Opinión | Pasado de rosca

Guerras, mitos e ideologías

No tiene sentido tratar de dilucidar quién es el bueno y quién el malo en esta contienda. Ambos lo son por igual.

Devastación en Palestina tras el contraataque Israelí.

Devastación en Palestina tras el contraataque Israelí. / MOHAMMED SABER/EFE/EPA

Es muy difícil hacer vaticinios acerca de lo que va a pasar en la Franja de Gaza o sobre cómo se va a ver afectada la situación general en Oriente Próximo. Si Israel prepara un ataque a gran escala para dejar la citada Franja reducida a escombros. O si se incorporará al conflicto la guerrilla libanesa de Hezbolá. Cuál va a ser el papel que asumirán Irán y otros países de la zona. E incluso cómo van a reaccionar de facto Estados Unidos y China en el contencioso. Si es difícil hacer predicciones fiables acerca de estas variables, mucho más lo es pronosticar cuál vaya a ser el desenlace de lo que inició el asalto de Hamás sobre territorio israelí del pasado siete de octubre.

Lo es porque el ataque desde la Franja de Gaza con misiles, drones, pequeñas embarcaciones y hasta parapentes ha supuesto no solamente un salto cuantitativo — cuando esto escribo, unos 1.200 muertos y unos 300 secuestrados israelíes—, sino sobre todo cualitativo. Se puede calificar de suicida el perpetrado por Hamás sobre las posiciones y la población israelíes, habida cuenta de la magnitud del ataque y de su dependencia de Israel para suministros básicos de electricidad, agua, combustibles y otros artículos de primera necesidad. De momento, el Estado israelí ha ordenado un estado de sitio sobre la Franja en el que la población civil gazatí va a sufrir enormemente sin agua ni electricidad. Imaginemos, por ejemplo, la angustia de los enfermos renales cuya vida depende literalmente de las sesiones de diálisis en hospitales carentes de electricidad.

En este punto es también inútil buscar culpables, pues ambos bandos lo son. Como es tarea inútil buscar el origen del malestar en la zona, pues los orígenes son de naturaleza mítico religiosa, ya se invoque la doctrina falsamente laica del sionismo o el islam agraviado de los ayatolas. El derecho sobre la tierra del Eretz Israel, que empuja a los colonos israelíes a ocupar territorios palestinos, es tan mítico como la consideración supremacista de la condición de pueblo elegido o de una nunca fielmente documentada diáspora, origen de las desventuras del pueblo hebreo. El holocausto nazi sobre los judíos y el ambiente de inseguridad que vivieron en prácticamente toda Europa a lo largo de siglos, mejor documentados que la diáspora, tampoco pueden invocarse como una patente de corso para adueñarse de un territorio con desprecio hacia los que hasta entonces lo habitaban. A estas alturas no se puede invocar tampoco el derecho a defenderse de ninguno de los contendientes, porque la sucesión de hechos violentos y la intransigencia religiosa o racial justifican a ambos —que es lo mismo que a ninguno— para invocarlo.

Mucho menos sentido tiene tratar de dilucidar quién es el bueno y quién el malo en esta contienda. Ambos lo son por igual. Ambos tienen razones y sinrazones que esgrimir para justificar un injustificable uso de la violencia. No es el momento de campanudas declaraciones invocando ese derecho a la propia defensa para justificar los actos de barbarie que unos y otros están cometiendo.

Solo es constatable una evidente sociología del odio que se ha adueñado del alma de israelíes y palestinos y que está conduciendo a una escalada en la que los daños de todo tipo están arruinando las vidas y la moral de los habitantes, judíos o palestinos, de esa malhadada zona del planeta. Pero lo peor es que cualquier salida diplomática, es decir, dialogada y consensuada por las dos partes, cada día está más lejana. Y en nada favorece esa hipotética y deseable solución negociada el hecho de que, en un desgraciado ejercicio de proyección de la propia visión ideologizada del conflicto, los grupos políticos situados a uno u otro lado del espectro se empeñen en justificar a uno u otro contendiente. Bastante enconados están los ánimos ente las partes litigantes para que los que somos ajenos al conflicto tomemos partido por una u otra. Eso es contribuir a apagar el fuego echando gasolina. Pensemos en la que echarán los que tienen intereses materiales y no solo ideologías baratas, como algunos políticos que se pronuncian indignados a favor de palestinos —generalmente de izquierdas— o de israelíes —generalmente de derechas—.