Opinión | SALUD Y ROCK N ROLL

Buena gente

Tras la invasión rusa en Ucrania, que no cesa, estamos siendo testigos, tras el atentado brutal de Hamás contra Israel, de un genocidio del que la comunidad internacional dentro de unos años se avergonzará al ponerse de perfil y no proteger y atender al pueblo palestino

Destrucción en Gaza.

Destrucción en Gaza. / EFE

El pasado martes pinché una rueda del coche tras pasar un par de horas leyendo en la playa, en ese intento personal que tengo de convertirme en una prematura jubilada alemana. Después de ese rato de desconexión frente al mar, inicié el camino de vuelta a la civilización y el ruido, cuando tras varios metros en los que noté algo raro, vi por el retrovisor una de las ruedas de mi coche salir disparada. Acto seguido y tras el tambaleo del coche, que se había quedado sin neumático en escasos metros como pude, salí del carril derecho de la autovía mientras veía cómo el neumático seguía rodando sin control por mitad de la carretera. Paré, me quedé unos segundos procesando el susto y un coche se puso delante del mío. «¿Estás bien?» me preguntaron al acercarse hasta la ventanilla del coche, ponerse unos chalecos amarillos y sacar una caja de herramientas para ayudarme a cambiar la rueda. Lo intentamos, pero acabé llamando a la grúa, y ambos se quedaron conmigo más de media hora esperando, intercambiamos los teléfonos y una hora más tarde se interesaban porque estuviera bien y si necesitaba algo.

No todo está perdido, la buena gente existe. Leí esta semana a Javier Vidal, escritor, músico y ciclista, un texto que escribió en el que decía: «Como dije al principio, todo parece indicar que los seres humanos son unos hijos de puta. Mentira. Primero logramos domesticar el fuego, luego al mono dentro de nosotros. Somos pacíficos por naturaleza, a veces buena gente». Al instante recordaba lo ocurrido con la rueda, los dos chicos que con una sonrisa y dedicándome su tiempo, se quedaron, me hicieron reír y bajaron la tensión del susto qué quedó en un pinchazo y una grúa hasta el taller. Ya lo dice Love of Lesbian: «Qué suerte que aún hay gente que lo hace fácil, aquellos que consiguen que fluya bien», porque para llenarlo todo de mierda y emponzoñar ya está la política, las redes sociales y algún infra ser que te toca en algún mostrador de cara al público.

Vivimos en un mundo terrible, donde todos los días vemos la crueldad del ser humano, nos hemos acostumbrado a la sangre, a la guerra, al dolor televisado. Recuerdo la película Tesis y ese final con unas imágenes en el telediario y una voz que dice: «Estas imágenes pueden herir su sensibilidad», y cómo nadie quita los ojos de la tele, el morbo, lo sórdido, el horror, la muerte, se televisa, mientras comemos, aunque tampoco sé muy bien que podemos hacer, más allá de sentir impotencia ante la cantidad de maldad que nos rodea.

Jabalya, el mayor campo de refugiados palestinos de la franja de Gaza, uno de los últimos objetivos del ejército israelí, ha sido atacado, uno de los más mortíferos, 145 muertos, civiles. La franja de Gaza no recibe suministro eléctrico, se está operando sin luz, sin anestesia. Una atrocidad que golpea a la población de Gaza después de que los aviones israelíes lancen toneladas de explosivos. Israel bombardea escuelas y campos de refugiados, mientras Gaza tiene más de la mitad de los hospitales inoperativos por los bombardeos y la falta de suministros. Tras la invasión rusa en Ucrania, que no cesa, estamos siendo testigos tras el atentado brutal de Hamás contra Israel de un genocidio del que la comunidad internacional dentro de unos años se avergonzará al ponerse de perfil y no proteger y atender al pueblo palestino, que está siendo aniquilado de la manera más cruel, retransmitida a todo el mundo.

Me niego a que nos acostumbremos, que seamos insensibles ante tanto dolor retransmitido y televisado. Me sobrecoge la imagen de una madre que se balancea mientras besa y abraza a su hijo fallecido en Gaza, La Piedad han titulado a la imagen que vi a través de Twitter. La tengo grabada en mi cabeza, me niego a que nos acostumbremos a tanta maldad, dolor y sufrimiento.

Poco puedo hacer, al menos alzar la voz y gritar «¡No en mi nombre!». Qué lejano suena todo esto en nuestro día a día, la rutina, el trabajo, la amnistía, el juramento de Leonor, la constitución y Perro Sánchez. Me consuela que entre tanto ruido, guerras, dolor, sufrimiento y polarización queda buena gente, la que ante algo tan banal como el pinchazo de una rueda, te sacarán una sonrisa.