Opinión | Puntos de inflexión

Joan Cañete Bayle

Israel y Hamás: el 7-O y el 11-S

Terminar con Hamás queda bien como eslogan, pero no es posible. Generacionalmente, están alcanzando la edad adulta aquellos que nacieron en la segunda Intifada, millones de jóvenes que no han conocido más que la opresión, la parálisis política y la ausencia de un horizonte político

Raneen Sawafta / Reuters

Raneen Sawafta / Reuters

Abundan las comparaciones del bárbaro ataque de Hamás en Israel con el 11-S. Sin duda, el 7-O ha sido un golpe muy duro para Israel y una atrocidad inédita en la larga lista de derramamientos de sangre del conflicto, por encima de antecedentes como la guerra del Yom Kippur en 1973 o la masacre de judíos en Hebrón en 1929, que están marcados a fuego en la historia de Israel y del sionismo. Varios factores convierten en único el 7-O: el alto número de víctimas civiles y uniformadas israelís en un único ataque palestino; el ensañamiento y la brutalidad de Hamás, que ha impactado al mundo y mancha para siempre la causa palestina; la sofisticación del ataque por tierra, mar y aire; la vulnerabilidad del Ejército y de los servicios de información para predecir y detener el ataque; la sospecha fundada de que si bien el ataque es palestino y obedece en primera instancia a las dinámicas de la ocupación israelí de los territorios palestinos, en sus orígenes hay otros actores e intereses y en sus objetivos, una intención geopolítica. Todo el mundo mira a Irán por su conocida relación con Hamás, pero si el mundo de hoy es complejo en sus retos, alianzas y hegemonías (véase Ucrania), Oriente Próximo aún lo es más, y sus madejas de amigos-enemigos-aliados-intereses son muy difíciles de desentrañar. 

Si el 7-O tendrá una lectura local (palestino-israelí), regional (iraní-saudí-israelí) o global (desafío a la influencia de EEUU), no tardaremos en saberlo. Habrá que estar muy atentos a la frontera norte de Israel.

Establecida su excepcionalidad, para que la barbarie del 7-O alcance la categoría de otro 11-S, debe convertirse en un punto de inflexión. EEUU cambió tras el 11-S y, dada su condición de única superpotencia, el mundo también. Es difícil de prever si el 7-O supondrá un punto de inflexión para los territorios ocupados, Israel y las dinámicas de la ocupación. De entrada, porque el 7-O no ha terminado. Aún se desconoce con exactitud la magnitud de la masacre en el sur de Israel, Hamás mantiene a decenas de rehenes en la franja de Gaza e Israel prepara su respuesta militar, de la que solo hemos visto los primeros pasos. Podemos dar por seguro que será de una enorme envergadura, por motivos psicológicos (la «venganza» de la que habla Benjamin Netanyahu), estratégicos (es imperativo para Israel recuperar la disuasión, uno de los pilares de su estrategia de seguridad) y tácticos (alcanzar y afianzar en el campo de batalla objetivos políticos, un arte que Israel domina con maestría). ¿Y después? ¿De las ruinas de Gaza y de la sangre derramada de centenares de israelíes y palestinos surgirá un punto de inflexión?

Dos nuevos escenarios

Es dudoso en el lado palestino. Terminar con Hamás queda bien como eslogan, pero no es posible. Generacionalmente, están alcanzando la edad adulta aquellos que nacieron en la segunda Intifada, millones de jóvenes que no han conocido más que la opresión, la parálisis política y la ausencia de un horizonte político, una esperanza. Oslo, la OLP, Yasir Arafat, 1973, 1967… Nada de esto les interpela y su mirada se dirige a 1948 y a una dinámica más elemental: ocupante, ocupado, miedo, resentimiento. Hay en las redes sociales palestinas miedo a lo que sucederá en Gaza y Cisjordania, pero también orgullo: por una vez, han empezado ganando. La rabia y desesperación de una nueva generación ya no la canalizan los partidos clásicos, ni siquiera Hamás. Es un volcán que se siente menospreciado y abandonado por todo el mundo, empezando por Occidente.

Del lado israelí, el 7-O abre un escenario nuevo. Desde la victoria (militar y política) israelí en la segunda Intifada, Netanyahu y su coalición de extrema derecha han ofrecido a su país una fórmula de gestionar la ocupación que ha probado ser eficaz: puño de hierro, avance de la colonización y parálisis diplomática. Ha funcionado más de una década, porque desde el punto de vista de la seguridad no ha traído la paz (palabra maldita en Israel tras el colapso de Oslo) pero sí ha reducido la violencia, comparado con el inicio de siglo. La tumultuosa situación interna israelí obedece a los efectos de la extrema derecha dentro del país, no al otro lado del muro. Pero el 7-O ha cambiado el tablero: bajo el mando de la extrema derecha ha sucedido la mayor masacre de la historia. Ahora Israel se une en la respuesta inmediata. Pero cuando de verdad termine el 7-O, veremos qué reflexión emerge de las cenizas, el humo y la ruina para responder a la pregunta fundamental de este conflicto: ¿Cómo debe gestionar Israel la tierra en la que viven millones de personas que no son judíos?