Opinión | Limón&Vinagre

Emma Riverola

David Grossman: Palabras de paz sobre las cenizas

Grossman es el escritor que desnuda la condición humana, el inconformista que juega con el lenguaje y la realidad para encontrar nuevos caminos literarios, el intelectual comprometido

David Grossman, durante la presentación de la novela 'Gran cabaret' en Barcelona.

David Grossman, durante la presentación de la novela 'Gran cabaret' en Barcelona. / Ferran Sendra

Hubo un silencio de cinco días. Horas empapadas de sangre y lágrimas. Al ataque de Hamás le siguieron los bombardeos sobre Gaza. En los medios, en las redes, se multiplicaban las reacciones. Algunas, con intención de pensamiento. La mayoría, con voluntad de hinchada. Un derroche de gesticulación. Pompas de egolatría. Pero sus palabras no llegaban.

Pasó el domingo, el lunes, el martes… ¿Cómo interpretar su mutismo? Él, el hombre que necesita escribir para entender, uno de los más grandes de la literatura israelí, el que acumula premios y traducciones, parecía haberse quedado sin palabras. ¿Le había alcanzado el desaliento? «Puede que llegue un momento en el cual me sienta desesperado y creo que no está muy lejano ese día. La situación en Israel es desesperante, nos hace cada vez más xenófobos, nos aterra y nos vuelve herméticos y fanáticos», confesó hace más de una década (revista Letras Libres, 2012).

Al fin, al quinto día apareció un primer artículo en el diario israelí Haaretz. Le sucedieron otros. David Grossman (Jerusalén, 1954) había encontrado las palabras. «¿Quiénes seremos cuando resucitemos de las cenizas?», se preguntaba en el titular. La desolación de la pérdida calada en el texto. Aun así, la voluntad de no dejarse arrastrar por la ceguera del odio: «Los últimos días han demostrado que es imposible empezar a sanar la tragedia de Oriente Medio sin ofrecer una solución que alivie el sufrimiento de los palestinos».  

Un escritor no puede parar las balas ni detener un bombardeo, no resucita a los muertos ni da órdenes a los vivos, pero tiene la posibilidad de contrarrestar las narrativas impuestas desde el poder. Esas que, tan a menudo, quieren a la ciudadanía simple y obediente, fanática o indiferente. Al fin, peones de un juego político que difícilmente ganan. 

David Grossman nació en Jerusalén, ciudad que aprecia por sus vivencias personales y que aborrece por su extremismo fanático. Cielo e infierno, como casi todo en esa tierra donde los dioses extraviaron la paz. La madre de Grossman nació en la Palestina del Mandato británico. Su padre, de origen polaco, fue conductor de autobús y, más tarde, bibliotecario. Cuando el crío tenía ocho años, le regaló un libro de Sholem Aleijem, el primer autor que escribió historias infantiles en yiddish. En pocos días, el niño ya había devorado toda la obra del escritor judeoruso. A los nueve años, ganó un concurso nacional por su conocimiento sobre Aleijem. 

Tiempo después, tras una discusión con su novia que propició una breve separación, Grossman empezó a escribir de modo compulsivo. Necesitaba aplacar la ansiedad que le provocaba la falta de Michal, su actual pareja. Así nació su primer cuento y la constatación de que escribir le permitía afrontar las situaciones que, de otro modo, le resultaban inabordables.

Siete semanas

En 1987, para conmemorar el vigésimo aniversario de la ocupación israelí de Cisjordania y Gaza, el semanario israelí Koteret Rashit propuso al joven escritor realizar un reportaje sobre el terreno, Grossman se quedó durante siete semanas. Conversó con palestinos (habla árabe con fluidez), colonos y miembros del Ejército. El reportaje impactó. Desnudó la brutalidad diaria que había sufrido toda una generación de palestinos, también su voluntad insumisa. El editor le confesó: «Ha sido un shock, no sabíamos cuánto nos odiaban». La traducción al inglés dio el espaldarazo internacional a la carrera del autor.

Grossman es el escritor que desnuda la condición humana, el inconformista que juega con el lenguaje y la realidad para encontrar nuevos caminos literarios, el intelectual comprometido. Junto con Amos Oz y Abraham B. Yehoshúa (ambos fallecidos), es una de las voces más críticas con la deriva fanática del Gobierno de Israel. 

El compromiso de Grossman con la paz ha sido inquebrantable, incluso cuando un mortero impactó en el tanque que tripulaba su hijo en la guerra entre Israel y el Líbano. En ese momento, el autor estaba escribiendo La vida entera, quizá la más compleja y conmovedora de sus obras. La historia de una madre que emprende un viaje -por tierra y memoria- para eludir el regreso a casa: no quiere que nadie pueda comunicarle la muerte de su hijo. Grossman sí recibió la aciaga noticia. 

Las bombas siguen cayendo. La población de Israel y Palestina llora a sus muertos. Lágrimas que impregnan la tierra de odio y sufrimiento. Al menos, que sigan lloviendo palabras de paz sobre las cenizas.