Opinión

Leviatán y La Hidra vencidos por don Quijote

Las palabras de don Quijote reflejan la firme oposición a un mundo atenazado por fuerzas poderosas, nada mágicas, sino muy reales; un mundo golpeado por guerras territoriales en nombre de la religión o la patria

Aventura de los galeotes (1860)

Aventura de los galeotes (1860) / Louis Janet

La hilera de hombres encadenados y conducidos a galeras, allá donde mal de su grado ir no querían, devuelve una imagen desgarradora. Entre aquella tipología de pillos y delincuentes castigados con una pena muy superior al delito cometido, don Quijote se encuentra, por primera vez, y cara a cara, con un hechicero. Encadenado, desgarrado por el dolor de ir de donde quizá no vuelva, va un viejo alcahuete y mago. Son oficios celestinescos, el de la tercería y el de la magia, que desde antiguo han crecido juntos. El arte de unir a los amantes, de tender un puente entre ellos que salve miles de obstáculos y escollos surgidos entre las encrespadas aguas de la costumbre social, la reputación y la buena opinión, no puede desligarse de aquella otra sabiduría ancestral y clandestina, trasmitida de boca a oreja, consistente en vencer la resistencia de las voluntades, abrir los corazones cerrados con llaves poderosas, averiguar paraderos de seres amados y descubrir futuros inciertos, acaso tal vez, incluso la hora de la muerte. El viejo llora desconsolado, su edad y su salud no le permiten pensar en volver del vientre de Leviatán en que va a ser confinado. Morirá viejo, enfermo, sometido a gritos y golpes, remando para los barcos de Belial.

Sabidos son los muchos reproches que tiene don Quijote contra magos y hechiceros. Convierten ejércitos en rebaños, gigantes en molinos o desintegran bibliotecas enteras. Son muchas las cuentas pendientes que tiene el héroe manchego contra la turba infame de esos criados de Satanás. Pero siente dolor, pena. Se compadece por aquel que ha practicado las artes oscuras. El viejo más parece ignorante que culpable y asegura que en su ánimo solo estuvo ayudar a quienes habían acudido a él. Don Quijote, que conoce los poderes de la magia, que ha sentido en su mente perturbada la ruptura de la urdimbre lógica que mantiene coherente y reconocible las formas que configuran el tapiz de la realidad, sabe también que tales acciones solo afectan al aspecto exterior de las cosas.

Ante el hechicero condenado, el enloquecido hidalgo destila unas palabras cuerdas, llenas de sana compasión por el dolor ajeno, de amor a la sabiduría y de confianza en el hombre, de su vocación por la libertad. Ninguna hierba o brebaje, ninguna pócima, ningún ritual nocturno, secretamente celebrado en encrucijadas de caminos o cementerios podrá doblegar la voluntad firme, confiada en sí misma, asentada sobre los sólidos pilares de una moral noblemente devota de la humanidad. La luz de la razón parece afirmarse frente a las tinieblas supersticiosas de astrólogos, estrelleros y hechiceros, pero también encontramos mucho más que eso. Las palabras de don Quijote reflejan la firme oposición a un mundo atenazado por fuerzas poderosas, nada mágicas, sino muy reales; un mundo golpeado por guerras territoriales en nombre de la religión o la patria; sacudido por la pobreza, por el hambre y la miseria; un mundo que necesita creer que no todo está escrito, que hay un camino abierto a la libertad, al amor y a la justicia. Calderón de la Barca denuncia la misma impotencia de los hechiceros en su obra El mágico prodigioso; y más aún, en La vida es sueño, donde sin negar a los astros la capacidad de inclinar el albedrío, jamás les concede la fuerza para dominarlo ni para forzarlo. Anfrisio, el héroe aquejado de mal de amores en Las academias del jardín (de Jacinto Polo de Medina), se atreve a decir con valentía: «Nadie manda en la jurisdicción del albedrío».

Con palabras y convicciones semejantes, elegantemente expresadas mediante la elocuente veracidad de la que es capaz aquella locura que se había apoderado del hidalgo manchego, el noble caballero solo puede hacer una cosa, que es poner fin a esa monstruosa serpiente, formada por una espantosa cadena de cabezas humanas que entre súplicas, blasfemias, llantos y maldiciones, iban al suplicio, preparado por toda la fuerza represora de una máquina estatal nacida para la dominación. Don Quijote, como un renacido Hércules furioso, se lanza contra los guardianes de aquella nueva hidra policéfala. Jamás podrá haber campeón tan valeroso, tan desinteresado, caballero tan amante de la libertad, ni alma tan bondadosa como la suya. Por eso, aún hoy, le odian reyes y naciones.