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Herminio Picazo

Verderías

Herminio Picazo

Fábula racista

Hace ya algún un tiempo, en el metro de Madrid, observé una escena enormemente simbólica. La recuerdo de tanto en tanto y me parece una perfecta metáfora ejemplificadora de lo que ocurre en nuestra sociedad y, quizás, en nuestros corazones.

Había tres jóvenes, dos chicas y un chico, que esperaban entre risas la llegada del tren junto a un enorme cartel que rezaba –«prohibido fumar en todo el metro». Mensaje obviamente taxativo, redactado en perfecto y simplísimo castellano, y que desde luego ofrecía pocas dudas en relación a su mensaje. 

Los jóvenes eran blancos, blancos inmaculados, y cada uno de ellos llevaba encima no menos de 500 euros en ropa y complementos. Gente guapa y bien, altos y aseados, oliendo a colonia y radiando felicidad desde sus grititos y risas; la perfecta demostración de la superioridad de nuestra raza. Ni que decir tiene que los tres, bajo el antedicho cartel, estaban compulsivamente fumando tabaco del caro, del que dejaban caer su ceniza al extrañamente inmaculado suelo de una estación recientemente abrillantada.

No lejos de ellos esperaban el vagón otras dos personas, también jóvenes, con ropa y macutos de trabajo. Su aspecto cansado denunciaba la vuelta de una jornada laboral probablemente en turno de noche; sus vestimentas de cuarta mano indicaban un sueldo ciertamente indigno para una jornada laboral probablemente en turno de noche. Uno de ellos era de color, de color negro; o sea un negro. El otro era tirando a marrón y con bigote y pantalones de pana; o sea un moro. 

En un momento determinado el negro sacó un paquete de ducados y le ofreció un cigarrillo al moro. Avisado por el contenido del susodicho cartel en perfecto castellano, el moro le puso al negro la cara algo seria y le dijo en perfecto francés –«Non, non, on ne peut pas fumer ici». El negro, compungido, guardó rápida y multiculturalmente el tabaco en el bolsillo de su chaqueta

Llegó el tren, nos montamos todos en el mismo vagón, y se termina el cuentecillo cuando una de las chicas, la más rubia y guapa, que por cierto entró en el vagón con su cigarrillo sin terminar, al pasar junto al negro y el moro hizo un gesto de desagrado y seleccionó para sentarse el asiento más alejado de personajes tan asociales.

La tarde de antes, esta vez yendo en taxi (los blancos que visitamos Madrid, sobre todo si es por cuestiones de trabajo, tomamos de cuando en cuando el taxi), el conductor hubo de frenar para no atropellar a una mujer con una niña, ambas negras y, por cierto, a mi entender, enormemente bellísimas. El resto del trayecto fue toda una sesuda argumentación del taxista sobre la cantidad de putos negros y «jodíos moros» que pululaban por Madrid, quitándonos el trabajo, violentando a nuestras mujeres, robándolo todo, y otras inteligencias por el estilo. No importó que madre e hija estuvieran cruzando la calle por un paso de cebra.

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