Opinión | Diario apócrifo

Prensa

La verdad es que traté de tener siempre una relación cordial con los que mandaban en la prensa

Mi hijo me ha hecho llegar el recado –como él me los hace llegar; nunca me llama directamente y esta vez tampoco– de que, como el caballero Pedro Sánchez decidió que las elecciones se celebraran a finales de julio, no es conveniente que vaya a las regatas en plena campaña. Que la prensa lo iba a criticar, dice. La misma prensa que se encargó de hundir mi reputación.

Hubo largos años en los que me respetaba, que es lo que toca hacer con el rey de tu país, y sobre todo no metía las narices en mi vida privada. Tampoco es que resultara gratis. Había que tener a la prensa bajo vigilancia porque siempre había algún listillo de esos que les gusta meter las narices donde no les llaman y hacía falta llamarlos al orden.

Yo, la verdad es que traté de tener siempre una relación cordial con los que mandaban en la prensa. Hay que saber quién es el que en diez minutos tiene el poder para levantar una portada o una noticia, detener un reportaje o meter en un cajón y no sacar determinadas informaciones. Solo quien no sabe realmente qué es el poder defiende tontadas como lo de la libertad de expresión como bien supremo. Pues no, señor, la libertad de expresión está muy bien, pero hay valores superiores.

Muchas fichas en la vida real hay que moverlas con sigilo. Esos talibanes de la libertad de expresión son capaces de publicar una noticia que arruine a un país y mande al paro y a la miseria a centenares o miles de familias. Si todos fuéramos ángeles, podríamos hacer todo a plena luz. Pero la oscuridad está en nuestra naturaleza y lo oscuro nunca debe hacerse público. Ya digo, puedes provocar mucho dolor a mucha gente por mantener contra viento y marea algunos valores que están muy sobrevalorados. Y la libertad de prensa es uno de ellos.

Yo soy su víctima, sin ir más lejos. Este verano, sin regatas. De los pocos placeres que me quedan.