Opinión | Al cabo de la calle

Ética del cuidado y kardía

Nana pez

Nana pez

Entre el nuevo y grave episodio del conflicto palestino-israelí y la imagen de una España que se rompe, protagonizada por esos grandes personajes de la unidad y la concordia, como son Abascal, Ayuso y Feijóo, me permito introducir un espacio de sosiego para reflexionar sobre de lo que apenas se habla en lo que nos va la vida: el cuidado. En concreto, sobre El principio ético del cuidado (La Tapia, 2023), un libro que vio la luz a comienzos de este año de la mano de dos editores del extrarradio geográfico y del pensamiento académico crítico: Juan Escámez Sánchez y Ramón Gil Martínez. Un texto que nace afectado de lleno por la experiencia de la pandemia en nuestras vidas y el conflicto entre Rusia y Ucrania, desde la constatación de la vulnerabilidad del ser humano, que traspasa aquella convicción de que todo estaba bajo control.

A este contexto, que ha dado tantos frutos bibliográficos, se le pueden sumar una infinidad de situaciones vitales que salpican la realidad de lo cotidiano o de lo que, aparentemente, pueda resultar más distante. Hablamos de los dramas humanitarios en cualquier parte del planeta, las migraciones, los desastres naturales y aquellos provocados directamente por la intervención del hombre. 

Nuestra civilización tiene mucho de gigante con pies de barro. Es precisamente esa vulnerabilidad la que nos ha llevado con más intensidad a la afirmación de que necesitamos cuidados y a preguntarnos si sabemos los que nos pasa, si estamos preparados para ellos, qué podemos hacer y, sobre todo, a quiénes afecta la realidad del cuidado.

A lo largo de los nueve capítulos que componen esta monografía tenemos elementos más que suficientes para entrar en el juego de la reflexión, el análisis científico y el rigor intelectual, y a la vez poner los pies en el suelo para salir al encuentro, con el resto de los mortales, en las periferias de nuestros mundos. Desde los fundamentos de la ética del cuidado a los sujetos de la misma, para acabar con la relación con la inteligencia artificial, el sistema educativo y la universalización del cuidado en la familia humana.

Un apartado, sin embargo, que a mi juicio es uno de los meollos de este trabajo, es el que tiene que ver con el cuidado de uno mismo. Porque a estas alturas de la película, además de definir al ser humano como vulnerable, esto es, reconocerlo como ser relacional, interdependiente e inacabado, podemos afirmar que quien no sabe cuidar su cuerpo, su mente y su corazón, no podrá acoger con verdadera entrega ni responder adecuadamente a la demanda de cuidados de las otras personas.

La semana pasada, al hilo de la última columna sobre lo irascible que estamos, un amigo de hace años, y colega en estas mismas páginas, me decía que todo eso de lo que hablaba se curaba con la edad. Seguro que tiene razón, pero intuyo que, además, necesitamos ponernos frente al espejo de nuestra realidad para una sincera búsqueda del sentido y de la relevancia del cuidado de uno mismo. Pesquisas, como reconocen los autores, en las que debemos alejarnos de posiciones narcisistas sobre el propio yo, que, generalmente, conducen a no conocerse a sí mismo, sino a identificarse con imágenes proyectadas, en cierto sentido falsas y alienantes. También habrá que huir del paradigma falaz de la autosuficiencia, producto de la fantasía del subjetivismo y del individualismo. ¿No les suena esto ante tanto ego suelto en nuestros ambientes o en las realidades de la política y el trabajo profesional?

El cultivo del pensamiento crítico, el cuidado del propio cuerpo y mente, el fomento de la autoestima, la fuerza de la voluntad y el cultivo de la inteligencia emocional son los ingredientes esenciales para un camino que nos lleva de la prosocialidad (nuestra preocupación por el otro) a la fraternidad universal. Es el vínculo que articula a todos sin distinciones y, porque une, mueve a corregir las desigualdades y a ejercer la libertad con más responsabilidad. 

Fratelli Tutti, la encíclica del papa Francisco sobre la fraternidad y la amistad social, centra su mirada, precisamente, en dos actitudes vitales: el cuidado y el encuentro, que deben impregnar todas las respuestas a los procesos de reconstrucción y recuperación que necesitamos. Y ello, tanto en el plano personal como en el comunitario.

La defensa del principio del cuidado no entra en contradicción con el principio de la justicia. Esta propugna el trato igual a todas las personas, mientras que el que sostienen los autores, el primero, propugna lo contrario: el trato desigual a todas ellas. Se basa en la dependencia y la vulnerabilidad del ser humano frente a la autonomía promulgada por el de justicia. Pero no se contraponen. Sobre todo si, como Adela Cortina, apostamos por la cordura en estos tiempos, virtud humana por excelencia en la que confluyen la prudencia, la justicia y la kardía, la virtud del corazón lúcido. Casi nada. De ahí que formar en la compasión, en la capacidad de ser con otros y de comprometerse con ellos es, a su juicio, la clave irrenunciable de la formación humanista que debe ofrecerse en el siglo XXI. 

Sumérjanse en este libro y seguro que encuentran motivos para la esperanza y el comienzo de un camino para contemplar su realidad de otra manera. Y si no es suficiente, busquen los diez problemas que Jorge Bergoglio considera que hay que acometer para un futuro con esperanza, con el que los autores cierran su trabajo. 

Casi nada.