Opinión | Limón&Vinagre

El poder del deseo

Lenguaraz y desinhibida, Samantha Jones no era el mejor personaje de la serie. Era el personaje

Cynthia Nixon, Kristin Davis, Sarah Jessica Parker y Kim Cattrall en una imagen promocional de 'Sexo en Nueva York'.

Cynthia Nixon, Kristin Davis, Sarah Jessica Parker y Kim Cattrall en una imagen promocional de 'Sexo en Nueva York'. / CORDON PRESS.

Lo cierto es que Kim Cattrall (o Samantha Jones, el personaje que marcó un antes y un después en la televisión de pago) se comió, artística y figuradamente hablando, a sus otras tres compañeras, mucho menos creíbles, aunque esto careció de importancia para la posterior consolidación de Sexo en Nueva York en la memoria universal de la cultura catódica: una niña pija que transita del catolicismo al judaísmo como quien se muda de ropa interior; una abogada que convierte en un acontecimiento salir del armario en Manhattan, donde lo último que sorprende a sus habitantes es la orientación sexual del vecino; y una articulista apasionada de las grandes marcas que pretende que creamos que una columna semanal en un diario de segunda da para alquilar un apartamento en el Village y para un vestidor poblado de Manolo Blahnik y Valentino. Lenguaraz y desinhibida, Samantha Jones no era el mejor personaje de la serie. Era el personaje.

En la inevitable comparación con la original, parecía poco probable que su secuela, And just like that… sobreviviera más allá de la primera temporada con unas protagonistas tan edulcoradas que, más allá de Sexo en Nueva York, habían perdido, en ausencia de Cattrall, toda capacidad de sorprender a la audiencia. El gancho para la segunda entrega de las andanzas de Carrie Bradshaw y compañía es, precisamente, el regreso de Samantha (no se ha desvelado aún el pastizal), aunque decepcionará a los seguidores que no hayan leído más allá del titular recurrente estos días. Cuentan las crónicas que Cattrall no aparecería hasta el último capítulo y está por desvelarse si su breve advenimiento será en carne mortal o en conversación telefónica desde Londres (o ambas cosas a la vez) con Sarah Jessica Parker, a la que odia cordialmente.

La muerte del hermano

Porque en esto último subyace la razón que le llevó a bajarse del carro. Relegada a monigote simplón en las dos películas que siguieron a la serie, Kim Cattrall (Liverpool, 66 años) acabó harta de todo el elenco, incluidos su creador, Michael Patrick King, y la actriz principal y coproductora, sobre la que desparramó toda la bilis en 2018 a través de Instagram cuando el hermano de Cattrall fue hallado muerto tras cinco días de búsqueda (se suicidó) y Jessica Parker transmitió en público sus condolencias. «Mi madre me ha preguntado hoy: ¿Cuándo te va dejar en paz esa hipócrita de @sarahjessicaparker? Tus constantes intentos de acercamiento son un doloroso recordatorio de lo realmente cruel que fuiste entonces y ahora. Permíteme dejarte esto muy claro (por si no lo he hecho hasta ahora). No eres mi familia. No eres mi amiga. Así que te escribo para decirte una última vez que dejes de explotar nuestra tragedia para restaurar tu fama de buena chica», escribió Kim / Samantha. ….Silencio incómodo.

Si el personaje de Samantha triunfó fue, entre otras razones, porque hablaba y actuaba como hasta entonces solo se les había permitido a los hombres. Aquello era una hembra alfa con tacones y mucha clase, que practicaba el sexo sin tapujos y además lo contaba. Y a callar. Explícita en sus gustos y descripciones y si no te gusta te aguantas, capaz de poner firme al tipo más empoderado y de comportarse como mujer y no como madre con el joven amante. Una Samantha que ponía en su sitio a todos esos machotes que consideran un trofeo de caza a la mujer triunfadora, inteligente y sexi. Su colección de frases representa una antología de cómo se paga a muchos hombres con la misma moneda: «Los buenos te joden, los malos te joden. Y el resto ni siquiera sabe cómo joderte»; «Te quiero, pero me quiero más a mí»; «Si el chico te va a abandonar, no importa si te acuestas con él en la primera cita o te esperas hasta la décima»; «Soy probosexual. Lo pruebo todo al menos una vez»; «¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué tenía que tenerla tan pequeña? ¡Me gustaba de verdad!». Y mi preferida, cuando Charlotte la interrumpe por teléfono en un momento íntimo: «¡Me estoy masturbando. Te dije que estaría haciéndolo todo el día!»

El personaje encandiló a la audiencia y de ahí el regreso, justo al contrario de lo que acostumbra a ocurrir en política, donde se arrincona a las samanthas y se corona a las charlottes, donde las primeras pagan su osadía saltando de las candidaturas y las segundas obtienen la mayoría absoluta. Que algunas series de televisión representen el lugar donde nos gustaría estar es solo una verdad a medias. La ficción es el espejo que nos enfrenta a nuestras contradicciones. Por eso la amamos.