Opinión | Limón&Vinagre

Albert Soler

Nunca se va del todo

«Me caracteriza un estilo de gobierno autoritario», ha reconocido en alguna ocasión. Cuando un político se califica de autoritario, pónganse sus ciudadanos a temblar. Es como si un defensa de fútbol se reconoce «duro pero noble»: tenemos ahí un carnicero

Lukashenko durante su discurso en el Montículode la Gloria, a las afueras de Minsk.

Lukashenko durante su discurso en el Montículode la Gloria, a las afueras de Minsk. / Servicio de Prensa de Bielorrusia /AFP

Bielorrusia es Rusia con más misterio. Si Churchill definió Rusia como «un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma», imaginen lo que debe de ser Bielorrusia. Lo poco que se sabe de ella es que la preside desde 1994 Aleksandr Lukashenko, que ha ganado seis elecciones consecutivas con más del 70% de los votos, lo que tiene a la OSCE con la mosca en la oreja, al considerarlo fraude electoral. Europa occidental, y no digamos Estados Unidos, desean quitárselo de encima, pero ahí continúa, y con creciente influencia en la política de la zona.

Lukashenko fue clave en la resolución del conflicto entre el grupo Wagner y Rusia, al convencer al jefe de los mercenarios, Yevgueni Prigozhin, de que desistiera de su marcha sobre Moscú. El propio Lukashenko ha relatado que en la primera media hora de conversación telefónica con el líder de los Wagner, hubo solo tacos e insultos. Los tacos e insultos en ruso suenan peor que en cualquier otro idioma, y además la profusión de consonantes hace que las palabrotas salgan de la boca acompañadas de lluvia de escupitajos. Una discusión telefónica evita salivazos, eso hay que concedérselo a Lukashenko, pero aun así los tacos en ruso son mucho más terroríficos que en castellano o en francés, no digamos que en italiano, que si no fueran acompañados de gestos, pasarían por el menú de una trattoria cantado a viva voz. El intercambio de insultos dio sus frutos y los Wagner se replegaron, bastantes de ellos hacia Bielorrusia, donde fueron bien acogidos. Se dice que es ahí donde se ha refugiado precisamente Prigozhin, aunque el secretismo que envuelve al país ha impedido confirmarlo.

Lukashenko es un tipo robusto, pasa de los 1,80 metros y de los 100 kilos, será que la vida en el campo es sana, ya que en su juventud dirigió durante unos años una granja colectiva, uno de los famosos koljós de la URSS. Más tarde ejerció de comisario político en el Ejército Rojo, un cargo que despierta más bien pocas simpatías, aunque sea por los centenares de películas en que estos funcionarios aparecen siempre para intentar fusilar al bueno. Como exdirector de koljós y excomisario político, a nadie ha de extrañar que Lukashenko sea un nostálgico de la URSS, como él mismo reconoce. De hecho, se jacta a menudo de haber sido el único diputado bielorruso del Soviet Supremo que en 1991 votó en contra de la disolución de la URSS. Cómo iba a votar a favor, con lo bien que se lo pasó en el campo obligando a los trabajadores a cumplir con el plan quinquenal, y en la milicia fisgando si algún recluta leía a escondidas Doctor Zhivago, de Pasternak. Tanto añora tiempos pasados, que los servicios secretos bielorrusos se continúan llamando KGB hoy en día, cuando hasta en Rusia les cambiaron el nombre.

«Me caracteriza un estilo de gobierno autoritario», ha reconocido en alguna ocasión. Cuando un político se califica de autoritario, pónganse sus ciudadanos a temblar. Es como si un defensa de fútbol se reconoce «duro pero noble»: tenemos ahí un carnicero. Para demostrarlo, Lukashenko prohibió hace pocos días la prensa extranjera en su país, con lo que es poco probable que lea este artículo, él se lo pierde. Por supuesto, en Bielorrusia existe la pena de muerte, cómo iba a ser autoritario su presidente sin penas de muerte que firmar de vez en cuando. De hecho, se trata del único estado europeo que mantiene la pena capital. Ese decimonónico aspecto legal lo iguala a Estados Unidos, pero lo que podría ser el inicio de una gran amistad entre ambos países, incluso una sana competencia para ver quién ha ajusticiado a más presos al cabo del año, no parece que en Norteamérica se tenga en cuenta a la hora de las relaciones diplomáticas.

Ahora bien, una cosa es que se reconozca autoritario y otra es que lo llamen «dictador». Por ahí no pasa nuestro Lukashenko. Cuando el ministro de Exteriores alemán, Guido Westerwelle, lo llamó «el último dictador de Europa», no solo no se lo tomó como un elogio -y eso que, al fin y al cabo, ser el último de lo que sea, tiene su mérito-, sino que le replicó que «es mejor ser dictador que ser gay». Westerwelle, ya fallecido, era homosexual.

Lukashenko, que ha apoyado desde el inicio la invasión rusa de Ucrania, patria de su abuelo -de ahí su apellido-, dio a conocer durante la pandemia del covid un remedio infalible: trabajar duro en el campo -indudablemente ese pasado en el koljós le marcó-, una sauna y un buen trago de vodka. A la espera de que el New England Journal of Medicine valide esta vacuna natural y lo postulen para el Nobel, él se prepara ya para su próxima reelección. 

Nunca se va del todo, Bielorrusia es un eterno «hasta luego, Lukashenko».