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Matías Vallés

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Inaugurará la dinastía de Lady Di

El príncipe Guillermo, durante una de las festividades de la coronación de su padre. Jonathan Brady / AFP

Pertenece a una familia real desestructurada, con peleas a muerte entre los hermanos, allegados corruptos con problemas en los tribunales, amantes palaciegas de su progenitor el rey, escándalos económicos medidos en muchos millones, próximos que se niegan a aparecer en público junto a otros familiares disolutos. ¿Felipe VI? ¡Quia! El príncipe Guillermo de Gales.

En las monarquías fetén, los hijos arrebatan el trono a sus padres, de Catar a España. Solo Guillermo acaba de contemplar cómo su padre le birlaba la corona de Inglaterra que le había prometido su abuela. De acuerdo con los índices de longevidad de los Habsburgo/Windsor, el príncipe de Gales deberá esperar un cuarto de siglo antes del «hecho inevitable», por lo que se convierte en un parado de larga duración a la edad difícil de 41 años. Y cuando jure el trono con labios temblorosos, tendrá el aspecto nada agraciado de su padre ahora mismo. La historia es cruel.

Guillermo vuelve a ser el heredero. El mayor obstáculo para que llegue a reinar no es el anacronismo que desacredita a la monarquía, sino su padre a secas. Por fortuna, la muerte de Diana Spencer fue más real que su boda, la coronó para la eternidad. Su primogénito inaugurará por tanto la dinastía de Lady Di, porque solo un degenerado se abrazaría al árbol genealógico del descuidado Carlos de Inglaterra, pudiendo llegar al trono en nombre de la princesa del pueblo. De hecho, aquella mujer infeliz llamaba a su hijo «mi querido wombat», consulte su Wikipedia.

El 8 de septiembre en que falleció Isabel II es el día más triste en la vida de Guillermo. No por haber perdido una abuela, sino por haber extraviado un trono. Necesitaba que la penúltima reina viviera lo suficiente para que Carlos III fuera inviable. El regusto del heredero frustrado equivale a que tu padre te robe la novia, otro lance con antecedentes familiares a juzgar por las arrebatadas cartas de Felipe de Edimburgo a Lady Di, so pretexto de enseñarle a soportar a su marido. La serie Succession no son los Murdoch, son los Windsor, que no riman accidentalmente con los Simpson también coronados de caricatura.

Un rey es una persona a la que no te apetece formularle ninguna pregunta, pude comprobarlo frente a un Harald de Noruega que consumía cerveza tras cerveza junto al yate real Norge. A Guillermo se le supone más conversación porque fue maltratado en Eton, al igual que 20 primeros ministros ingleses de Boris Johnson hacia atrás. Sin embargo, donde Carlos III y Camila despachan al populacho con un desdén lacerante, el príncipe de Gales se empeña con la plebe en una intensidad que recuerda a un interrogatorio policial. Los reyes deben mantenerse alejados de la gente, por el bien de ambos.

La parte más interesante de Guillermo se llama Kate Middleton, la princesa que se reserva deliberadamente en cada imagen un rastro de Lady Macbeth, aunque sin trasladarlo al tratamiento tiránico del servicio de palacio que caracterizaba a Meghan Markle. La coronación equivocada demostró que la hermana de Pippa, vestida de Alexander McQueen, llegará a ser tan bella como la madre de ambas.

Lady Kate

En la foto de Kate que enamoró a Guillermo, y a cualquier ser vivo no liofilizado, la joven vestía veladuras en un desfile improvisado. El modelo se conserva hoy como pieza museística. El príncipe de Gales tiene su propia Camila y, al igual que su padre, ha buscado una amiga entrañable menos normativa, además de aclimatada a los Windsor. La Corona británica tiene mucho que enseñar a otras monarquías europeas sobre la feliz integración en palacio de sus amantes. El brigadier Parker-Bowles asesoraba a Isabel II en sus negocios equinos, aprovechando que su santa esposa retozaba con Carlos III. Y mucho cuidado con Lady Kate, es una mujer que no ha dicho su última palabra.

Nada marca tanto como una infancia mimada. Con motivo de las fiestas navideñas, Guillermo y su hoy odiado Enrique podían visitar sin molestias Harrods, abierto expresamente para ellos fuera de horario. Cuando se les aproximaban solícitos los elfos de Santa Claus, para anotar sus regalos en la inmensidad vacía de los almacenes, el hoy príncipe de Gales soltaba presuntuoso a los sirvientes que «no os diré lo que quiero a vosotros, solo hablaré con Papá Noel». Ya entonces habitaba el cuento de Navidad agridulce en que se ve envuelto, a punto de descubrir ocioso que tener demasiado futuro equivale a tener un pasado.

Es duro para un príncipe escuchar cómo resuena en la abadía de Westminster la frase «ojalá que el rey viva para siempre», referida a otra persona.

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