Opinión | Luces de la ciudad

El trabajo te hace libre

Durante el régimen nazi se establecieron, literalmente, miles de campos y subcampos de concentración por toda Europa. Algunos de ellos destacaron por su extrema crueldad en su intento por facilitar la ‘Solución Final’

Ando liado estos días organizando una breve escapada a una pequeña zona de la región alemana de Baviera. Comento con un conocido esta circunstancia y le adelanto mi intención de visitar el campo de concentración nazi de Dachau. Y cuál fue mi sorpresa, cuando su reacción fue preguntarme: "¿en Alemania hay campos de concentración?", y no, no era una pregunta retórica, no se trataba de negacionismo, en absoluto, simplemente era desconocimiento, ya que mi conocido era consciente de los horrores del holocausto judío y había visitado, incluso, el campo de exterminio de Auschwitz en Cracovia, sin duda, el más conocido de todos, no solo por la contribución del cine y la literatura:' La decisión de Sophie', 'El niño con el pijama de rayas', 'La lista de Schindler', 'El hijo de Saúl'…, sino, principalmente, por ser el mayor campo de exterminio de la historia de la humanidad. El más terrible. Allí, en su centro de exterminio, Birkenau, donde se encontraban las cámaras de gas y los hornos crematorios, murieron más de un millón de personas.

Sin embargo, por desgracia, no fue el único. Durante el régimen nazi se establecieron, literalmente, miles de campos y subcampos por toda Europa. Algunos de ellos destacaron por su extrema crueldad en su intento por facilitar la ‘Solución Final’: Chelmno, que fue el primer campo de exterminio, Belzec, Sobibor o Treblinka, donde fueron gaseados entre 700.000 y 900.000 judíos, todos ellos ubicados en territorio polaco. O Mauthausen, en Austria, uno de los campos más aterradores para los denominados ‘Enemigos Políticos Incorregibles del Reich’, donde cada día 4.000 hombres subían los 186 peldaños de la ‘escalera de la muerte’ cargados con bloques de granito de más de 40 kilos procedentes de la cantera adyacente al campo. 

Estos centros de sufrimiento y muerte, vigentes desde 1933 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945, competían entre sí en brutalidad y sadismo. Existía un verdadero empeño de deshumanizar a los prisioneros, haciéndoles perder por completo la dignidad antes de su muerte. 

Pero volviendo al comienzo de este artículo, a la pregunta de mi conocido sobre la existencia de campos de concentración en el corazón de la Alemania nazi, motivo de esta columna, tuve que contestarle incuestionablemente que sí, y bastantes. El partido también se jugaba en casa.

Algunos de los más tristemente recordados fueron Bergen-Belsen, en la baja Sajonia, donde estuvo presa y murió Ana Frank. Buchenwald, cerca de la ciudad de Weimar. Ravensbrück, un campo exclusivo para mujeres a 90 kilómetros al norte de Berlín. Sachsenhausen, también muy cerca de la capital alemana, en la ciudad de Brandemburgo. O Dachau, a 13 kilómetros de Múnich, mi futura visita, que fue el primer campo de concentración regular creado por el gobierno nazi. Caracterizado por su arbitrariedad y terror, estuvo destinado inicialmente para la reclusión de opositores políticos al régimen condenados a trabajos forzados. Dachau, en cuya puerta de hierro forjado se encuentra la inscripción ‘Arbeit macht frei’, ‘el trabajo te hace libre’, un lema instaurado en el acceso de numerosos campos de concentración y exterminio, se convirtió en el modelo a seguir en los campos posteriores.

Es evidente que, hoy día, toda esta información, y mucha más, está al alcance de todos, sin ir más lejos, en internet, pero quizá no esté de más recordar de vez en cuando que, al igual que hace 80 años, en la actualidad se sigue vejando y asesinando brutalmente a miles de personas simplemente por su condición religiosa, política, sexual o étnica.

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