Opinión | DULCE JUEVES

La mancha española

Estamos otra vez en las mismas, donde siempre, en el laberinto sin salida que es España. Ya pueden surgir nuevos partidos, que al final seguimos rehenes de los nacionalistas

Si repasamos los grandes temas que dominaron la campaña, veremos que ninguno de ellos tendrá el más mínimo protagonismo en el proceso que ahora empieza: la formación del gobierno, la toma del poder. Hemos tenido a la gente entretenida durante unas semanas, y, ahora, damos paso a lo importante. Llevamos a los niños a la cama, echamos las cortinas y damos comienzo a la velada de los mayores. Se acabó el espectáculo. Ahora empieza otro, pero este será a puerta cerrada.

El protagonista indiscutible de la campaña electoral fue Vox y, con él, el peligro de la vuelta del franquismo colándose a través de pactos locales con el PP («Vota a Vox, vota a Franco», se leía en un titular del periódico más leído). Se habló mucho de derechos LGTB, feminismo y transexualidad («¿qué es una mujer?», se preguntaron mutuamente los candidatos, sin que ninguno se atreviera a dar una respuesta a tan complicada pregunta), temas, todos ellos, de enorme trascendencia para el futuro. Incluso, en el colmo de la simulación, se llegó a discutir de terroristas y contrabandistas de tabaco, dos temas de gran preocupación actualmente. Y si se trataron asuntos de verdad importantes, como la violencia contra las mujeres o la inmigración, solo fue para arrojarlos al contrario sin la menor intención de plantear propuestas. Lo demás fue una escalada de descalificaciones por la forma de actuar del adversario: inexactitudes, falsedades, manipulaciones, mentiras, calumnias…

Y no habían pasado ni 24 horas desde el escrutinio cuando aparecían, como en el juego ese de los trileros, las palabras mágicas: referéndum, amnistía, independencia… ¡Llegaron a hacernos creer que no estaban! Y ahora esas son las cartas con las que tenemos que jugar, pero con discreción, como les gusta llamar a negociar en secreto.

Quizá esa ha sido una de las razones de la derrota de la derecha en las elecciones. Derrota inesperada solo por ignorancia o ingenuidad. Lo que ocurre cuando los deseos, o los miedos, nos impiden ver la realidad. Por eso triunfan los trileros. Esa es la consecuencia de un sistema tan imperfecto, que la transparencia en los debates se vuelve indiscreción

La izquierda impuso su relato, como se suele decir. Mientras nos distraían con un peligro imaginario, el regreso de la barbarie fascista, que convertía cada voto en una elección entre democracia y dictadura, tal como aseguró el presidente, el peligro real, el nacionalismo, esperaba tranquilamente a las puertas.

Así que ya estamos otra vez en las mismas, donde siempre, en el laberinto sin salida que es España. Ya pueden surgir nuevos partidos, que al final seguimos rehenes de los nacionalistas, cuyo exceso de poder distorsiona cualquier proyecto de nación. Ya pueden estar al alza o a la baja, que su fuerza es invariable. 

Nunca han perdido tanto y nunca ganarán tanto. El nacionalismo es la mancha de España, ineludible, profunda, imborrable. Puedes lavarla, frotarla, ocultarla, puedes cansarte de ella y dejar de verla, pero volverá a aparecer porque está unida a la imperfección elemental de nuestra Constitución.