Opinión | Observatorio

José Luis Villacañas

La España real

Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijoó durante el cara a cara emitido el pasado lunes. EDUARDO PARRA/PIM

Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijoó durante el cara a cara emitido el pasado lunes. EDUARDO PARRA/PIM / EDUARDO PARRA

Sánchez Cuenca comentaba el debate entre Feijóo y Sánchez alrededor de una idea. Defendía que había mucha distancia entre las dimensiones pública y privada de la política española. En la pública, decía, domina un anti-sanchismo furibundo; en la privada, la gente discrimina. Es verdad, pero esta dimensión pública es el mensaje concentrado de media que lograron imponer consignas comunes. Estos media no están conchabados de forma monopolística. Saben que el público fanatizado es buen cliente. Así, han formado un nacionalismo español instalado en una dudosa subjetividad democrática.

Esta compacidad nacional ha ganado el espacio público de forma avasalladora, lo que tiene que ver con la estructura poco plural de nuestro empresariado mediático. Este peso mediático ingente es el verdadero soporte de esa forma especial de nacionalismo español que parece por momentos unánime y victorioso. Ese dominio es el que ha creado un ambiente invivible para cualquier gobierno que no asuma ese nacionalismo. 

Hoy, un gobierno socialista en Madrid está en la situación que tendría un gobierno del PP en Girona. Este ambiente un poco paranoide, construido desde manuales de redacción en competencia por ganar clientela, dictó el discurso de Feijóo en el debate. No tuvo que llegar a los gritos de los que insultan al gobierno democrático en cualquier celebración de Estado, porque el argumentario de esos manuales es infinito. Y en efecto, todo lo que dijo Feijóo lo hemos leído en periódicos, en las redes, lo hemos escuchado en emisoras de radio. Si en el debate se trató de dirimir quién va a gobernar España, sabemos que si gana Feijóo gobernará un entramado mediático especializado en fanatizar.

Por supuesto, Sánchez también se amilanó esa noche. Pero perdió el debate por creerse que allí estaba él contra Feijóo, porque cayó en la trampa de asumir un modelo que solo puede dar la victoria a Feijóo, a saber, que allí había un debate a dos. Pero no lo era. Si se refuerza el bipartidismo, si mentalmente se está en él, si se cae en la tentación de escenificarlo, entonces gana el PP, eso es seguro. Sánchez sólo tenía una opción: no rebatir las mentiras de Feijóo, que ya son una alucinación compartida. Su opción hubiera sido decir desde el principio que él estaba allí representando a una España plural, realista, razonable y progresista. 

Y tenía que haber dicho desde el comienzo que pactó con Rufián o con Matute porque, con esos pactos, se lograron medidas razonables, necesarias y decentes para la ciudadanía. Y tenía que haber dicho que la experiencia del primer gobierno de coalición ha sido una experiencia democrática productiva, y que no hay otra opción que repetirla para que este país siga reconociendo el principio de realidad. Y tenía que haber dicho que él daba la voz no solo al PSOE, sino a Sumar, porque esta formación es la prueba de una autocrítica reflexiva que mejorará un segundo gobierno de coalición. 

Y tenía que haberlo dicho, porque su misión histórica no era refutar las mentiras de Feijóo, algo imposible. Su misión histórica es no hundirnos en esa voluntad de negar la profunda constitución histórica de España, que es plural, y que alberga varios pueblos que pueden aspirar legítimamente a ser dominados con la menor intensidad posible por cualquier dispositivo de poder central, como ya lo hacían en los tiempos de don Gelmírez o de Jaume I. Y Sánchez tenía que haber dicho que se sentía orgulloso de encabezar el gobierno más democrático de la historia de España. Se debía haber empeñado en defender eso y no haber caído en la trampa de la ficción de un bipartidismo que sólo tiene como realidad un sistema proporcional injusto. 

Bastó que existiera una institución pública de comunicación, al margen de esos media, para que brillara la España real en el debate a siete del pasado jueves. En él escuchamos lo que no se oirá en las grandes corporaciones mediáticas. Y por mucho que la señora Gamarra quisiera de nuevo escenificar su obsesión bipartidista con el señor Patxi López, concentrando todas sus alusiones, allí irrumpieron también otras sensibilidades, generando un cruce de opiniones democráticas. Porque cuando se abordaron los problemas sociales, económicos, culturales, territoriales, las cosas que se dijeron fueron razonables, ingeniosas, incluso graciosas, siempre bien pensadas. Ninguna de las voces, salvo Vox, impugnó directamente las reglas constitucionales. 

La ciudadanía pudo enterarse de propuestas razonables de diversa índole y pudo escuchar cosas terribles sobre los inmigrantes en boca de Espinosa de los Monteros, que desde el principio pretendió deslegitimar los discursos de los demás participantes aludiendo a que no eran economistas, y que volvió a hablar de terroristas en activo, a lo que Oskar Matute le respondió de una forma serena, rotunda y digna. 

Un observador imparcial de este debate no podría dejar de observar que la nota discordante es Vox y que debería estar fuera de todas las instituciones democráticas. Y si luego leyera la mayor parte de los periódicos, no podría sino observar que normalizar este país plural es lo que la derecha no puede tolerar. Ahí se ha metido ella misma en esa trampa que solo le permite gobernar con Vox. Pero no veo ningún argumento que nos permitiera pensar que España sería mejor sin esta pluralidad. Porque, ¿cuál sería la alternativa en caso de que Vidal, Esteban, Matute y Rufián no existieran? 

¿Qué tuviéramos un debate bipartidista eterno entre un Feijóo de turno y un socialista «turnista»? ¡Que Dios nos libre de eso!