Opinión | Noticias del antropoceno

En recuerdo de Paco del picoesquina

Paco era el tío más currante que he conocido nunca. Su local original hacía picoesquina entre la calle Aben Arabí y Juan Carlos I. Cuando vino la Gran Crisis, Paco no pudo aguantar el alquiler que pagaba en tan magnífica ubicación y se trasladó a un bajo en la Avenida de Europa, justo debajo de la oficina donde yo ejercía entonces.

No pudo haber elegido peor sitio, porque la Avenida de Europa es un constructo urbanístico muy bonito y perfecto para vivir y criar niños, dado que es completamente peatonal, pero los comercios y establecimientos de restauración deben nutrirse del propio público de la Avenida, un número muy limitado. 

Contra todo pronóstico, Paco y su bar aguantaron contra viento y marea, ayudado en la cocina a veces por su mujer y reforzada su labor hostelera por uno o dos camareros. Se hizo muy popular en la zona y acaparó gran parte de los desayunos, comidas, meriendas y copas que consumían el escaso número de vecinos que residen o trabajan en la Avenida.

Todo parecía irle viento en popa hasta que un día recibí una llamada desesperada de la abogada de Paco. Me informó apurada que le iban a cerrar el local por las quejas a cuenta de los olores a comida que al parecer emanaban de la cocina. Todas las quejas provenían de uno de los vecinos del edificio, un señorito o señorita cuyo delicado sentido del olfato, por lo visto, no podía soportar los vapores que desprendían los suculentos guisos del ya famoso Paco. 

La suerte del susodicho vecino es que ni siquiera tuvo que esperar a que le cerraran el bar de Paco, porque la muerte sorprendió a éste un mes más tarde. Aún no me he enterado de qué murió, pero no me extrañaría que fuera de tristeza o de agotamiento, o de ambas cosas a vez.

No estoy seguro. De lo que sí estoy seguro es que deseo al infame vecino de olfato exquisito que se atragante un día comiendo y vomite hasta el último residuo de inhumanidad que le quede por el sufrimiento que causó a Paco el del Picoesquina.