Opinión | Zihuatanejo

Gaza

Son las víctimas civiles en cualquier conflicto las que a mí me preocupan. En pleno siglo XXI son nuestro fracaso como sociedad global

Un tanque israelí toma posición cerca de la frontera con Gaza.

Un tanque israelí toma posición cerca de la frontera con Gaza. / Amir Cohen / REUTERS

Hoy voy a hablarles de Palestina, el tema que copa la mayoría de las conversaciones de nuestro entorno. Pero procuraré no caer en la frivolidad, ni en el sectarismo, y menos en el juicio fácil de barra de bar. Es verdad que en mi juventud me llegué a poner algún pañuelo palestino, e incluso empatizaba con Yasir Arafat, ¿quién no en aquella época? Del mismo modo que tuve alguna camiseta del Che. Hasta que descubrí que este último era un genocida y un homófobo. Quiero decir que todos hemos sido un poco ingenuos y hemos enarbolado banderas de causas «que molaban». Pero, al igual que el nacionalismo se cura viajando, la ingenuidad, o el sesgo, se curan leyendo. Y eso es lo que he procurado hacer en este tiempo, leer, y no poco. Y tanta lectura para llegar a la conclusión de que aún hay que leer mucho más, y beber en fuentes fidedignas y no sectarias, ni politizadas hasta el tuétano (cosa difícil en nuestro país), para tener una opinión formada de lo que está pasando. En definitiva, en este conflicto de Oriente Medio, he llegado a la misma conclusión a la que ya llegó Sócrates en su día: «solo sé que no sé nada».

A partir de ahí, voy a intentar, con la mayor humildad, y sin ánimo de pontificar, trazar algunas premisas. Sin remontarme a viejas reclamaciones históricas territoriales. Porque si nos metemos ahí, a lo mejor tenemos que empezar a plantearnos devolver Al-Ándalus al Islam. Que, por cierto, es otra de las viejas reivindicaciones. Así es que me voy a ceñir a los hechos más recientes. Premisas:

Que Israel abandonó Gaza en 2005.

Que Hamás no es lo mismo que Palestina. Hamás controla Gaza, en Cisjordania manda Al Fatah. Ni siquiera Hamás y la a ANP (Autoridad Nacional Palestina) son lo mismo, de hecho son antagónicos.

Que Hamás está considerada por la UE una organización terrorista.

Que Hamás está financiada por Qatar y por Irán. Y que su objetivo no es el diálogo ni la paz, sino como ellos mismos dicen: «exterminar totalmente a los judíos».

Que la República Árabe de Egipto, que linda con Gaza, tiene levantado un muro entre ambos territorios que ni la gran muralla china, ¿por qué?

Que Israel es un estado occidental, con una democracia plena, nos guste o no lo que votan.

Que Hamás protagonizó el pasado sábado un ataque terrorista sin precedentes, el mayor atentando desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en el que violaron, decapitaron y raptaron, con la mayor crueldad que se recuerda, a centenares de personas, bebés incluidos.

Que al día en el que escribo estas letras, tres o cuatro días antes de su publicación dominical, Israel, amparado en el derecho internacional a la defensa, ha emprendido una contraofensiva, a mi modo de ver totalmente desproporcionada, contra Hamás. Pero también contra la población civil, a los que considera terroristas en potencia. Y son esas, las víctimas civiles en cualquier conflicto, las que a mí me preocupan. En pleno siglo XXI son nuestro fracaso como sociedad global. En el debe de Israel también podríamos decir que fueron los que en un principio fomentaron a Hamás, para debilitar a Arafat, y para dividir a los palestinos.

Que el presidente de los EEUU se ha reunido con los principales líderes europeos, obviando al presidente Sánchez, cuando a mayor abundamiento es el presidente de turno de la UE. ¿Y eso cómo es posible? ¿Será porque contamos con una parte del Gobierno radicalizada hasta decir basta?

Y que la cantidad de iletrados e iletradas, con la inteligencia y la cultura justas para poner un tuit, en cargos de responsabilidad que tenemos en este país, provoca pudor. La ideología, el odio y el sectarismo como modo de vida.

Esto contrasta con los judíos, que con el 0,002 % de la población mundial, cuentan con el 20% de los premios Nobel.

Aquí, sin embargo, somos campeones en ‘premiados’ noveles.