Opinión

Edgar Allan Poe contra todos

Además de un gran escritor, el poeta fue un crítico literario ácido, mordaz e intransigente que zahirió con sus reseñas a muchos de sus contemporáneo

Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe es uno de esos escritores universales a quienes, más o menos, todo el mundo ha leído (tengo la sensación de que no pasa lo mismo con Cervantes o Shakespeare). Varias razones confabulan para ello. En primer lugar, probablemente, sus múltiples facetas y su capacidad de innovación en todas. Se puede afirmar que su poesía hizo de puente entre el romanticismo y el simbolismo francés. Por otro, que con su relato Los crímenes de la Rue Morgue literalmente «inventa» el género detectivesco.

Aunque siempre ha resultado irónico que en Estados Unidos sólo empezaran a reconocerlo verdaderamente cuando Baudelaire comenzó a difundir su obra poética, haría falta mucho más tiempo para que, además, fuese reconocida su valiosísima obra ensayística, de la que nos ocupamos hoy.

Aunque quizás el trabajo de ensayo más conocido e innovador sean sus reflexiones sobre los cuentos de Nathaniel Hawthorne y sobre su propio poema El cuervo (publicados ambos alrededor de 1842), donde Poe establece el principio de unidad de impresión y la existencia del final sorpresivo, con lo que determina la noción de cuento moderno (reglas que posteriormente heredará Julio Cortázar), Poe tiene una valiosa obra de crítica literaria de la que se ocupa el tercer volumen de sus ensayos completos, magníficamente editados por Páginas de Espuma.

Límites

Poe fue una especie de renegado social, un romántico, en la más amplia acepción, que, acorde a ello, llevó su vida al límite en casi todos los órdenes. Y a esos mismos límites lleva también la crítica literaria. Estoy absolutamente convencido de que no hay en la actualidad un crítico capaz de escribir las cosas que Poe escribió, nadie que tenga el valor suficiente para decir lo que él llegó a decir de autores consagrados que contaban con el beneplácito del público y de la mayor parte de la crítica, y a los que él atacó sin miramientos.

Así, el volumen III de los Ensayos completos, dedicado especialmente a las reseñas sobre autores y literatura estadounidense, comienza con las críticas a Henry Wadsworth Longfellow, que rara vez sale bien parado. Así, en la primera reseña, que trata sobre la obra Hiperión, ya se despacha con estas palabras: «Que engendros tales tengan éxito es atribuible al triste hecho de que existan hombres de genio que, de vez en cuando, sin tener en cuenta su auténtico deber, las escriben». Longfellow es, en esos momentos, un autor muy famoso, profesor en una importante universidad, una celebridad en toda regla.

Y sin embargo Poe arremete contra él con toda clase de argumentos, inapelables la mayoría. Disecciona sus textos, sobre todo sus poemas, y pone en tela de juicio, incluso, su honradez literaria acusándolo abiertamente de plagio. Así, en el poema de Longfellow Misa de medianoche para el año moribundo, Poe encuentra demasiadas similitudes con la obra La muerte del Año Viejo, del poeta inglés Alfred Tennyson, concluyendo entonces que «…No es nuestra intención comentar, en detalle o por encima, este plagio, pero es demasiado palpable como para no reconocerlo, y que pertenece a la clase más bárbara de robo literario: aquella en la que, mientras se evita reproducir las palabras del autor agraviado, en cambio su propiedad más intangible y, por tanto, más difícil de entender y más complicada de reclamar, le es hurtada».

Aunque es especialmente feroz con Longfellow, Poe no se ensañará sólo con él. Tendrá también para otros autores, como William W. Lord, de quien dirá que «cada vez que el lector se encuentra con algo que no es decididamente plano, puede dar por sentado de inmediato que es robado».

Técnica

Pero su agudeza no se encamina solo a detectar los plagios, también es muy exigente con la técnica de los autores. Así, del pobre Lord dirá: «En lo tocante a la versificación, el señor Lord es en extremo ignorante. Dudamos de que pueda distinguir entre un dáctilo y un anapesto». Tras las invectivas hay un finísimo lector, lleno de agudeza y de conocimiento, intransigente con la falta de rigor técnico. Poe muestra una insuperable puntería a la hora de detectar lo valioso, lo bello, lo verdaderamente poético, al mismo tiempo que se muestra ácido, mordaz, intransigente, con aquello que proviene del plagio o de la mala literatura.

Y así irá analizando a un buen número de autores de su tiempo de los que pocos se salvan, incluyéndose a sí mismo, del que dirá cosas un poco más piadosas. Es una práctica que hoy en día resultaría inadmisible, pero Poe llega a hacer crítica de su propia obra. Será ahí donde encontraremos alguna perla teórica de alto valor, como su definición de trama: «aquella en la que nada puede ser cambiado de sitio, o de la que nada puede ser eliminado, sin arruinar el conjunto, aquella en la que nunca somos capaces de determinar si un punto depende o sostiene a otro».

Un libro con el que disfrutar de la valentía y la sagacidad de un crítico sin miedo y sin filtros morales o de conveniencia. Un crítico que echamos de menos ante la ¿poesía? de Twitter y alguno de sus autores.