La Opinión de Murcia

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ENTRE LETRAS

El retrato perdido

El retrato perdido Francisco Javier Díez de Revenga

Santiago Delgado (Murcia, 1949) continúa su trayectoria de novelista original y sorprendente con la reciente publicación de su último relato que ha editado MurciaLibro: El Goya del Titánic (El Godoy de Murcia), una interesante novela histórica creada con una singular interpretación del género. Porque de una historia partimos, la bien conocida, por lo menos para los investigadores e historiadores mejor informados, de un cuadro, de una pintura, porque Francisco Javier Salmerón Giménez la explicó en un reciente libro, La desaparición en la ciudad de Murcia de un retrato de Godoy realizado por Goya, publicado por la Real Academia Alfonso X El Sabio.

En la primavera de 1801, cuando la guerra de España contra Portugal, el jefe del ejército español y valido del rey, Manuel Godoy, príncipe de la Paz, fue el triunfador de la célebre Guerra de las Naranjas. La ciudad de Murcia, agradecida, encargó a Francisco de Goya que pintara, por 6.000 reales, un retrato que representara a Godoy como comandante de la campaña de Portugal, para presidir, junto al retrato del Conde de Floridablanca, el salón de las Casas Consistoriales. La bibliografía especializada ha intentado saber cuál fue el destino del cuadro, cuando, tras la caída de Godoy, el retrato fue retirado del salón y almacenado o escondido en algún lugar ignoto que la noche de los tiempos ha ocultado celosamente. Frutos Baeza señala que lo robó el mariscal francés Soult cuando invadió con las tropas de Napoleón la ciudad de Murcia y se lo llevó a Francia donde lo vendió. Lo cierto es que despareció sin dejar rastro.

El retrato perdido

Santiago Delgado ha escrito un relato en el que revela a sus lectores el paradero exacto y definitivo de la pintura, para lo cual ha mezclado muy sabiamente buena documentación, investigaciones personales, y desbordada imaginación de novelista entusiasta de la historia de Murcia y de sus personajes más sobresalientes, pero también decidido admirador y lector de cuadros y de pinturas y extraordinario difusor de los tesoros pictóricos de esta región. No necesitaba más para superar ciertos límites y rastrear a través de tres siglos, hasta el mismísimo siglo XXI, el destino del cuadro y las diferentes manos por las que pasó la pintura.

La verosimilitud del relato es suficiente, porque lo que en historia hay que demostrar documentalmente en novelística solo hay que imaginarlo; y así seguir los posibles pasos de una peregrinación que atraviesa países e incluso océanos. Las cualidades del novelista, a la hora de manejar los materiales narrativos y mezclarlos en las porciones adecuadas con los acometimientos históricos y ciertos personajes bien conocidos, logran un relato ameno, divertido, distendido y admirablemente escrito. Filólogo al fin, y lingüista experto, Delgado crea el idioma adecuado para otorgar autenticidad a lo que está ocurriendo en su relato y para que sus personajes, con su propia palabra, adquieran la consecuente voz narrativa que convenza y atrape al lector, que hallará, en su viaje a través de los siglos, a algunos conocidos, sorprendidos junto al anhelado cuadro de Goya.

Incluso personajes recónditos pero reales, como puede ser el sobrino de Antonio Cánovas del Castillo, del mismo nombre que el jefe de Gobierno de Alfonso XII, que fue un revolucionario de la fotografía. La vinculación de algunos personajes implicados en la trama novelesca con la historia de la Murcia profunda no ha de sorprender: así, la presencia de Floridablanca, también retratado por Goya, y de Antonete Gálvez, o del antes citado Cánovas del Castillo, que contrajo matrimonio en la parroquia de San Nicolás de Murcia con una aristocrática dama jumillana el 20 de octubre de 1860, muy cerca del lugar donde algunos años antes había caído el general Martín de la Carrera ante las tropas del mariscal Soult, en la contigua calle que conserva una placa conmemorando tan luctuoso como heroico hecho de armas.

No revelamos el final, porque el lector lo va a descubrir cuando llegue las últimas paginas de la novela, cuando haya disfrutado de tantas historias particulares, de tantas recreaciones de lugares y paisajes, pueblos, caminos y ciudades; y cuando haya compartido con tantos conocidos el complejo itinerario que llevó al cuadro a su hasta ahora ignoto destino final.

Esa es la gran virtud de la ficción: que es capaz de superar a la misma realidad para crear un mundo que sin duda va a convencer al lector. Y si no lo convence pues peor para él; al menos habrá disfrutado de un relato en el que podrá hallar muchos secretos de la historia de Murcia (ahora sí, ciertos y documentados) que el novelista se complace en suministrar, en pequeñas dosis, para conseguir la ya proclamada amenidad.

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