salvo cuando está bajo el diabólico efecto de sus extravagantes delirios, don Quijote se expresa con gran raciocinio, hace gala de una mente ordenada, de un entendimiento delicado y discreto. Conoce muy bien cómo es la vida. Ni se engaña con quimeras, ni puede nadie acusarlo de ingenuo. Sabe que la injusticia triunfa por todas partes, que los débiles, esos menesterosos y menesterosas a quienes se obstina en ayudar, claman al cielo por las muchas penalidades que padecen. Su interiorización del dolor humano es tan grande, que acaso la toma de conciencia de tal hecho haya contribuido decisivamente a su desvarío, quizá incluso en mayor medida que el efecto pernicioso de las lecturas intempestivas durante noches completas en vela.

El caso es que se asombran propios y extraños, cuando el buen caballero habla con el entendimiento y el corazón en su centro. En tales ocasiones Sancho dice de él, con orgullo y devoción, que su amo bien podría predicar desde los púlpitos con más elocuencia que cuantos doctores tiene la Iglesia. No deja de admirarlo, y para siempre han de quedar en su memoria, las veces en que el notable loco de la Mancha pronunció, entre los cabreros que le habían acomodado, un discurso sobre la igualdad reinante en la Edad de Oro; y otro más (teniendo como oyentes a los huéspedes de una venta que se le figuraba castillo) sobre la alta dignidad de dos oficios sagrados, el de las letras y las armas, sufriéndose en las armas mayores riesgos y sacrificios, aun siendo ambos nobles y bellos servicios, consagrados al bien común; podrá recordar hasta un tercer discurso sobre la amada libertad, dádiva del cielo, tan bella que aun siendo pobre, es digna y hermosa.

Las palabras de don Quijote suelen ser entonces bálsamos de consuelo en un mundo de ignorancia, errores e injusticias. En ocasiones se muestra siendo el depositario de una doctrina ancestral, como cuando, a punto de gobernar Sancho en Barataria, habla con su escudero, con su amigo. Pone en sus oídos cosas que acaso un humilde labrador jamás haya oído antes, tan elementales como el aseo o la higiene, pero tan elevadas y liberadoras como la serena convicción con la que afirma que mejor es virtud que linaje. No son elementos materiales, ni signos externos, sino la valía personal, la bondad, el deseo de hacer el bien, el respeto a uno mismo y a los demás, los verdaderos adornos que han de completar la figura del gobernador. Las palabras del caballero ejercen un magnetismo, un embrujo. Como Jesús enseñando a Nicodemo, así es don Quijote enseñando a Sancho.

No son lecciones de combates ni confidencias de tirador lo que se condensa en las palabras del Caballero de la Triste Figura. Habla del bien, de la bondad. Su tema es el elenco de virtudes que fortalecen el corazón humano. Por encima de todo, la virtud superior por excelencia es la justicia. Una justicia profundamente compasiva, porque la justicia sin alma no sirve para nada, ni siquiera merece tal nombre. Afrentar al reo, humillarlo de palabra o de obra, es grave tacha para un juez, que antes debe ser misericorde y sufrir con la humanidad doliente por los males que perpetramos unos contra otros. Sin tolerar el crimen, ni disculpar a su autor (rico o pobre), un corazón abierto a entender la naturaleza humana debe huir de la aplicación fría y estricta de la ley, porque entonces la ley sería únicamente un elemento represor, y con ello, no se ayudaría a nadie, no se cambiarían pareceres ni se corregirían los corazones. No sería justicia, sería temor. No habría autoridad, solo poder. Don Quijote sabe que la fuerza es necesaria, pero no la separa de la palabra. No segrega la autoridad de la bondad. Sancho escucha, y transformado en su corazón, siente ahora que tiene la fuerza de convertir la ínsula terrestre de Barataria en una auténtica utopía de justicia, bondad y derecho. Pero las obras del egoísmo son fuertes, mientras que el espíritu humano es débil.

Una innegable melancolía envuelve siempre las palabras más inteligentes y razonables de don Quijote, consciente de la lejanía de los ideales y la acuciante persistencia del instinto y del interés.