La Opinión de Murcia

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Julio Pérez-Muelas Alcázar

Cine y moda, por Jean Paul Gaultier

En el CaixaForum de Sevilla se puede visitar estos días una exposición sobre cine y moda realizada por Jean Paul Gaultier. Reconozco que solo conocía al modisto francés de un anuncio de colonias de hace varios años. No admito grandes variaciones en mi armario y sigo la moda desde muy lejos, pero en cuestiones cinematográficas todo cambia (tan importante es el esmoquin de Leonardo DiCaprio en Titanic como la reconstrucción de ese mastodonte de acero; tan sensuales son las sedas de Kim Basinger en LA Confidential como vertiginoso es su guion). En cine cuenta hasta el último detalle y una manga mal cortada puede llegar a estropear la mejor de las escenas.

Cine y moda, por Jean Paul Gaultier

Una vez dentro del CaixaForum, uno comprende que Gaultier es, en realidad, un consumado cinéfilo. Ya en la primera sala se desvela que su pasión por la costura comienza a los 13 años con Falbalas (1945), una obra de Jacques Becker sobre un diseñador parisino. A partir de este momento toda su vida girará alrededor de la moda y tendrá en las películas a un aliado inmejorable.

La muestra deja de lado por unos instantes los retazos autobiográficos de Gaultier y comienza a hacer un repaso por la historia del cine a través de ciertas prendas que han ido marcando tendencia dentro y fuera de la pantalla. Allí encontramos desde uno de esos vestidos estrafalarios que lució Martine Carol en Lola Montes, hasta unos pantalones de cuero del mismísimo John Wayne; desde aquella chupa negra repleta de cremalleras de Marlon Brando en Salvaje, hasta el vestido blanco del cruce de piernas con el que Sharon Stone dejó sin aliento a media humanidad en Instinto básico. La exposición es, en este sentido, bastante completa. No olvida indumentarias tan populares como las de Superman o algunas de las chicas que han acompañado a James Bond en sus múltiples aventuras por los abismos.

Pese al gran arranque de la exhibición, Gaultier no es capaz de mantener el tipo. Explica en uno de los paneles que Marlen Dietrich, Greta Garbo o Katherine Hepburn acostumbraban a llevar ciertos atuendos masculinos para «emborronar el concepto de género y plasmar unos deseos de emancipación que rompían con el orden social». Por muy extendidas que estén estas afirmaciones, uno nunca termina de estar preparado. Cuando pienso en cualquiera de estas estrellas me vienen a la cabeza un centenar de planos, femeninos y sensuales en su mayoría, que muy poco tienen que ver con esa guerra de género que venimos padeciendo.

Sigue la metralla en la siguiente sala después de una pequeña referencia a Pedro Almodóvar. De este modo comienza una colección de retales de difícil catalogación para quien acude a contemplar la moda como si se tratase de un cuadro de Velázquez. Hablo de punkis militarizados, de sostenes terminados en agujas de acero y hasta de una suerte de vestido de novia masculinizado con vello púbico que se sitúa muy lejos de lo que es el cine. No tarda en sumarse a la fiesta La naranja mecánica con esa cultura transgresora que trajo Kubrick y, solo entonces, todo cobra sentido.

Por fortuna nos aguarda un final hitchcockiano. Sobre una pasarela, varios maniquíes portan diseños de Gaultier y de un televisor al fondo van surgiendo una serie de películas relacionadas con esta temática. Merece la pena ver desfilar a Marilyn Monroe en Cómo casarse con un millonario o a Audrey Hepburn en Una cara con ángel. De todas ellas me quedo con Grace Kelly en La ventana indiscreta. Creo que tiene el mejor pase de modelo que jamás se haya filmado.

Pese a estos destellos, la exposición me deja algo frío. Tengo la sensación de que Jean Paul Gaultier se ha olvidado por momentos del cine y ha perdido una oportunidad única de rendirle homenaje a los grandes vestidos que le hicieron crecer en la moda. Por algún extraño motivo los artistas se refugian a menudo en el ruido y la furia.

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