Opinión | De cine
Los comienzos de Spielberg
Los Fabelman
Antes del comienzo de Los Fabelman, Steven Spielberg aparece en pantalla y manda un breve mensaje al público. Nos explica que esta ha sido la película más personal que ha realizado y que para él tiene un valor sentimental muy especial por estar basada en sus propias experiencias. Habla con cierta timidez y su voz suena sincera, como si fuésemos sus amigos y estuviese confiándonos un secreto. De esta manera, uno se adentra en su última creación con el corazón algo encogido, sabiendo que estamos ante el trabajo muy querido de un hombre que lleva poblando el planeta de criaturas extraordinarias desde hace más de medio siglo.

El wu wei
Los Fabelman arranca precisamente en el momento en el que nace la pasión por el cine de su protagonista. El pequeño Sammy acude con sus padres a un pase de El mayor espectáculo del mundo y la obra de Cecil B. DeMille cambia el curso de su vida para siempre. La cámara se adentra en una sala gigantesca llena de espectadores que siguen los silencios y los sobresaltos de la película como si aquello fuese el coro de una orquesta sinfónica, y termina en el rostro iluminado del niño. Es una secuencia memorable, filmada con sencillez y maestría, y desprende un amor por los cines como pocas veces se ha visto.
El siguiente paso en el camino del chico pasará por la cámara de vídeo de su padre. Aún con El mayor espectáculo del mundo rondando su cabeza, reproducirá la secuencia del accidente de tren con sus juguetes con un nivel de precisión extraordinario, demostrando un dominio del lenguaje cinematográfico asombroso para su corta edad. Spielberg ha contado en multitud de ocasiones este hecho autobiográfico y me ha parecido siempre un acontecimiento cargado de ternura. En su película es todavía más entrañable si cabe. A pesar del montaje primitivo y de las connotaciones infantiles, se puede intuir que detrás de esa filmación hay un director en potencia.
A partir de este punto, Los Fabelman se expande en dos direcciones. Por un lado, muestra el drama de un matrimonio roto que se mantiene a flote haciendo malabares. Este es, a menudo, un lugar pantanoso por el que naufraga la historia. Creo que ha jugado en contra de Spielberg que eran sus propios padres los que estaban en escena. Existe una especie de misericordia hacia los personajes que le resta naturalidad a los problemas planteados y lo impregna todo de una felicidad que resulta excesiva. También se echa de menos su sentido del humor. Esos golpes tan suyos, tan intencionadamente ingenuos, en esta ocasión se han esfumado.
La otra línea hacia la que apunta la trama es la necesidad creativa del protagonista. Ver crecer a ese niño rodeado de cámaras y de familiares y amigos, llevándose cualquier atisbo de cotidianidad al terreno cinematográfica es, sin duda, lo mejor de la película. Hay una cierta magia cada vez que asistimos a una de sus proyecciones. Sobre la pantalla comienzan a surgir una gran cantidad de trucos y giros escénicos y uno no tarda en comprender que, pasados algunos años, sea ese mismo muchacho el que prenda la mecha de E.T., Tiburón o de cualquier otra aventura de su extensa filmografía. La sensación viéndolo trabajar en sus rodajes iniciales es la de estar ante los orígenes de un genio de nuestro tiempo.
El final de Los Fabelman guarda una sorpresa que agradecerá cualquier cinéfilo que pierda los vuelos por los clásicos. Por respeto a todos aquellos que aún no la hayan visto, no desvelaré el encuentro (en la tercera fase) con que se cierra la película. Sepan ustedes que estamos, posiblemente, ante uno de esos instantes magistrales que muy de tanto en tanto nos regala el cine. Solo por esto ya merece la pena soportar el exceso de su metraje y ese despilfarro familiar mostrado. Steven Spielberg, pese a transitar por el otoño de su obra, sigue dejando destellos emocionantes.
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