Opinión | Tribuna Libre

Manuela Sevilla

Tenía un amigo Palestino

«Algo tenemos que hacer, mira los sionistas, dicen que somos un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo. Y yo digo que eso es falso, nosotros somos un pueblo, una tierra y a ella un día volveremos»

Manifestación en apoyo a Palestina tras los ataques de Israel.

Manifestación en apoyo a Palestina tras los ataques de Israel. / Europa Press

Tenía un amigo palestino, y digo ‘tenía’ porque no sé si ahora lo tengo, es decir, que no sé si en estos momentos estará vivo o muerto. Su nombre, Khalil Taluzi. Nos conocimos en el año 2004, cuando yo empecé a frecuentar la asociación ‘Solidaridad con el pueblo Palestino’, en aquella época presidida por Pedro Marset, catedrático de Medicina de la UMU y hombre muy comprometido con la causa palestina. Ellos se habían conocido cuando Khalil vino a Murcia a estudiar Medicina unos años antes. Cuando a mí me lo presentaron era un muchacho de unos treinta años, moreno, de estatura mediana, piel morena y cabellos negros. En su cara destacaba una barba no demasiado cuidada y unos ojos profundamente negros en los que resaltaba su mirada siempre preñada de tristeza, tal vez la tristeza que siempre acompaña a aquellas personas que añoran por encima de todo su patria, su tierra y sus gentes. Cuando hablamos por primera vez le quedaban muy pocas asignaturas para terminar su carrera. Un hermano suyo que se había quedado en Palestina le pagaba los estudios y la residencia en nuestra ciudad. En los cuatro o cinco años que compartimos actividades y amistad me contaba cosas sobre su vida. Supe que, por varias circunstancias, el hermano había tenido que dejar de pagarle los estudios y que él se había puesto a trabajar para poder terminarlos. Pero sobre todo me hablaba del sueño de volver a su pueblo, un pueblo de aguas azules, uno como tantos bañado por el mar Mediterráneo, un pueblo que llevaba muchos años en manos de Israel. Era consciente de que era un sueño imposible, pero no lo era volver a Gaza para ofrecer sus conocimientos a todos sus hermanos palestinos que residían en la franja, especialmente a los niños y niñas. «Están con muchas necesidades y sufriendo mucho», me decía emocionado ante las injusticias por las que lleva atravesando el pueblo palestino desde 1948. Y llorando añadía: «Algo tenemos que hacer, mira los sionistas, dicen que somos un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo. Y yo digo que eso es falso, nosotros somos un pueblo, una tierra y a ella un día volveremos». Y Khalil cumplió su deseo, y volvió a su tierra.

Nos estuvimos escribiendo unos años por correo electrónico, después, la vida dispersa a las personas y cada uno sigue un camino diferente. Pero nunca lo he olvidado, y ahora, ante la ferocidad y salvajismo del ejército israelí, no dejo de recordarlo y preguntarme ¿será uno de esos médicos que no descansan en los colapsados hospitales de Gaza? ¿Sería alguno de los que perdió la vida en el bombardeo de hace una semana, un día antes de que Biden visitara Israel? No lo sé, no lo puedo saber. La última carnicería de miles de palestinos no presagia nada bueno.

No puedo dejar de recordar las múltiples actividades que juntos realizamos desde la asociación ‘Solidaridad con el Pueblo Palestino’, entre ellas destaco: la recogida de material escolar, convocatorias con los partidos políticos, sindicatos, asociaciones sociales, manifestaciones, charlas informativas en la Región para aumentar la conciencia ciudadana sobre esta causa digna de defender, etc... para culminar, ¡cómo no!, utilizando esa arma pacífica que nos ofrece la cultura y que él sabía que era, y sigue siendo, mi pasión: el teatro. Llevamos a cabo un espectáculo denominado Palestina silenciada, con textos del poeta palestino Mahmoud Darwich.

Aprendí mucho de él sobre la causa palestina y supe cómo la maquinaria israelí, puesta al servicio del exterminio de su pueblo, no ha parado en sus crímenes y violaciones de los Derechos Humanos durante décadas. Recordamos a los asesinados en Sabrá y Shatila en el año 1982, a los primeros refugiados que nunca pudieron volver a su tierra, a los miles de prisioneros que hay en las cárceles israelíes, supe de la política de multiplicar los asentamientos colonos en Cisjordania, de la acción de anexionarse Jerusalén Este y de perpetuar el Muro del apartheid, de convertir la Franja de Gaza en la mayor cárcel al aire libre de nuestra época y ahora esto.

Khalil volvió al barro que le vio nacer. Ahora, con lágrimas en los ojos mientras lo recuerdo, solo puedo decir: ¡Larga vida, oh mártir Palestina!