Opinión | erre que erre (rock and roll)

El espejo del otro

Ya nadie nos engaña, la compañía que nos venden no es más que el camino a seguir para llegar hasta la casa del mal llamado amor romántico, ese que a muchas dejó de interesarnos por agotamiento, desde hace un tiempo. Por muchos intentos de querer parecer normales, una vez que pierdes la fe, es complicada la tarea de recuperarla. El muro construido alrededor de algunos corazones se ha vuelto completamente impenetrable, nos queda el consuelo de autoconvencernos de que la culpa siempre es del otro. Que no te líen, salir indemne como misión y la cabeza, como pasa con la música, bien alta. Nuestros ideales se desvanecen cuando nos enfrentamos a la brutal realidad que manifiesta ese otro, el culpable. De repente se presenta ante ti con un espejo en el que te admiras marginado, un reflejo nada exótico de nosotros mismos, y es que nadie nos avisó de que el riesgo se triplica si te miras ante el cristal del rencoroso, fatuo o herido. Son esos que aparentan irrompibles aunque fueron golpeados indiscriminadamente y jamás encontraron refugio, sin vínculos, pero que nos vuelven a recordar dónde no mirarnos si no tenemos la capacidad de valorar previamente la imagen que vemos reflejada que te diga que siempre es un día perfecto para mandar a freír espárragos todo lo que está sobrando en tu vida.

Alguien me dijo una vez que la valía de una mujer se media por la cantidad de soledad que le era posible soportar, desde ese momento entendí que caminar sola es más divertido que ser una opción. Seamos claros, la vida en buena compañía es mejor. Amar y ser amado me resulta comparable a una buena timba de póker en la que el premio sea pasar la partida rodeada de personas interesantes, capaces de ganar con elegancia y perder con educación. Y es que el póker es una oración si confías en el adversario pero cortas las cartas. Donde nadie es siempre el vencedor y cualquiera que se reconozca como tal es un mentiroso. Donde los viejos jugadores nunca mueren, solo barajan. Y en este juego, como en el sexo, cuentas con varias opciones : puedes tener una buena pareja o una buena mano y siempre has de saber cuándo parar y retirarte. En mi vida he jugado al póker apenas en un par de ocasiones, pero me parece soberbia, sutil y extravagante la comparación resultante de la ecuación juego y vida, regalos de la literatura.

Resulta paradójico que intentando escribir mi columna sobre la soledad que veo manifiesta en demasiados pacientes a los que nadie viene a visitar, haya culminado con semejante retrospectiva. Me ha debido pasar como aquella canción que Joe Melson escribió para que únicamente fuera cantada por Elvis Presley, pero que, por esos derroteros de la vida, acabó siendo himno de Roy Orbison, incluso su título viene a cuento puesto que sería el mejor epígrafe para esta reflexión. Only the lonely (know the way I feel).

Sólo un corazón solitario sabe reconocer a un igual, que no se nos olvide.