Opinión | Pasado de rosca

Tiene que partir

El exterminio de Hamás llevaría consigo la práctica desaparición de los habitantes civiles palestinos de la Franja. Es decir, sería una operación de genocidio o limpieza étnica

Ataque militar de Israel sobre Gaza.

Ataque militar de Israel sobre Gaza. / Nikola Solic / REUTERS

«Cuando la flecha está en el arco, tiene que partir».«La espada que ha salido de la vaina, tiene que matar».«Puestos a reñir, el cuchillo es el que manda».

En los lúcidos ensayos de Sánchez Ferlosio sobre la guerra figuran las sentencias que encabezan estas líneas. Ferlosio analiza el determinismo que las armas trasladan a los conflictos humanos. Contendientes fuertemente armados, según sus tesis, se verán abocados en uno u otro momento a hacer uso de ese armamento. Tal parece que sucediera entre el pueblo israelí y sus opositores en tierras más o menos colindantes. Unos se arman para causar daño a aquellos que los han expulsado de sus tierras y disuadirlos de nuevas ocupaciones; y los otros lo hacen para que los enemigos circundantes no los hagan desaparecer de la faz de la tierra. De un modo u otro, Israel se ha armado no solo para hacer frente a la intimidación que representan las milicias de Hamás y Hezbolá, que lo hostigan periódicamente, sino también a la amenaza que supone para su propia supervivencia la existencia de un Irán que da decididos pasos hacia la posesión de un arma nuclear operativa.

Ya fue señalado en esta columna el domingo pasado que la espiral de mutuos agravios y ataques sufridos por los contendientes arman a ambos de convincentes y suficientes razones para verse abocados a la sinrazón de una escalada de violencia cruel como nunca antes se había visto en la zona. Si a esto añadimos el concurso de líderes políticos de terceros países que toman partido por uno u otro bando —alguno de ellos como Rishi Sunak, que ha proclamado, como si de un pueril hooligan futbolero se tratara: «queremos que ganéis»—, entonces todo empuja a que la confrontación no se detenga. Por detrás de Irán, Rusia y China estarán ,sin duda, moviendo también sus piezas en el tablero. Es lo que tienen los conflictos cuando alcanzan cierta dimensión, que no contienden solo los directamente implicados en ellos, sino que las potencias que aspiran a oficiar de árbitros—es una manera suave y actual de llamar a las potencias imperialistas— se aprestan a tomar sus propias posiciones.

Por eso no es fácil ser optimista en la escalada de violencia que se está viviendo en la Franja de Gaza. Israel no va a contentarse con una limitada operación de castigo a Hamás, que le dejase vía libre a una recomposición que la volvería operativa de nuevo en el intervalo de unos meses o, en el mejor de los casos, unos años y vuelta a empezar. Por otra parte, el exterminio de Hamás llevaría consigo la práctica desaparición de los habitantes civiles palestinos de la Franja. Es decir, sería una operación de genocidio o limpieza étnica. Está por ver cómo van a reaccionar Hezbolá, el Estado Islámico e Irán, según el cariz que vayan tomando las cosas. En ese sentido, toda presión añadida sobre los contendientes es seguro que aleja la solución pacífica del conflicto. Que Biden o Sunak tomen partido por Israel empuja a una confrontación aún más descarnada, lo mismo que las pugnas en el seno de la UE. Que en el parlamento madrileño se asista al enfrentamiento entre Ayuso y la representante de Más Madrid, Mónica García, por el apoyo a unos u otros sencillamente roza el esperpento.

La discusión sobre veinte camiones con ayuda humanitaria es del todo irrelevante en un conflicto en el que la flecha está ya alojada en el arco, y son muchos los arqueros dispuestos a tensarlo.