Opinión

Disputas y choques armados en el arte rupestre levantino

El interés por plasmar el movimiento y la violencia implícitos en el combate lleva a que las representaciones sufran un acusado proceso de abstracción

1.Mola Remigia, según E. Ripoll.  2. Barranco de les Dogues, según J. B. Porcar. 3. Abrigo Sautuola, según A. Alonso. 4. Fuente del Sabuco II, según M. Á. Mateo. 5. Galería del Roure, según E. Hernández. 6. Cova Mansano, según M. S. Hernández.

1.Mola Remigia, según E. Ripoll. 2. Barranco de les Dogues, según J. B. Porcar. 3. Abrigo Sautuola, según A. Alonso. 4. Fuente del Sabuco II, según M. Á. Mateo. 5. Galería del Roure, según E. Hernández. 6. Cova Mansano, según M. S. Hernández.

Aunque la lucha en las sociedades del nivel de bandas de cazadores recolectores no es algo deseado ni buscado, dada su negativa incidencia en la frágil base de subsistencia por la eventual pérdida de recursos humanos, la presencia en el arte rupestre levantino de una veintena de escenas en las que se refleja un belicismo intergrupal revelaría que la guerra estuvo presente en el seno de la sociedad autora del arte. Repartidas en todo el territorio afectado por este estilo, aunque con una mayor concentración en torno al Maestrazgo castellonense, las más próximas a nosotros se encuentran en el núcleo artístico del Alto Segura, en yacimientos de Moratalla y Nerpio.

En estas composiciones es común delimitar el espacio de representación ocupado por cada bando, para lo cual se suele aprovechar algún accidente natural de la roca, como es el caso de una línea de inflexión en la pintada en la Fuente del Sabuco I de Moratalla, y de una cresta calcárea en la del Abrigo Sautuola de Nerpio. En ausencia de estos, basta con dejar un área vacía de pintura entre los dos grupos de individuos. El número de combatientes difiere mucho de unos casos a otros. Entre las más populosas están las del Barranco de les Dogues, en Ares del Maestre, con veintisiete personajes, el propio Abrigo Sautuola con treinta y cinco, y el Cingle de la Mola Remigia, también en Ares del Maestre, con cuarenta y cinco. Por el contrario, otras escenas están protagonizadas por muy pocos guerreros, caso de la representada en la Galería del Roure, en Morella, con tan solo siete arqueros, en la Cova del Mansano, en Xaló, con nueve, o la de la Fuente del Sabuco I, con dieciocho.

En las actitudes, los individuos suelen presentarse lanzados a la carrera, con las piernas abiertas, a veces de forma exagerada, como si con ello se quisiera transmitir la velocidad del movimiento, aunque hay otros ejemplos en los que los personajes muestran una compostura más estática, de pie o también con una rodilla en tierra. En ocasiones, el interés por plasmar ese movimiento y la propia violencia implícitos en el combate lleva a que las representaciones sufran un acusado proceso de abstracción que conduce a tal grado de simplificación de las formas que estas quedan reducidas a meros esquemas lineales en los que solo se muestran los detalles humanos básicos. Paradigmático es el caso de algunos de los individuos de la Galería del Roure, el Barranco de les Dogues y la propia Fuente del Sabuco I.

La armas utilizadas son los arcos y las flechas que los contendientes suelen sujetar en ademán de disparar mientras corren, aunque alguno de ellos también las llevan en la mano. En unos pocos ejemplos las flechas aparecen recogidas en un carcaj. En la escena de la Fuente del Sabuco I vemos un personaje que sujeta un objeto pequeño ligeramente curvado, que se asemeja a lo que proponemos en otros entornos temáticos como palos arrojadizos, en lo que vendría a ser, por el momento, un uso excepcional de este tipo de objeto en un contexto bélico.

En varias de las composiciones observamos cómo alguno de los participantes ha sido herido o quizá yace muerto. En el Barranco de les Dogues, un individuo de la parte derecha ha sido asaeteado en la pierna y corre hacia posiciones de retaguardia, mientras que en la Cova del Mansano, un arquero situado en la esquina superior derecha se ha pintado en posición invertida, lo que nos lleva a pensar en la posibilidad de que haya sido abatido por una flecha enemiga. Por su parte, en la composición del Abrigo del Cingle de la Mola Remigia una falange de cinco arqueros corre en auxilio de sus compañeros que ya están inmersos en pleno combate.

Llegados a este punto, cabría plantear si estas escenas son reflejo de luchas reales. Estimado lector, tal vez se sorprenda por la cuestión, ya que, a la vista de lo descrito, sería lógico pensar que sí, que todas estas composiciones, al igual que sucedería con las de caza o de recolección, son reflejo de unas actividades vividas. Y si buscásemos la causa para tal belicosidad, tal vez pudiéramos encontrarla en cuestiones de territorialidad. Como ya dijera Juan Cabré allá por 1915, bien podría residir en la merma de recursos que supondría para un grupo la penetración en su territorio de otro colectivo extraño. Sin embargo, todos estos ejemplos de disputas armadas, una vez despojados de su realidad violenta, también podrían ser interpretados como reflejo de ceremonias rituales en las que quedan bien reflejadas la cólera y furia del ataque, así como las emociones del propio impulso de combatir. De hecho, viendo las imágenes concluimos que no hay bando ganador y eso es extraño por cuanto, si se tratase de un combate real, quien las pintó, que se supone perteneciente al grupo triunfador, lo hubiera resaltado de algún modo. 

Así las cosas, si en otras ocasiones hemos propuesto para el arte levantino un trasfondo alegórico que va más allá de un mero carácter narrativo como simple reseña de unos modos de vida, nos parece lícito valorar la posibilidad de que estas escenas de lucha se encuadren dentro del contenido mitológico que da sentido al mismo. Pero, como casi todo en arte prehistórico, es un asunto abierto a la discusión.