Opinión | Observatorio

Carlos Malamud

Nueva derrota del correísmo en Ecuador

Una vez más, las últimas elecciones presidencial y parlamentaria han demostrado las fortalezas y debilidades de Correa y de sus seguidores

El presidente electo de la República de Ecuador, Daniel Noboa.

El presidente electo de la República de Ecuador, Daniel Noboa. / EFE / Julio Estrella

Esta vez, y en contra de una firme tendencia internacional, las encuestas no se equivocaron en Ecuador. Y así, a sus 35 años, el jovencísimo Daniel Noboa fue elegido presidente del país en detrimento de Luisa González, la alter ego de Rafael Correa. En ella, precisamente, el gran caudillo de la Revolución Ciudadana había puesto todas las esperanzas de un rápido retorno a su patria. 

La candidata González fue incapaz de romper el techo que marca el respaldo popular al expresidente, prófugo de la justicia y refugiado en Bélgica. Como ocurrió con Guillermo Lasso, Noboa fue capaz de sumar a los millones de ecuatorianos que siguen recordando los años de la revolución ciudadana y su intento de imponer el muy bolivariano sueño del socialismo del siglo XXI, vivido por muchos como una horrible pesadilla.

Sin embargo, las diferencias entre Lasso y Noboa, especialmente a la hora de afrontar la segunda vuelta, son notorias. El presidente saliente, tras aplicar el procedimiento constitucional de la muerte cruzada, que forzó su salida, pero también la disolución del Parlamento, ganó la elección de 2021 echando mano de la polarización y del hastío ciudadano con todo lo que recordara a Correa. Por su parte, y en esta oportunidad, Noboa optó por ignorar al mashi, no echó más leña al fuego de la crispación y optó por no profundizar la «grieta», que dirían los argentinos, entre correístas y anticorreístas.

El flamante presidente, que asumirá el próximo diciembre, solo gobernará algo menos de un año y medio, hasta completar el período por el que fue electo Lasso. Dados los urgentes problemas de su país (un espectacular aumento de la violencia y la inseguridad de manos del crimen organizado y de los carteles transnacionales presentes en el país y la grave crisis económica con desempleo y aumento de la deuda), Noboa no tendrá prácticamente tiempo para desplegar su batería de soluciones y propuestas.

Los cien días de gracia serán prácticamente inexistentes. Desde el mismo momento de su posesión deberá desplegar toda su energía y sus políticas en la búsqueda de las soluciones más urgentes. De otro modo, añadirá nuevas frustraciones a un electorado ya fatigado de tantas promesas incumplidas y, lo que aparece como una carrera política promisoria en manos de un joven empresario y emprendedor exitoso, podría terminar en un estentóreo fracaso.

Una vez más, las últimas elecciones presidencial y parlamentaria han demostrado las fortalezas y debilidades de Correa y de sus seguidores. Su firme piso electoral les ha permitido excelentes resultados en las elecciones locales y regionales de febrero pasado y en las legislativas de agosto. En las elecciones seccionales la Revolución Ciudadana logró importantes avances territoriales, con óptimos resultados en las dos ciudades más importantes del país, Quito y Guayaquil. 

Esto les hizo creer que sus expectativas de recuperar la hegemonía estaban al alcance de la mano. Y así, en las parlamentarias, celebradas de forma simultánea a la primera vuelta presidencial, mientras Luisa González fue la candidata más votada, el correísmo se convirtió en el mayor grupo en la Asamblea, con 48 escaños de 137, mientras Noboa solo tiene 13. De este modo se encaró el balotaje con renovadas expectativas que primero las encuestas y luego el resultado electoral del 15 de octubre terminaron disipando. Fue un verdadero jarro de agua fría. 

Sin embargo, mientras el piso electoral del correísmo está por encima del 30% del apoyo ciudadano, su techo no supera el 48%, una cantidad insuficiente para gobernar, especialmente en un sistema a doble vuelta. Para ganar en 2025, los herederos de la Revolución Ciudadana deberían contar con un candidato sólido, creíble y potente, pero eso haría mucha sombra al gran caudillo. Las expectativas de Correa pasaban por el triunfo de Luisa González, para que, una vez en el gobierno, promoviera una reforma constitucional o arbitrara, ciertas medidas de gracia que le permitieran regresar al país sin deudas con la justicia, de modo de volver a ser candidato.

De momento todo esto se frustró. Pero a Correa eso no le basta. Le ha costado, y mucho, encajar una nueva y dolorosa derrota, un golpe directo en el mentón a su ya descomunal autoestima. Y si perdió, no fue por sus propios errores y limitaciones, sino por conspiraciones ajenas. Pero la próxima será la vencida. Como escribió en Twitter (ahora X): «Patria querida, Patria Grande: Esta vez no lo logramos. Enfrentamos poderes enormes. Hasta se asesinó a un candidato para evitar nuestra victoria. La traición de Lenín Moreno sigue causando estragos, pero que nadie dude de que, al final, Ecuador volverá a la senda del desarrollo e integración latinoamericana. ¡Hasta la victoria siempre!».

Esto suena poco creíble, pero por supuesto que una gestión desastrosa de Noboa y la profundización de la doble crisis (seguridad y económica) darían alas al discurso correísta y al intento de su máximo líder de retornar triunfante y en olor de multitudes. No se debe olvidar que en América Latina, incluyendo Ecuador, el voto de castigo a los oficialismos, con independencia de su color político, sigue plenamente vigente.