Opinión

Una cacería con piedras en el arte levantino del Alto Segura

1.Imagen original. 2.Gama cromática modificada. 3.Dibujo, según A. Carreño y M. Á. Mateo.

1.Imagen original. 2.Gama cromática modificada. 3.Dibujo, según A. Carreño y M. Á. Mateo.

Como comentamos en el artículo que en su día dedicamos a la caza en el arte rupestre levantino, la captura de grandes animales, sobre todo de ciervos y cabras, se realiza de manera casi exclusiva mediante el empleo del arco y las flechas. Mucho menos frecuente es la utilización de palos arrojadizos, semejantes en la forma a los conocidos bumeranes, que en aquellas escenas cinegéticas en las que aparecen son llevados por algunos individuos que participan en esas cacerías en la fase de atosigamiento a los animales. Y en este contexto, excepcional es, por el momento, dentro del arte levantino de la fachada mediterránea, la acción de caza representada en el abrigo segundo del Arroyo de los Covachos, en Nerpio, en la que se han utilizado piedras como armas con las que abatir un animal.

Las primeras noticias de la existencia de pinturas rupestres levantinas en el paraje del Arroyo de los Covachos se deben a Miguel Ángel García Guinea, quien fuera enviado a la localidad en 1958 por el Instituto de Prehistoria de Madrid, con el cometido de documentar las pinturas rupestres de la Solana de las Covachas. Este conjunto, descubierto cuatro años antes de manera ocasional por José Sotos Pérez, maestro nacional en Pedro Andrés, permanecía por entonces inédito. Consciente de que las de Solana de las Covachas no debían ser las únicas muestras de arte prehistórico en la zona, García Guinea desarrolla entre 1958 y 1968 cinco campañas de prospección en busca de más muestras de arte rupestre. En la última de ellas, tras haber descubierto ya una decena de nuevos yacimientos, localiza una primera covacha con representaciones levantinas en el curso medio del Arroyo de los Covachos. Muchos años después, en 1999, será Constantino González López quien descubra una segunda cavidad pintada en las proximidades de aquella, encontrándose en esta la escena que protagoniza nuestro artículo de hoy. Dado su extraordinario interés, de su estudio nos ocupamos entonces junto a Antonio Carreño Cuevas, publicándola en 2003 en el número 47 de la revista Al-Basit, editada por el Instituto de Estudios Albacetenses Don Juan Manuel.

La composición está formada tan solo por dos figuras, la del cazador y la del animal, sin que haya participación en ella de los otros motivos pintados también en la covacha, en concreto los de un individuo y otro cuadrúpedo, cuya apariencia asemeja la de un carnívoro. La escena presenta un estado de conservación deficiente, sobre todo en lo que se refiere a la imagen del animal que, afectada por un gran desprendimiento de la propia roca de la pared, únicamente conserva una pequeña porción del cuerpo. En la parte alta de la composición se dispone el cazador, de aspecto muy lineal, filiforme. Mantiene una posición invertida, con los pies arriba y la cabeza abajo. Esta es de aspecto triangular, como si mostrara la frente huidiza, y un detalle que nos parece importante, aunque no podamos llegar a valorarlo en toda su extensión, es que enseña el órgano sexual. Los brazos están ligeramente flexionados y en cada una de las manos sujeta lo que interpretamos como sendas piedras, de forma circular. Por delante de él vemos hasta otros nueve elementos similares a estos, que debemos identificar como otras piedras más. Por abajo cierran la escena los restos de pintura que, a pesar de su estado tan fragmentado, pertenecen inequívocamente a la figura del animal, quizás un ciervo, en el que se ven dos flechas clavadas en la parte que se correspondería con el lomo.

El barranco del Arroyo de los Covachos se caracteriza por ser un terreno escarpado, con paredes que, sin llegar a ser demasiado altas, sí muestran una acusada verticalidad, de manera que son muchos los tramos del mismo en los que el curso de agua discurre encajonado, con pocos puntos de salida. Teniendo en cuenta esta orografía y la disposición que adoptan las figuras dentro de la composición, si nos permitiéramos la licencia de imaginar, sería fácil visualizar una situación real que bien pudo inspirar al autor de la escena. Así, los animales deambularían por la parte baja del barranco, en busca del agua y la abundante vegetación, mientras que desde lo alto del terreno, un cazador los vigila en su caminar hasta que llegan a un lugar idóneo, desde el que, a modo de emboscada, dispara sus flechas contra ellos. La posición invertida del individuo acentúa esa sensación de que se encuentra en un plano más alto que el cuadrúpedo. Asimismo, el hecho de que este haya sido asaeteado previamente, como revelan las dos flechas que ya tiene clavadas, en una de las cuales se aprecia, incluso, la emplumadura de dirección, nos lleva a pensar que las piedras que este personaje le está lanzando al animal, posiblemente ya moribundo, tienen como finalidad la de rematarlo.