Opinión | Aire, más aire

El tiburón

Los años de aislamiento internacional tras la Guerra Civil pusieron a prueba la inventiva hispana en materia de automoción. Si el gasógeno supuso una salida de emergencia por la falta de combustible para los vehículos españoles, también lo fueron los automóviles y motocicletas anteriores a la llegada del Seat 600, todo un alarde de creatividad e inventiva, sirvan de ejemplo la motocicleta Soriano, el afamado Biscúter que carecía de marcha atrás, el Gogomóvil, el PTV, o el murciano Trigiro, ideado por Adrián Luis Viudes Romero en sus talleres carmelitanos. Un vehículo de tres ruedas que giraba sobre sí mismo, para evitar la marcha atrás, que lo diferenciaba del Biscúter, cuyos usuarios debían darle la vuelta a mano, lo que suponía una importante incomodidad. Unos automóviles que parecían ideados por el ídolo de los tebeos, el Doctor Franz de Copenhague, que ponían de manifiesto las graves carencias económicas de aquellos tiempos. La llegada del 600 hizo visible la llegada del desarrollo y la prosperidad a nuestro país, cuando el amigo americano levantó su veto en la ONU allá por el año 1956, en el que ondeó la enseña española en el edificio de las Naciones Unidas.

Los españoles soñaban en el cine. Se veían conduciendo un Mercedes o un coche americano de aquellos de enormes colas, en varios colores y múltiples cromados, al que dieron en llamar un ‘Hayga’ («hayga o no hayga», se decía). Automóviles de toreros con el botijo incluido en su exterior. Sí, aquellos autos nos acomplejaron y no se disimulaba la admiración por los automóviles que traía el turismo que nos invadía. Tuvimos que conformarnos con los de fabricación nacional bajo licencia como fueron los Seat, Citröen y Renault hasta que llegó Eduardo Barreiros con su utilitario Simca 1000 y el aristocrático Dodge Dart al alcance de muy pocos. 

Un coche deseado por sus innovaciones técnicas y su línea futurista fue el Citröen DS21 en sus distintos modelos. Causaron admiración entre los murcianos los dos primeros modelos que llegaron a la ciudad bajo licencia de importación, uno adquirido por la familia de taxistas Fuentes, en color verde con techo blanco, y el que estrenó el industrial Antonio Ruiz Moral, un automóvil al que popularmente se conoció como Tiburón debido al parecido de su frontal con el escualo.

El ansiado Citröen DS21 fue un alarde de ingeniería de Flaminio Bertoni realizado en 1953, siendo su obra maestra, tras colaborar en el proyecto de Tracción Delantera. Fue presentado en el Salón de París de 1957, logrando un éxito inmediato: 75 CV que le hacían alcanzar los 140 kilómetros por hora, suspensiones hidroneumáticas y, sobre todo, una línea que parece surgir directamente de los flujos aerodinámicos. Un cochazo para aquellos inicios de los años sesenta cuando el Citröen 2 Caballos, el Renault 4L y los Seat 600 y 1500 campaban como reyes de la red de carreteras nacionales.