Opinión | Noticias del antropoceno

Cuando los 100 años sean los nuevos 50

Asistía invitado a un evento de inmobiliarios en San Antonio (Estado de Texas), cuando me vi rodeado de comparecientes ya entraditos en años, mayormente curiosos por saludar a un visitante que venía del otro lado del Atlántico, precisamente en un territorio que evocaba tan claramente la herencia hispana.

La conversación derivó como quien no quiere la cosa en la buena forma que exhibían las damas allí presentes, probablemente a fuerza de mucho gimnasio, toneladas de potingues y más de un par de intervenciones de cirugía estética evidentes.

Y es que la gente que consolida unos ingresos sustanciales por su actividad profesional (sobre todo cuando es de cara al público como es el caso de un agente inmobiliario) suele invertir una parte considerable en mantener una apariencia lo más lozana posible.

De aquí que la conversación entrara en el socorrido tópico de que «los sesenta de ahora, son los cuarenta de antes». La cosa terminó en que los «ochenta de ahora son los cincuenta de antes». O como decía otro amigo inmobiliario acerca de Tampa, una ciudad repleta de jubilados en Florida: «La edad media de sus habitantes es muerto».

Con el envejecimiento general en los países ricos no es casualidad que los periódicos últimamente estén llenos de referencias a métodos, hábitos e incluso descubrimientos farmacológicos y tratamientos cuya finalidad es alargar la vida. Parece ser que muchos inversores de riesgo, como, el caso de Elon Musk o Jezz Bezos, están apostando por startup tecnológicas cuya actividad se centra en luchar contra el envejecimiento, que cada vez se define más como otra enfermedad curable y no como destino implacable al que estamos condenados. 

Los científicos tienen cada vez más claro que el envejecimiento celular es al menos controlable, cuando no directamente reversible. Ya se sabe de los beneficiosos efectos que tienen para la calidad de vida y su alargamiento la práctica del deporte y el mantenerse mentalmente activo. También está demostrado con experimentos reiterados en ratones que la restricción calórica (pasar hambre, en cristiano) alarga la vida. O al menos, como en el chiste, el tiempo se te hará eterno.