Opinión | Luces de la ciudad

La lentitud de la paciencia

Vivimos en una sociedad pasada de revoluciones que fomenta sin piedad el estrés y la ansiedad. ¿Qué mejor ocasión para dar una oportunidad sincera a la lentitud de la paciencia?

Hace unos días, en una tertulia televisiva, comentaban, más como una curiosidad que como una noticia relevante, la fuga de un recluso en una cárcel rusa tras veintidós años preso, precisamente, el mismo día en que iba a ser puesto en libertad. No pude evitar, a la vez que los tertulianos del programa, hacer mis cábalas sobre los posibles motivos que podían haber llevado a esta persona a realizar tamaña hazaña. Desde luego, que no estuviera bien de la cabeza y no supiera ni en el día en que vivía, era una de las opciones con más papeletas. Que nadie le hubieran informado sobre la fecha de su liberación era otra posibilidad. O que tuviera un plan de fuga elaborado durante años y quisiera comprobar su efectividad antes de marcharse. O simplemente que el hombre no tuvo paciencia. 

Y es que «la paciencia es una virtud». Al menos para el poeta romano del siglo I a.C. Publio Siro, quien popularizó esta conocida frase al incluirla en su poema De la paciencia. Sin embargo, siglos atrás, en la antigua Grecia ya estaban presentes los principios de esta ‘virtud’. Sócrates decía que los seres humanos debían ser pacientes para llegar a la sabiduría, y Aristóteles, que la paciencia es la clave para alcanzar el éxito.  

Si de matemáticas se tratara (que se supone que nunca fallan, para eso son Ciencias ‘Exactas’), sería tan sencillo como aplicar la fórmula: paciencia = sabiduría + éxito, para conseguir grandes logros en la vida de manera equilibrada y sin perder el control. Con una calma que nos permitiera mantener un tempo mental saludable. Pero todos sabemos que esto no es así, y aunque vivamos en un mundo matemático, rodeados de cifras, algoritmos e inteligencia artificial, la fórmula en este caso no funciona de una forma tan ‘exacta’. 

La RAE define la ‘paciencia’, en su primera acepción, como la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse. Y yo añadiría: sobre todo, en las cosas cotidianas, la mayoría de ellas intrascendentes. ¿Recuerdan el tiempo que pueden esperar a alguien que se retrasa, sin desquiciarse? ¿Cuántos de ustedes soportan las colas, en general? Seguro que no soy el único que ha abandonado más de una, completamente desesperado. Y que me dicen cuando el camarero no te hace caso a pesar de llevar veinte minutos intentando llamar su atención. O cuando te encuentras con alguien delante de ti en una tienda y no sabe lo que quiere comprar, pero impide que el dependiente/a atienda al siguiente, o sea yo. Y del tráfico, bueno, del tráfico mejor no hablar. En fin, nuestro día a día. ¿Se imaginan, con el actual consumo adictivo de series televisivas, retroceder a los tiempos en que los capítulos se veían de semana en semana, y las temporadas, con algo de suerte, de año en año? La venta de ansiolíticos se dispararía.

Al parecer la paciencia no es una virtud cualquiera, para muchos es la madre de todas las virtudes y, aun así, que quieren que les diga, cada vez cuesta más encontrarla, en uno mismo y en los demás. Bueno, ‘pachorras’ aparte, que para aguantar a estos sí que hay que armarse de mucha paciencia. 

A pesar de todo, me resisto a admitir que la paciencia sea un valor en desuso y que, como dice el filósofo irlandés Edmund Burke, haya un momento límite en el que esta deje de ser una virtud. Pero es evidente que vivimos en una sociedad pasada de revoluciones que fomenta sin piedad, y cada vez con más rapidez, el estrés y la ansiedad. ¿Qué mejor ocasión, entonces, para dar una oportunidad sincera a la lentitud de la paciencia?