Opinión | Arenas Movedizas

Un Nobel contra los antivacunas

La diferencia entre anteriores Nobel de Medicina y este pasa por que cualquier miembro de la sociedad sin conocimientos de ciencia médica entiende de su trascendencia

Los investigadores Katalin Karikó y Drew Weissman, premiados con el Nobel de Medicina 2023.

Los investigadores Katalin Karikó y Drew Weissman, premiados con el Nobel de Medicina 2023. / Jonathan Nackstrand / AFP

La distinción con el Premio Nobel de Medicina a los científicos Katalin Karikó y Drew Weissman, considerados los padres de la vacuna contra el covid19, constituye uno de los galardones más unánimemente reconocidos de entre los que otorga cada año el Instituto Karolinska, la prestigiosa universidad sueca que se encarga de premiar los avances médicos con que toda la humanidad va ganando en calidad de vida. En anteriores ediciones del Nobel, los profesionales de la ciencia y la medicina podrían discutir sobre si tal descubrimiento debería haber sido premiado en lugar de aquel otro, o sobre si determinado paso para atajar el cáncer tendría más o menos trascendencia que una investigación paralela capaz de frenar el alzheimer o la leucemia. Cualquier cosa nos parecía plausible a quienes carecemos de estudios médicos y científicos con tal de que se hubieran tendido los puentes para frenar en el futuro patologías que ahora son devastadoras.

La diferencia entre anteriores Nobel de Medicina y este pasa por que cualquier miembro de la sociedad sin conocimientos de ciencia médica entiende de su trascendencia, sin más razonamiento que el de haber salvado millones de vidas a causa de una enfermedad que han padecido muchos de nuestros conocidos, cuando no nosotros mismos. Es muy probable que algunos de quienes estén leyendo este artículo no hayan padecido alguna patología de las citadas líneas atrás o ni siquiera tengan cerca a alguien que las sufra. Bien al contrario, cuesta encontrar una sola persona que no tenga un amigo o un familiar que no haya sido contagiado por el coronavirus con mayor o menor riesgo para su vida. 

Que apenas meses después de decretar el confinamiento general de la mayor parte de la población mundial se aprobara una vacuna que salvó millones de vidas desde la base de las investigaciones de Katalin Karikó y Drew Weissman está al alcance de cualquier entendimiento. Muchos de nuestros seres queridos perecieron en los meses anteriores y posteriores a marzo de 2020, y antes de acabar ese año ya se había puesto en circulación el antídoto, evitando una tragedia mayor y asombrándonos de la capacidad humana para doblegar a la ciencia en tan corto espacio de tiempo. Téngase en cuenta que la famosa pandemia de gripe del siglo XX arrasó entre la población durante el periodo de 1918 a 1920 y siguientes. Las primeras vacunas contra la gripe se aplicaron en 1945, más de 20 años después de desatarse aquella otra pandemia. En marzo de 2020, el mundo se desenvolvía entre estadísticas de muerte insoportables y a comienzos del año siguiente volvíamos con precauciones a nuestra vida de siempre. Por eso es tan importante la concesión del Nobel de Medicina de 2023. Todos entendemos su importancia porque todos hemos sufrido el covid en carne propia o muy próxima.

El Nobel a Karikó y Weissman representa también el aldabonazo de la comunidad científica contra el auge del negacionismo y los antivacunas. Entre estos últimos habrá quien dude de la oportunidad de este premio, consagrado a dos investigadores que, según los negacionistas, deben de actuar en nombre de oscuros intereses para incrementar el control sobre las personas, al rebufo de teorías fabulosas sobre el 5G y como base de elucubraciones hilarantes sobre la certeza incontrastable de que «quieren acabar con todos nosotros». Lo único cierto es que la mayoría estamos aquí para contarlo; ya no nos morimos de covid con la virulencia del tiempo anterior a la vacuna o nos morimos mucho menos, y gracias a los descubrimientos de los galardonados tenemos un antídoto público y universal contra una enfermedad que en algunos tramos de 2020 fue la principal causa de muerte en el planeta.

Por eso sorprende tanto que el auge de los populismos y su ascensión reciente a puestos de responsabilidad apareje su correspondiente teoría del negacionismo (el covid no existe o se gestó en China para exterminar al resto de la población) y una férrea postura contra las vacunas. 

Al socaire de la cultura del trumpismo, muchos de ellos han alcanzado el poder en España y tienen ahora la facultad para decidir si se vuelve a vacunar a la población contra enfermedades como el covid o la gripe o permanecen fieles a su disparatada teoría de la conspiración. Contra eso también hay vacuna. La idearon los griegos y nada tiene que ver con la ciencia.