Opinión | Pintando al fresco

La hora de las listas (2)

Cuando ustedes leen esto, los partidos políticos ya habrán comunicado sus coaliciones a las elecciones del 23J. La suerte está echada y ya ninguna formación podrá presentarse sola (si no lo ha hecho ya) o con otra familia política. Ante tan importante circunstancia, creo que podríamos hacernos unas cuantas consideraciones que debemos meditar, porque la meditación es muy necesaria para comprender la vida. Yo medito bastante y esto me ayuda mucho más que la cerveza que estoy tomando a la vez que escribo.

En primer lugar, me gustaría ofrecerles un punto a considerar. Cuando los partidos presenten sus candidaturas, miremos las listas y veamos cuántos de los nombres escritos suman algo a las siglas que los presentan, es decir, ¿habrá alguien que vote esa lista porque en ella va este candidato o candidata, además de su familia, sus amigos y sus deudos, y sin contar a esa prima con la que no se habla desde que ella le quitó el novio a ella, o a él? Está claro que en las listas regionales y sobre todo en las locales la presencia de personal conocido por los votantes y, a poder ser, apreciado por sus dotes, influye mucho en las opciones de la gente a la hora de votar, pero, en estas nacionales ¿alguien suma? Yo acabo de repasar una lista y no veo a nadie que a nivel de toda la Región pudiera suponer un estímulo para votar a ese partido. Sin embargo, en ese partido, (el PSOE, digo) muchos conocemos a hombres y mujeres que podrían sumar. ¿Por qué no están ahí?

Segunda cuestión, la formación académica. Repasando las listas podrán ustedes ver que materialmente todos los elegidos son personas que tienen un título universitario o, al menos, han hecho la carrera de Turismo. Hubo otros tiempos no muy lejanos en que podías encontrarte ejerciendo puestos de representación a personas de clase obrera, y he de decir que muchos de ellos hicieron un papel estupendo en cumplimiento de su misión. En la Asamblea Regional, he conocido a un diputado, de profesión albañil, que llenaba de sensatez cualquier intervención suya y que era muy respetado por sus compañeros y por los de los otros partidos presentes en la cámara. Y también recuerdo a otro diputado de profesión escayolista, que militaba en un partido de derecha (el PP, digo) y que ha hecho una carrera política muy interesante y eficaz. ¿Dónde están los obreros/as en puestos de salida en las listas actuales? Esto me recuerda algo que me dijo una vez un rector de la UMU: ‘El problema de esta universidad es que casi todos los que estamos aquí sabemos leer y escribir’, y añadió: ‘tanto título y tanta leche’.

Del espectáculo que ha dado haciendo las listas ese otro partido de izquierda (Podemos, digo) no sé cuál habrá sido el final, pero es increíble que haya militantes, y, sobre todo, militantas que no sean capaces de admitir que han metido la pata con alguna ley que otra y que no han dado su brazo a torcer, aunque el error haya sido morrocotudo. Has fracasado, pues vete a tu casa y mira a ver si ese pacto con Sumar os salva de la quema.

No debemos olvidar a aquellos que se han quedado fuera y que hasta ahora habían permanecido en las poltronas correspondientes. Eso sí que es un golpe mortal, una patada en los testículos o en los ovarios que nunca será perdonada por el sufridor, la sufridora, etc. Y lo siento por ellos, pero mucho más por las personas que los rodean, porque un político que ha degustado las mieles de la máxima representación política, diputado o senador, y lo mandan a a casa, puede quedarse medio lelo y dedicarse a molestar a la familia. Incluso sé de alguno que ha caído en lo más bajo y se ha cambiado de partido a ver si por ahí le caía la breva.

Para ustedes, hermanos que me escuchan, que decía un fraile desde el púlpito, todo esto de las listas y de los destinos personales de los implicados quizás no suponga nada, pero sepan que hay personas en el mundo, e incluso en Murcia, que no sabrían qué hacer en la vida si no tuvieran un destino en lo universal, un puesto de salida hacia la gloria, una misión en la vida –la de apretar un botón de vez en cuando – de la que dependen nuestros bienestares o nuestras pesadillas. Es que es muy grande la cosa, oiga.