La Opinión de Murcia

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Gema Panalés

Todo por escrito

Gema Panalés Lorca

Tres tristes tigres

Imagina que es lunes por la mañana. Temes todo lo que se avecina. Otra de esas semanas que idiotizan. Otro día desesperante en el trabajo, haciendo algo que jamás te planteaste hacer para el resto de tu vida. Te estás haciendo mayor, has desperdiciado tu vida y malogrado tus sueños. Y de pronto te das cuenta de que es domingo por la mañana. Una oleada de alivio baña tu cuerpo entero… la felicidad y la alegría te inundan y llenan de euforia».

El escritor Craig Clevenger se sirve de esta experiencia cotidiana para explicar el efecto que tiene un ‘painkiller’ (analgésico) llamado Vicodin en su libro Manual del contorsionista, una historia a la que he llegado gracias a otro libro, Plantéate esto, del didáctico Chuck Palahniuk. Según Clevenger, la hidrocodona (un opioide derivado de la codeína) es capaz de multiplicar por diez esa sensación de bienestar inmenso que experimentamos cuando, todavía en la cama, nos damos cuenta de que no tenemos que ir a trabajar. Menudo alivio, ¿verdad?

«Las pastillas son el tema, Gema. El gran tema de nuestro tiempo. Las pastillas y el trabajo, claro», me insistía estos días una joven y brillante amiga, que ha venido a vernos a la isla. Sin duda, dio en el clavo, porque al día siguiente de su llegada todos los medios de comunicación informaban sobre la otra pandemia de nuestro tiempo: la oleada de ansiedad que ha convertido España en el primer país del mundo en consumo de benzodiacepinas.

Una de cada cuatro familias españolas (el 25,2%) ha ingerido ansiolíticos por primera vez en 2022 (en 2021 eran el 18,5% de los encuestados), según el XII Barómetro de las Familias. Los psicólogos indican que la ansiedad es una respuesta natural del cuerpo que se activa cuando detecta un peligro: «Si estamos en la selva y nos persigue un tigre, sentiremos los síntomas de la ansiedad: palpitaciones, sudoración, agitación, etc., ya que el objetivo de este mecanismo es ayudarnos a defendernos, escapar o huir».

En nuestra sociedad del rendimiento y la hipercomunicación, los tigres que nos acechan tienen forma de jornadas laborales extenuantes y se encuentran detrás de una pantalla. Los jóvenes de hoy en día (los de la Generación Z) le dan más importancia al trabajo que al amor y priorizan sus relaciones laborales por encima de las de pareja, según el estudio social La percepción del amor, que publicó este verano El País.

El ‘hasta que la muerte nos separe’ no se dice hoy en una iglesia, sino que se explicita en forma de contrato de trabajo. En Asia se ha hecho famosa la ‘Jornada 996’: trabajar de 9 de la mañana a 9 de la noche seis días a la semana, lo que ya ha causado víctimas mortales entre jóvenes del sector tecnológico.

Necesitamos los ansiolíticos para aguantar la presión y el estrés del trabajo y ayudarnos a conciliar el sueño, de manera que podamos rendir al día siguiente. «La obligación de producir y rendir conduce a la falta de aire. El ser humano se asfixia en su propio hacer», dice el filósofo Byung-Chul Han en su último libro, Vida contemplativa (Taurus, 2023), quien añade que «el olvido del ser por falta de meditación nos arrebata el aliento y degrada al ser humano a animal laborans».

Pero, ¿qué pasaría si, como en el relato de Clevenger, no tuviésemos que ir a la oficina cuando nos levantamos? ¿Seguiríamos ingiriendo pastillas si siempre fuese domingo? «Probablemente sí», me responde mi filósofo de cabecera. «La soledad, en realidad es la soledad el gran tema de nuestro tiempo», opina. El otro tigre que nos pisa los talones.

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