Opinión | Limón&Vinagre

Albert Soler

Dadle una palanca

Uno prefiere en su club a un presidente que disfrute de los placeres de la vida que a otro de aspecto monacal, como Florentino Pérez, que estará cenando en casa un plato de acelgas, mientras Laporta, whisky en una mano y cintura femenina en la otra

Joan Laporta, en una rueda de prensa del club.

Joan Laporta, en una rueda de prensa del club. / VALENTI ENRICH

Si Ferrovial traslada su sede social a los Países Bajos, más normal es que lo haga el Barça. La constructora no tiene relación conocida con aquel país, como no sea que entre sus obras incluya molinos de viento o que alguno de sus directivos sea cliente asiduo del barrio rojo de Ámsterdam, mientras que el Barça ha mirado siempre a la Holanda de los años setenta y a su profeta en la tierra, Johan Cruyff. El Flaco, como lo llamaban, es paradójicamente el ídolo de Joan Laporta, que de flaco no tiene nada, más bien al contrario: las palancas para fichar jugadores tarde o temprano van a tener que utilizarse para mover al presidente del club. Dadme un punto de apoyo y moveré a Laporta, suplicaba Arquímedes.

Según ha trascendido, Barça Media, la filial de contenidos del Barça, se muda a los Países Bajos para poder cotizar en la bolsa de Nueva York. Uno, que ha jugado al fútbol, aunque modestamente, no conoció otra bolsa que la de deporte que cargaba el día de partido, será que los tiempos han cambiado. Si ello sirve para conseguir más recursos para un club que está en las últimas, bien está, y mejor estará si además sirve para que un día a Laporta le dejen tocar la campana en Wall Street y pueda celebrarlo después como si fuera un triunfo del equipo de fútbol, con alcohol y señoritas en algún club nocturno de la Gran Manzana.

A Laporta le gustan las mujeres, le gusta el vino, cuando lo necesita bebe y olvida. Lo cual es un peligro: si las necesidades de olvidar lo acontecido en el campo o en los despachos son habituales para los simples aficionados culés, para el presidente del club deben de ser continuas, un no parar de desear la amnesia.

Le reprochan su mala vida. Se la reprochan quienes quisieran llevarla igual, claro. Además, a ver qué hincha de fútbol no querría ver a su presidente duchándose en champán rodeado de jovencitas de dudosa reputación -qué importa la reputación de nadie al lado de una Champions o una Liga-, si es para festejar un triunfo. Cualquier socio del Barça está dispuesto a financiarle una noche toledana a su presidente, si es para celebrar un título. Uno prefiere en su club a un presidente que disfrute de los placeres de la vida que a otro de aspecto monacal, como Florentino Pérez, que estará cenando en casa un plato de acelgas, mientras Laporta, whisky en una mano y cintura femenina en la otra, acaba de zamparse cinco ossobucos de una tacada. El fútbol no se inventó para ver presidentes de vida triste, para eso ya tenemos la nuestra. El fútbol sirve para proyectar nuestras ilusiones, y aunque ya sabemos que jamás tocaremos el balón como Messi, nos queda la esperanza -por leve que sea- de marcarnos un Laporta.

Jan para los amigos

Joan Laporta es Jan para los amigos, se conoce que prefiere reducir su nombre de pila que su propio volumen, que no solo no mengua, sino que crece, crece peligrosamente, como si su propietario ansiara convertirse en la caricatura de los presidentes de fútbol de antaño, todos con su tripa y su puro, y un fajo de billetes en el bolsillo. Hoy ya no se pude fumar en el palco, e incluso el dinero físico está a punto de desaparecer, o sea que para parecer de verdad un presidente de fútbol, y parecerlo es tan importante como serlo, no queda otra que alimentar la barriga. A ello se dedica Jan Laporta, sin reparar en medios, activando las palancas que haga falta para conseguir un saco de garbanzos para merendar. Sus ojos ya son apenas visibles, convertidos en dos ranuras entre los pliegues de la cabeza. Ojos que, sin embargo, han sido todavía capaces de ver que el futuro está en América, allí donde se fue Messi. Ya nadie va a hacer las Américas a bordo de una fragata, sino a bordo de operaciones financieras, vía Países Bajos.

Además de conseguir dinero donde sea, incluso en Wall Street, reducir peso se ha convertido en la otra obsesión para Laporta. Peso financiero, me refiero, del otro ni hablar. Las secciones son las que más están notando ese régimen drástico al que se ha sometido el club, que no su presidente, pero también ha llegado a otras partes, como Barça TV, que desaparece sin más, dejándonos sin la posibilidad de ver al cadete B jugar contra el Mataró o de vivir de nuevo el gol de Zuviría al Anderlecht.

No parece Laporta mal presidente, si bien parecer mal presidente sucediendo a dos tipos como Rosell y Bartomeu era tarea imposible, un gorila disecado sería mejor directivo que ellos. Lo de deslocalizar Barça Media es peccata minuta, eso puede sorprender en el resto de España, no a los catalanes, que estamos tan acostumbrados a la marcha de empresas a causa del ‘procés’ que esas cosas no nos impresionan. Por mí, como si trasladan todo el Camp Nou. O como se llame ahora, que hasta eso nos han cambiado.