Opinión | La mirada del lúculo

El poeta que cantó al tomate

Además de los sonetos de amor, Pablo Neruda era aficionado a escribirle a ciertas cosas que habitualmente nos llevamos sin mayores alardes a la boca. Lo devoraba un ser glotón y se le notaba cuando escribía

Pablo Neruda.

Pablo Neruda. / Ilustración de Pablo García.

Hubo una vez un poeta que le cantó a un tomate, a una cebolla y a un limón, que entonó odas al vino y al foie-gras. Escribía con un ritmo sensual y lírico, dueño de esa conjunción de realismo mágico tan común en la escritura latinoamericana, y una cosmovisión pura y romántica centrada en el amor. Por algo su discutible obra maestra de la poesía es Veinte poemas de amor y una canción desesperada. 

Desde el inicio, la vida como escritor y diplomático lo arrastró por los caminos de la pasión, y en uno de sus poemas más célebres, El tango del viudo, dejó constancia de un amor de juventud con la birmana Josie Bliss, con la que mantuvo una relación tan tórrida como tormentosa. Neruda nació como Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto en Chile. Su poesía fue considerada hermosa, vanguardista y, en ocasiones, subversiva. Respetado como autor y figura política, viajó mucho por todo el mundo, tanto como diplomático como cuando se vio obligado a exiliarse después de que Chile prohibiera el comunismo del que era máximo creyente. 

Pero ya digo, además de los sonetos de amor, Pablo Neruda era aficionado a escribirle a ciertas cosas que habitualmente nos llevamos sin mayores alardes a la boca. Lo devoraba un ser glotón y se le notaba cuando escribía. Gordo como su inseparable Miguel Ángel Asturias, ambos recibieron en Guatemala el apodo de «los dos chompipes», palabra esta última que en Centroamérica sirve para definir a los enormes pavos criollos bien cebados. Juntos, en Budapest, se bebieron el Danubio. Les daba igual el legendario y aristocrático tokay, que llegaba escoltado por cosacos a la mesa de Catalina la Grande, o ese mismo vino rojo con que Béla Kun, presidente en 1919 de la República Soviética Húngara, obsequiaba a Lenin. Pero no solo libaban el afamado néctar licoroso, también hacían gárgaras con el popular y vigoroso egri bikavér, sangre de toro, con cuyo nombre se relacionan varias historias curiosas. La más extendida recuerda cómo las mujeres de la vieja ciudad de Eger, en la región del norte donde se produce, homenajeaban a sus hombres con enormes jarras antes de sus batallas con los turcos, hasta que las barbas de los guerreros adquirían la tonalidad roja del vino derramado. De esta manera, los turcos preferían abandonar el combate antes que enfrentarse a los húngaros que bebían sangre de toro para fortalecerse. La derrota les llegaba antes de comenzar la batalla.

«¡Hígado de ángel eres!», escribió el poeta sobre el foie-gras. Glosó los atunes en los mostradores de las pescaderías, las cebollas perladas y las alcachofas verde jade de los mercados, los limones dorados, y los tomates carmesí. La verdad es que Neruda me ha venido a la cabeza esta vez con el resurgir de los tomates y de la estación. Con ellos establecía la comparación del sangrado y el sufrimiento de la humanidad pero también una plenitud del goce hasta donde la dicha alcanza: «La calle se llenó de tomates, mediodía, verano, la luz se parte en dos mitades de tomate, corre por las calles el jugo». Siempre el placer y la sensualidad. Concluía: «Tiene luz propia, majestad benigna. Debemos, por desgracia, asesinarlo: se hunde el cuchillo en su pulpa viviente, es una roja víscera, un sol fresco, profundo, inagotable, llena las ensaladas de Chile, se casa alegremente con la clara cebolla, y para celebrarlo se deja caer aceite, hijo esencial del olivo, sobre sus hemisferios entreabiertos, agrega la pimienta su fragancia, la sal su magnetismo: son las bodas del día, el perejil levanta banderines, las papas hierven vigorosamente, el asado golpea con su aroma en la puerta, es hora! vamos! y sobre la mesa, en la cintura del verano, el tomate, astro de tierra, estrella repetida y fecunda, nos muestra sus circunvoluciones, sus canales, la insigne plenitud y la abundancia sin hueso, sin coraza, sin escamas ni espinas, nos entrega el regalo de su color fogoso y la totalidad de su frescura».

Compara el tomate con un sol inagotable. Durante la preparación de la ensalada, descansa alegremente con otras verduras, especialmente la cebolla con la que está unido en matrimonio. Se incorporan el aceite de oliva, la pimienta, la sal y el perejil para darle sabor. Una animada mezcla en la que la fruta se representa majestuosa y benigna arrojando luz. Cuando el cuchillo se hunde en sus vísceras y carne rojas, parece un asesinato real. 

Neruda vio a la la alcachofa como un caballero armado de delicada coraza que llega a un jardín poblado de zanahorias con bigotes herrumbrosos, coles con enaguas y olor a orégano. Finalmente la alcachofa entrega el corazón en la mesa. El gran atún del mercado es una bala disparada desde el abismo, un barco solitario rodeado de zanahorias, uvas y lechugas. Para él, las humildes cebollas nos hacen llorar sin lastimarnos, las contempla como diosas griegas, Afroditas, y la compara con un planeta destinado a brillar. Es una de sus grandes idealizaciones, alimento esencial de los pobres que vivieron en la pobreza extrema. 

El vino, en cambio, es para él una mujer lujosa y sensual. De color noche o de color día, hay vinos tintos suaves como el «terciopelo lascivo» y afilados como «espadas de oro». 

El vino, el terciopelo, la sangre y las mujeres, menudo bribón estaba hecho Neruda.