Opinión | El castillete

Somos los malos

Resulta duro admitir que pertenecemos a una pequeña minoría de la humanidad que va por ahí haciendo daño para mantener unos privilegios que arrancan de la época colonial. Pero es la verdad

El presidente de EEUU, Joe Biden, junto a Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel.

El presidente de EEUU, Joe Biden, junto a Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel. / Europa Press

«Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta». Esta frase se atribuye al expresidente de Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt, el del New Deal, que la habría dicho en 1939 en referencia al dictador nicaragüense Tacho Somoza. 

La expresión, no exenta de cierto cinismo, representa una síntesis muy acertada de lo que, a lo largo de los siglos, ha supuesto la relación entre Occidente y lo que ahora se denomina el Sur global. En Europa y EEUU hemos levantado un jardín, como diría Borrell, a partir de implantar el infierno en las colonias, las cuales sufrieron la esclavitud y el saqueo de sus recursos en favor de las metrópolis. Esto conllevaba la instauración en la jungla (otra feliz expresión del comisario europeo de Asuntos Exteriores) de sistemas despóticos que favorecieran aquel expolio en favor de nuestros países que, merced a este sistema de intercambio desigual, avanzaban a pasos agigantados hacia la prosperidad. Hasta el punto de que sus clases dominantes se permitieron el lujo, en los albores de la industrialización, de tolerar la democracia y hasta los derechos sociales y políticos a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial (en España más tarde). 

Cuando Roosevelt dijo aquello de que como mandamás de toda América estaba vivamente interesado en que una nación de su patio trasero siguiera bajo la égida de un criminal corrupto, en casa construía una socialdemocracia que reforzaba el papel de la clase trabajadora y limitaba el de los financieros que habían llevado al crack del 29. El inquilino de la Casa Blanca no hacía otra cosa que seguir con la lógica del capitalismo en su fase imperial: la acumulación en el centro, y por ende el bienestar de su población, se correlaciona con la miseria en la periferia.

Y así llegamos a estos tiempos modernos, aunque no menos sangrientos que los que nos han precedido. Bueno, en realidad, en las áreas avanzadas nos las apañamos en las últimas décadas para que las guerras sucedan donde la gente vive instalada en la penuria, cuando no en el horror. Total, sólo han conocido la desgracia. Y así montamos instituciones como la UE, la OTAN, el Banco Mundial, el FMI, etc, cuya finalidad es garantizar un orden mundial de carácter unipolar donde el ‘mundo civilizado’ impone su santa voluntad al resto del orbe con la intención de seguir mandando a través de la hegemonía tecnológica y militar. Esa jerarquía se busca imponer por las buenas, pero si la diplomacia falla, se desempolvan las viejas cañoneras, que se aproximan, amenazadoras, a las junglas del planeta. 

Ocurre que por estos lares ya no estamos muy por la labor de mandar a nuestros hijos a dejarse el pellejo en remotos conflictos. Y es entonces cuando nuestras élites deciden que la carne de cañón no se va a nutrir de la juventud de aquí, sino que los muertos los van a poner otros. Por ejemplo, los ucranianos. Si de lo que se trata es de golpear a Rusia para romper su alianza energética con Alemania y apoderarse del corazón de Eurasia (el centro del mundo) en la pugna estratégica que mantenemos con China, nada mejor que implantar en Kiev un régimen títere (golpe de Estado del Maidán) que, machacando duramente a la amplia minoría rusa, provoque una reacción violenta de Moscú. Y ya tenemos el lío con Putin que andábamos buscando. Ahora, a atiborrar de armas a un ejército, el de Zelenski, a ver si provoca el colapso del gigante del este que, tras ser troceado en varios Estados fallidos, no pueda evitar que nos repartamos sus inmensos recursos naturales. 

Y si los batallones ucranianos que se pasean por el frente con simbología del III Reich y sus jefes políticos, ahogados en su corrupción, reivindican sin complejos la herencia banderista (es decir, nazi), no pasa nada: serán fascistas, pero son nuestros fascistas. Una buena campaña de propaganda en los medios y la gente se tragará que Zelenski es el muro de contención frente a quienes quieren acabar con nuestros valores. Y que los del neonazi batallón Azov son quienes van a impedir que los tanques rusos se planten en París y Madrid.

Ahora bien, donde nos estamos luciendo es en lo tocante a Palestina. Primero, calificamos como democracia un brutal régimen de apartheid (el israelí) que, además, mantiene bajo ocupación ilegal, según las leyes internacionales, territorios que no son suyos. Segundo, balbuceamos algo sobre el derecho de Israel a defenderse cuando observamos cómo su ejército somete a un cerco medieval a más de 2 millones de personas, privándolas de agua, alimentos, energía y medicinas. Algo así, uno de los crímenes de guerra más abyectos, no se había visto desde el cerco hitleriano a Leningrado. Y tercero, somos incapaces de exigir al ocupante que cese el genocidio que está perpetrando contra la gente de Gaza (sobre todo contra sus niños y niñas) y, lejos de imponerle sanciones, Biden y Úrsula acuden a Tel Aviv a darle palmaditas en la espalda a Netanyahu para rogarle que mate un poco menos y con más disimulo.

Así que en la escala moral hemos retrocedido respecto de la época de Roosevelt: mientras éste reconocía que utilizaba a ‘hijos de puta’ para preservar los intereses yanquis, nuestros dirigentes actuales nos aseguran que los gendarmes que tenemos por ahí fuera son buenas personas y demócratas de toda la vida que respetan los derechos humanos. A lo peor, esto pasa porque nuestros estándares de democracia se han rebajado, en el jardín, considerablemente.

Resulta duro admitir que pertenecemos a una pequeña minoría de la humanidad que va por ahí haciendo daño para mantener unos privilegios que arrancan de la época colonial. Pero es la verdad. 

Toca asumir que somos los malos de esta historia. Y actuar en consecuencia.