Opinión

Los duques se divierten, o la risa de los poderosos

Don Quijote bendice a Sancho (1887)

Don Quijote bendice a Sancho (1887) / Alaminos, J.

Cuando todo parecía inútil, cuando don Quijote estaba más abatido que nunca, cuando Sancho ya había determinado abandonar a su amo irrevocablemente para volver a la aldea lleno de palos y cardenales, sin un mal chavo en los bolsillos; entonces, aparecieron ellos, los duques. Con gran dignidad y aplomo, dueños del bosque, señores de la caza, acompañados por su séquito, con el mundo, en fin, en la palma de sus manos. El duque parece un monarca bizantino, como labrado sobre marfil, lanza en mano, a lomos de una bestia de lustrosa anatomía equina. Su esposa no va a la zaga, pues la duquesa se divierte, ama la caza y no teme al jabalí. Emperador él, ella reina de las amazonas, divisan a Sancho y a don Quijote. En seguida los reconocen, son aquellos dos de los que hablan libros famosos. Ante sus ojos está el caballero de la Mancha, libertador de galeotes, vencedor de gigantes. El fiel Sancho lo acompaña, el hombre que sabía de memoria todos los refranes de la tierra y cuya sabiduría sólo era superada (admirable paradoja) por la necedad infantil e inocente con la que daba rienda suelta a sus gracias de escudero.

La hospitalidad es un don que los viajeros errabundos no pueden rechazar. Por fin un castillo, por fin nobles señores que leen y aman las veraces historias de caballeros, que escuchan canciones bellamente interpretadas, que celebran danzas, acaso torneos, cuyas mesas están repletas de viandas y de buenos vinos que invitan a la conversación en grandes salones y estancias, donde se componen versos para el amor. Complacidos los señores, comienzan los juegos con la representación teatral más viva que jamás pudiera nadie imaginar, porque sus personajes son seres reales, son ellos mismos, no actores itinerantes. Don Quijote y Sancho serán los huéspedes de aquella pequeña morada de Circe, de aquella escala de lotófagos, acaso parada infernal, adonde han venido a detenerse antes de proseguir su encuentro con el destino en las playas de Barcelona. Ansiosos de nuevos entretenimientos, insatisfechos con la caza y la música, un tanto hastiados de danzas y alegorías, los duques inesperadamente han logrado añadir a su colección de distracciones a los dos personajes reales más rocambolescos de las Españas, quienes inadvertidos de las redes del engaño en las que han caído, representarán a conciencia el papel asignado para realizar, ante la caprichosa pareja, delante de su séquito y de sus siervos, las divertidas locuras que el Caballero de la Triste Figura pueda hacer en la tronchante compañía de su torpe escudero. 

El Cid de la Mancha sufrirá los requiebros amorosos y atrevidos de Altisidora, que el casto campeón rechazará con arte cortés y digna; conocerá la desdichada historia de la condesa Trifaldi, que demasiado caro pagó sus flaquezas, por las que ahora imploraba ayuda; y logrará una gran victoria sobre el pérfido hechicero Malambruno, cruzando los espacios siderales a lomos del mágico corcel de madera, Clavileño el Alígero; más aún, verá revelada la aclaración del enigma que no pudo ser resuelto en la cueva de Montesinos. Ante él, demonios y hechiceros le mostrarán la mágica vía por la cual será desencantada Dulcinea, quien, por un instante, se presentará ante él, lejana y fugaz como una sombra del Hades, recuperada momentáneamente su belleza, mirando a su enamorado caballero e implorándole un pronto rescate. 

El corazón del Caballero de los Leones se desgarraría, se haría pedazos, de saber hasta dónde llega el artificio y la desvergüenza de los duques, que montan danzas y carnavales, músicas, desfiles y hogueras para engañar al viejo y crédulo hidalgo, hasta el extremo de vestir a un tierno efebo de los campos con ropa de mujer para que parezca Dulcinea. Hermosas y nobles las locuras del manchego, engañado por el humor cínico, por la burla cruel de quienes no teniendo bastante con libros, con pinturas o danzas, ahora quieren ver en carne mortal, y en el escenario de la vida real, a la misma nobleza encarnada en un triste hombre enamorado, que besa las manos de quien le humilla, que agradece ignorante los golpes disfrazados de honor que recibe, y cuya bondad brilla cuanto mayor es la afrenta que padece.