Opinión | La tribuna

Jan Cañete Bayle

Perder Ucrania en Gaza

Muchos de los que acusan con razón a Rusia de crímenes de guerra hablan de derecho a la defensa; otros que critican justamente a Moscú por vetar opiniones disidentes prohíben manifestaciones por Gaza y hasta la bandera palestina en las calles

Ilustración de Leonard Beard.

Ilustración de Leonard Beard.

En el complejo proceso de entender Oriente Próximo, hay lecturas y autores que me parecen muy recomendables: Pity the nation, de Robert Fisk, El muro de hierro, de Avi Shlaim, la obra de Ilan Pappe y Shlomo Sand, todo Edward Said (especialmente Orientalismo), por citar solo unos clásicos, pero últimamente me viene a la cabeza un libro muy diferente: Las cruzadas vistas por los árabes, de Amin Maalouf. En su obra, el gran escritor franco-libanés cuenta dos siglos de historia vitales en la construcción religiosa, política y cultural de Occidente desde el punto de vista de los árabes contra los que los cruzados guerrearon por Tierra Santa, con Jerusalén como gran trofeo. Leer a Maalouf permite ver algunos mitos europeos a través de los ojos del otro.

Pienso en Maalouf cuando leo al presidente de Brasil, Lula da Silva, afirmar sobre la situación en Gaza: «El problema es que no es una guerra. Es un genocidio que ya mató a casi 2.000 niños»; o al ministro de Asuntos Exteriores de China, Wang Yi, declarar que Israel ha actuado «más allá de la autodefensa» y que es necesario detener «el castigo» a Gaza. Otros países, como Turquía, se han expresado en términos parecidos.

Es muy conveniente denunciar las escasas credenciales democráticas de estos países, recordar por ejemplo la represión de turcos y chinos contra kurdos o uigures. Pero son los mismos países a los que Europa y EEUU cortejan para que den la espalda a Rusia y apoyen a Ucrania en la guerra abierta en el este de Europa. Argumentan que en Ucrania lo que está en juego no es el choque de intereses geoestratégicos de dos bloques (que dirimen, por ejemplo, hasta dónde llegan las fronteras de la OTAN) sino principios como la democracia, la legalidad internacional y los derechos humanos. Releer en la hemeroteca declaraciones de líderes europeos sobre Ucrania y compararlas con las de Gaza es un ejercicio que expone un doble rasero descarnado. La condena a países que dejan sin electricidad, agua y comida a millones de personas, bombardean zonas civiles y matan a miles de personas, entre ellos una cifra trágica de niños, no debería ser debatible, matizable o calculada en términos de a partir de cuántos muertos debe empezar a pedirse un poco de moderación.

La UE está demostrando que cree que sí lo es. Y mientras con una mano refuerza la posición de Israel, con la otra debilita su imagen ante el resto del mundo y una parte muy importante de su opinión pública en su mayor prioridad, Ucrania. Muchos de los que acusan con razón a Rusia de crímenes de guerra hablan de derecho a la defensa; otros que critican justamente a Moscú por vetar opiniones disidentes prohíben manifestaciones por Gaza y hasta la bandera palestina en las calles; quienes piden al resto del mundo, sobre todo al Sur global, que den la espalda a Moscú por principios, porque sobre Ucrania ha desatado la guerra un nacionalismo atroz e imperialista que añora los tiempos soviéticos y hasta zaristas, afirman que en Israel y los territorios ocupados no hay que mirar más allá del 7 de octubre. Quienes deploran los miles de refugiados ucranianos y la deportación de niños a Rusia, hablan eufemísticamente con mayor o menor soltura de «evacuar» a millones de personas en el desierto de otro, siempre otro, en este caso Egipto.

En un ejercicio a lo Maalouf, ¿cómo es Gaza vista por los árabes y una parte muy importante del Sur global? Es el último sangriento capítulo de un conflicto que empezó hace más de un siglo, enraizado con la colonización europea y los procesos de descolonización. A su juicio, los palestinos pagan la factura de la mala conciencia europea por el horrendo crimen del Holocausto contra el pueblo judío, y Occidente usa a Israel como punta de lanza de sus intereses en la región. 

El apoyo sin fisuras a Israel, a su entender, tiene además raíces si cabe todavía más profundas, que enlazan justamente con las cruzadas: la animadversión hacia el islam.

El Sur global entiende este punto de vista, ese doble rasero, porque lo ha sufrido. En tiempos de cambiantes hegemonías, cuando el poder de Occidente es cuanto menos discutido por otras potencias y poderes, el doble rasero es letal cuando se buscan aliados a través de grandes principios y posiciones morales. Si recabar el apoyo de China y los BRIC es clave para Europa en su lucha contra la tiranía de Vladímir Putin, su postura en Gaza debilita su estrategia en Ucrania.