Opinión

Instinto

A mí, que soy una madre, quizás un poco protectora, me horroriza imaginar a mis pequeños en situaciones adversas, y me angustia la idea de no poder ampararlos y cuidarlos. Sin embargo, he aprendido que hay algo ‘casi’ igual de férreo que la protección de una madre, el instinto de supervivencia.

Fotografía cedida por las Fuerzas Militares de Colombia que muestra a soldados junto a los niños rescatados tras 40 días en la selva.

Fotografía cedida por las Fuerzas Militares de Colombia que muestra a soldados junto a los niños rescatados tras 40 días en la selva. / EFE/Fuerzas Militares de Colombia

De todas las noticias que he leído en los últimos días, sin lugar a dudas, la que más me ha fascinado ha sido la supervivencia de cuatro hermanos en la selva más grande del mundo, la colombiana, durante 40 días, tras el accidente del aeroplano en el que viajaban junto a su madre y otros dos adultos, fallecidos todos en el siniestro.

Si ya es un auténtico milagro que los pequeños salieran indemnes después de estrellarse el aparato, más aún lo es que permaneciesen con vida durante tanto tiempo en las extremas condiciones que lo hicieron. No dejo de preguntarme, una y otra vez, cómo consiguen sobrevivir 4 niños de 13, 9, 4 años y 11 meses a merced de jaguares, serpientes y plantas venenosas en un bosque amazónico en el que apenas llegan a filtrarse los rayos de luz de sol y con casi 16 horas de lluvia constante al día.

Al terrible primer impacto de la muerte de su madre tienen que reaccionar rápido y dejar atrás el duelo, para evitar la suya. Sin tiempo para llorar, o mientras lo hacían, la hermana mayor supo garantizar la seguridad del resto, apartándolos del lugar del accidente (que podría ser un reclamo para animales salvajes) y buscando para ellos un rincón más confortable y en el que encontrar algún tipo de alimento.

Más de un mes comiendo raíces y plantas, y filtrando agua de los ríos y la lluvia, son un burdo resumen de la proeza de los pequeños. No quiero ni pensar, como madre, el miedo que han tenido que experimentar esos niños, desde Lesly (13 años), que es la gran heroína, al bebé que, sin saber caminar, tuvo que cargar y proteger todo ese tiempo.

Me pregunto también cómo serían sus noches en aquella tierra húmeda y oscura. Si lloraron mucho o el pánico les enmudeció. Si creyeron, alguna vez, que nunca iban a ser rescatados. Lo que llegaron a echar de menos a su madre.

He soñado con ellos, con sus caras asustadas y delgadas, con esos ojos grandes pavorosos el día que fueron encontrados y rescatados.

Mucho tendrán que contar aún los menores de su hazaña, digna de novela, y de cómo la valentía y la responsabilidad de una adolescente salvó la vida de los cuatro.

A mí, que soy una madre, quizás un poco protectora, me horroriza imaginar a mis pequeños en situaciones mucho menos adversas, y me angustia la idea de no poder ampararlos y cuidarlos. Sin embargo, he aprendido que hay algo ‘casi’ igual de férreo que la protección de una madre, el instinto de supervivencia.