Opinión

Gracias a los que han estado

Mi cometido hoy con estas líneas, amén de tachar de ineptos a los que han consentido cobrar con vidas el fraude, es mostrar gratitud a los que han estado al quite de la situación hasta casi desfallecer

La policía judicial investiga en Teatre, una de las discotecas afectadas por el trágico incendio.

La policía judicial investiga en Teatre, una de las discotecas afectadas por el trágico incendio. / Juan Carlos Caval

El gruñido que resulta tras los juicios de valor que nos montamos puede llegar a ser devastador. Yo, ante esto, no sé que decir. Pocas veces pasa que un nudo en la garganta ahogue tanto como para no dejarme hablar, pero si algo hemos aprendido los que osamos a escribir públicamente es que el silencio no es rentable. He vivido momentos muy felices en un lugar que ha sido devastado por las llamas, dejando 13 muertos e infinidad de familias hundidas, dejando una región desolada, que vestirá de luto mientras se recuerde la tragedia. Cuanto menos, resulta paradójico contar que alguien lo ha pasado bien en lo que después se ha convertido en un infierno reducido a recuerdos. El fuego no solo ha traído a Murcia duelo y dolor; tras querer barrer las cenizas, ha salido a flote el podrido pundonor de una administración corrompida, manipulada e incompetente que trata con desalmados de ser cierto eso que cuentan... «Corpórea presencia colectiva, míseros dónde se consuela el expansivo e infiel don de la existencia» Pasolini.

Y lo que pasa después, de un plumazo todos somos eruditos en prevención de incendios y permisos hosteleros. Nos respalda la experiencia de vivir rodeados por el sensacionalismo de un decorado impuesto para subsistir, un aval con intereses demasiado bajos nos convierte en incómodos inquisidores capaces de soportar un bombardeo mediático que muestra la triste despedida de una hija que, segundos antes de arder, envía un desgarrador mensaje en el que suena «te amo mamá, vamos a morir», somos capaces de soportarlo y no entiendo cómo hemos llegado a tal extremo. No puedo ni quiero hablar de las víctimas, no puedo ni quiero ser cómplice de exponer en plaza pública el dolor de nadie. Tampoco me apetece convertirme en el dedo inquisidor que opta por una crítica simplista al saberse opuesta a posibles culpables, las víctimas han perdido y los permisores del desastre tendrán que pagar más allá de lo que su conciencia les permita. Esa aptitud para discernir, afrontar errores y pedir perdón debe ser que va en gustos según la ética de la que se disponga.

Mi cometido hoy con estas líneas, amén de tachar de ineptos a los que han consentido cobrar con vidas el fraude, es mostrar gratitud a los que han estado al quite de la situación hasta casi desfallecer, compañeros y compañeras sanitarias que desde el amanecer del domingo no han podido conciliar el sueño y un equipo de bomberos que una vez más han sembrado cátedra en esto de la entrega, exponiendo su vida a cambio de poder salvar la de otro.

Hay profesiones que deberían ser beatificadas, subrayadas en el calendario para venerar a diario su existencia. Hay trabajos que serían imposibles de pagar en un mundo justo, y que si existen es porque reflejan la grandeza que Ernesto Sábato sentenció en aquella frase: «hay una manera de contribuir a la protección de la humanidad, y es no resignarse». Quien es capaz de consolar a una madre cuyo hijo acaba de morir debería ser elevado a los altares de existir la justicia.

El que entra a pecho descubierto, por mucho uniforme ignífugo que lleve a extinguir el infierno, solo merece admiración, y por mi parte la tiene. Es casi lo único positivo que concluye de esta desgracia, saber que contamos con ellos como estandarte que nos sostiene.