Opinión | La tribuna

José Ramón Ubieto

Duelos por la masculinidad 'clásica'

¿Por qué el Imperio romano vendría a taponar el vacío del pensamiento varonil? ¿Qué trama mental subyacente lo evoca?

Leonard Beard.

Leonard Beard.

Desde hace unas semanas, el Imperio romano ha sido trending topic en casi todas las redes sociales, al hilo de un vídeo de TikTok en el que la joven influencer sueca Saskia Cort decía: «Chicas, no sois conscientes de la frecuencia con que los hombres piensan en el imperio romano. Preguntad a vuestro marido/novio/padre/hermano, ¡os sorprenderéis!». Muchas mujeres internautas lo hicieron y, efectivamente, compartieron su perplejidad porque al parecer el Imperio romano es una cosa en la que los hombres piensan muy a menudo. Según explica Saskia, todo empezó como un intento por comprender en qué piensan los hombres heterosexuales cuando no piensan en nada.

El lado divertido del asunto es una muestra más de los usos virales, donde la necesidad de hacer comunidad nos empuja a compartir cualquier cosa, por banal que resulte. Pero, más allá de este divertimento, podemos aventurar algunas hipótesis que nos permiten leer el fenómeno como un síntoma contemporáneo ligado a la masculinidad y a sus duelos. No en vano, el asunto lleva más de un año circulando entre muchas personas de ambos sexos.

¿Por qué el Imperio romano vendría a taponar el vacío del pensamiento varonil? ¿Qué trama mental subyacente lo evoca? Roma no es baladí para los occidentales, y más para los latinos. Nuestros idiomas derivan de allí, el derecho romano se sigue estudiando en las facultades y, como decían en la popular secuencia de La vida de Brian, aparte del alcantarillado, la sanidad, la educación, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y el agua corriente, su legado incluye un sistema cultural, ideológico, social y político del que somos, todavía, herederos. 

Un legado que -como en otras etapas históricas imperiales- se reconstruye, en el imaginario colectivo, como un período brillante de expansión, innovación, gestas de ingeniería civil, grandes personajes masculinos como emperadores, generales, escritores, senadores. Es una construcción simplificada -al decir de los expertos- y pasada por nuestro tamiz actual, muy hollywoodiense. Se subraya la historia de estos «grandes hombres», borrando la cara B de ese imperio donde también había destrucción, abusos, desigualdad, esclavismo y, por supuesto, misoginia y violencia contra las mujeres.

Esta versión imperial encuentra mucho eco en círculos supremacistas blancos, nostálgicos de aquellas épocas donde los hombres apenas tenían replica ni cuestionamiento de sus privilegios. El propio Elon Musk se ha declarado un gran admirador. Listos, poderosos y conquistadores, ¿quién da más?

La masculinidad clásica, derivada de un régimen patriarcal, hace ya algún tiempo que inició su declive. Sobre todo, a partir de un mayor protagonismo de las mujeres en muchos ámbitos sociales y de la denuncia del lado oscuro de esa masculinidad que, además de privilegios, incluía maltratos y abusos. Las novelas de Françoise Sagan Bonjour tristesse y Un certain sourire, auténticos éxitos de venta a mediados del siglo pasado, fueron un punto de inflexión en el declive de lo viril. Años más tarde, Ferreri realiza su película Adiós al macho (1978) donde un patético Gerard Depardieu naufraga ante el tsunami femenino. Este declive traduce el empuje a la igualdad de los sexos e inaugura la necesaria reinvención de las masculinidades

No es extraño, pues, que en un momento de cuestionamiento de las versiones más patriarcales de la masculinidad y de duelo por lo que hubo y ya no hay (no de la misma manera, aunque persista la desigualdad), surjan -de manera regular- estas fantasías diurnas de un pasado gladiador en el que los tipos sexuales estaban claros, al igual que su jerarquía. 

Roma funciona como algo más que un topónimo o un mero recuerdo histórico, es un verdadero significante amo que ordenaba el mundo: «Roma construyó… invadió… urbanizó… no paga a traidores». De allí, que, en épocas de declive del imperio falocéntrico, los romanos y sus cuitas ocupen nuestros pensamientos, a mayor goce y consuelo de los varones. ¿Quién no ha tenido la tentación, en momentos de aburrimiento, decaimiento o vacío espiritual, de ver una de romanos?