La Opinión de Murcia

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Gema Panalés

Todo por escrito

Gema Panalés Lorca

Estrellas de rock en un motel de Las Vegas

Nos pasa a veces, sobre todo cuando viajamos o hemos tenido sueños muy intensos, que al despertarnos no sabemos dónde estamos. Desorientados y a tientas, intentamos encender la luz sin ni siquiera ser conscientes de quiénes somos o cómo hemos llegado hasta allí. Es curioso que este hecho nos ocurra tan pocas veces en nuestra vida, cuando la realidad es que, al abrir los ojos cada día, estamos sometidos a lo incierto.

Creemos tener el control y estar seguros bajo las sábanas de nuestra cama, pero dormimos a la intemperie, expuestos a los acontecimientos que se están produciendo mientras caemos en los brazos de Morfeo y que definirán los retos (individuales y colectivos) del día siguiente. Ignoramos en qué escenario y en qué momento seremos sorprendidos por el caprichoso destino.

Sin embargo, una vez que sale el sol actuamos como autómatas programados que ejecutan una rutina militar que elimina cualquier atisbo de duda o contemplación. Como escribe el filósofo Byung-Chul Han en su último ensayo, Vida contemplativa, «sin el momento de la duda, el andar del ser humano se asemeja a una marcha».

Así, a toque de corneta (o de smartphone), apagamos la alarma, nos dirigimos al baño, injerimos nuestra dosis de café, nos ponemos el uniforme, salimos, trabajamos, regresamos a casa y, en nuestro merecido descanso, nos dejamos mecer por el narcotizante vaivén de las pantallas que nos lleva de la televisión al ordenador, del ordenador al móvil, del móvil a la televisión y vuelta al móvil...

Creemos ser dueños de nuestra voluntad, pero ¿puede ser libre un hombre que, a pesar de no llevar grilletes, vive una vida de esclavo? Como en un banco de peces guiado por un gobio descerebrado, no sabemos dónde vamos ni nos detenemos a cuestionárnoslo; seguimos la corriente con la confianza de que solo la hiperactividad y el movimiento constante podrá salvarnos.

Por eso, cuando la fatalidad nos golpea con la brutalidad propia de esa naturaleza a la que hemos dado la espalda, nunca la vemos venir. Nuestra existencia de hormiga obrera nos mantiene alejados de las leyes universales y las grandes preguntas, pero el abismo nos obliga a parar en seco. No nos queda otra que detenernos y contemplar con espanto nuestra finitud y la de los demás. 

Yo no creo que las crisis, la tristeza y el sufrimiento nos hagan más fuertes, pero sí que nos vuelven más conscientes, nos despiertan. Sin embargo, no deberíamos esperar a que la fatalidad nos encuentre para abrir los ojos y comenzar a pensar por nosotros mismos, es decir, a concedernos ese momento para la reflexión, que hemos estado postergando durante demasiado tiempo. 

Todos deberíamos emular a esas estrellas del rock que, tras una noche épica, se despiertan en un motel de Las Vegas, desorientados y dudando de todo. Nadie debería salir de la cama sin preguntarse primero: «¿Quién soy? ¿dónde estoy? ¿qué hago aquí? o ¿cómo he de vivir?». Esa es, en realidad, la misión principal del día que tenemos por delante. Porque es precisamente esa duda, ese interrogatorio al hoy, lo que nos permite avanzar y tomar las decisiones acertadas.

A la pregunta sobre para qué había venido al mundo, el filósofo griego Anaxágoras respondió: «Para contemplar». Sócrates fue más allá y señaló que «una vida sin examen no merece ser vivida», es decir, estamos moralmente obligados a «conocernos a nosotros mismos. Aprender a estar a solas con nuestros pensamientos no solo nos aporta calma y plenitud, sino que nos permite darnos verdaderamente al otro, es decir, nos hace humanos.

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