Opinión | Pasado de rosca

Lo visible y lo invisible

Las ausencias han hecho visible la debilidad institucional de la figura del Jefe del Estado español y la falta de consenso político

La monarquía como forma de la Jefatura del Estado tiene un valor simbólico más relacionado con los elementos míticos que sustentan los sentimientos hacia la Patria o la Nación que con la estructura racional del Estado moderno. Eso no impide que la monarquía parlamentaria sea el sistema actual en no pocos países europeos prósperos, desarrollados y democráticos. Hay otros que han elegido la república, cuyo presidente tiene un componente mítico menos acusado que la figura del rey. En todo caso, una vez que se ha elegido una u otra forma de la Jefatura del Estado, quien la ostente debe hacerlo de modo pleno mientras esa figura no sea removida por un procedimiento legítimo y democrático. Lo que sin duda no es saludable es estar cuestionándola constantemente. No podemos estar todos los días acudiendo a la línea de salida para continuar nuestro camino.

En ese sentido, la jura solemne de la Constitución por parte de la princesa de Asturias es un acto de fuerte carácter simbólico que ha sido subrayado por diversos elementos de las distintas ceremonias. Empezando por el lugar, el hemiciclo del Palacio de las Cortes, espacio donde está la sede de la representación de la soberanía popular, la cámara baja. Además, para el evento se ha modificado el salón de plenos de forma que pudieran estar no solo los miembros del poder legislativo, diputados y senadores, sino además expresidentes del Gobierno, presidentes autonómicos, etcétera. Se ha convertido el salón de plenos en un teatro idóneo para la representación dotándolo de un escenario en el que mostrar la liturgia del acto. Igualmente, se han utilizado elementos ornamentales aportados por la Real Fábrica de Tapices para dotar de máximo boato y solemnidad a la representación.

El acto escenificaba que la princesa ascendía el primer peldaño para su futura coronación. La mayoría de edad representa la disponibilidad para acceder al trono sin que ya sea necesaria una regencia en caso de incapacidad, abdicación o muerte del actual rey. Coincide la mayoría de edad con el inicio de la formación militar de la princesa, que nos ha sido mostrada realizando los simulacros propios de dicha formación y su jura de bandera, lo que apuntaba a la condición de jefe supremo del ejército del soberano español. Milicia y parlamento están cargados de simbolismo y la solemnidad de las escenificaciones subraya la operación de recuperación de prestigio en la que de un tiempo a esta parte parece estar permanentemente inmersa la monarquía española.

Hasta aquí lo visible. Pero vale la pena arrojar alguna luz sobre los aspectos invisibles que, en esta como en otras muchas ocasiones, tienen tanta o más importancia que los visibles.

Para empezar, se han hecho invisibles, por incomparecencia, importantes actores. No solo independentistas confesos y presidentes autonómicos nacionalistas han dejado de asistir a la ceremonia de la jura. Representantes de una izquierda republicana no extraparlamentaria, sino que incluso forma parte del Gobierno en funciones, no estaban presentes tampoco. Que un ministro en funciones o autopostulante a formar parte del nuevo Gobierno, si llega a producirse la investidura de Pedro Sánchez, no asista a una ceremonia relacionada con la Jefatura del Estado es un claro síntoma de la disgregación que se está produciendo en la política española. Así como se justifican los pactos con los independentistas siempre que renuncien a la secesión unilateral, así también un republicano comprometido con las instituciones -y debería estarlo quien se presenta a unas elecciones para ser elegido representante en el parlamento o accede a una cartera ministerial- debe respetar la actual forma de la Jefatura del Estado. El Rey de España es el Jefe del Estado hasta para un republicano. Renunciar a la unilateralidad es someterse a que sea la mayoría la que decida la estructura del Estado, sea en su aspecto territorial o en la forma que adopte la Jefatura del Estado.

Ausencia no menos clamorosa ha sido la del rey emérito, que no estaba presente en la ceremonia aunque sí en la celebración familiar del cumpleaños de su nieta, la princesa de Asturias. Esta invisibilidad pública de Juan Carlos I está calculada para evitar que el deterioro de la monarquía atribuible a las actividades non sanctas desarrolladas por el anterior jefe del Estado contamine a la actual sucesora al trono.

En estas ceremonias las ausencias han hecho visible la debilidad institucional de la figura del Jefe del Estado español y la falta de consenso político y de compromiso en torno a esta institución y, por ende, sobre la forma del Estado español. Lo que ya parece innegable es que existe hoy una debilidad política de base en nuestras instituciones. El encono entre rivales y la dificultad para tejer pactos de Estado son una manifestación más de esa carencia de consensos básicos sobre los que edificar una praxis política fecunda que haga avanzar al país. He ahí lo invisible que se visibiliza, por ejemplo, en las descalificaciones e insultos y la política a cara de perro que venimos sufriendo en este país.