La Opinión de Murcia

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Benedicto XVI, ¿el penúltimo Papa?

Joseph Ratzinger

Que un Papa entierre a otro Papa es un hecho tan histórico como que dos pontífices hayan convivido durante el último decenio. Ante un acontecimiento tan relevante, la expectación por la ceremonia de despedida era máxima. Y solo los especialistas supieron señalar los matices que diferenciaron el funeral en la plaza de San Pedro por el alma de Benedicto XVI del de su antecesor, Juan Pablo II, que murió ostentando el cargo a pesar de su dolorosa agonía, su larga impotencia y su extrema tolerancia con el gran pecado que sigue afectando a la Iglesia católica de nuestros días. Los abusos sexuales.

Joseph Ratzinger

Quizá también por eso, y por la gran popularidad del Papa polaco, la concurrencia de fieles del pasado jueves fue menor. Estuvo de acuerdo con la devoción y la curiosidad también menguantes que provocaron la conmoción por el óbito y el interés anterior por el ejercicio del teólogo alemán. Lógico. No era fácil seguir la estela de quien entendió su apostolado como una gran apuesta por el ya entonces futuro incierto del catolicismo convocando a los jóvenes a grandes recintos como si de conciertos de rock se tratara. Aunque detrás de aquellas modernas y cuidadas escenificaciones se escondiera un conservadurismo que se pretendía infundir a las nuevas generaciones propio de quien se había forjado en la resistencia al comunismo y comprometido con su caída. Lo consiguió gracias a las habilidades diplomáticas vaticanas, imprescindibles para cambiar la geopolítica del este de Europa para siempre.

Transición. Aquella doctrina contundente a la que el papa Francisco intenta dar la vuelta necesitaba de una transición. La protagonizada por Joseph Aloisius Ratzinger (Marktl, Baviera, Alemania, 16 de abril de 1927 / Ciudad del Vaticano, 31 de diciembre de 2022). Y así fue como el joven y competente intelectual que había aportado valiosas ideas al aperturista Concilio Vaticano II se vio empujado por obligación y lealtad a revisar sus propias convicciones mientras fue el inalterable prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que es de donde emanan la ley y el orden obligados para hacer cumplir los cánones de la creencia. Y pasó de debatir sobre teología con algunos de sus admirados colegas a prohibirles la docencia por descarriados.

Aquel contraste evidente se intentó neutralizar con la imagen del sabio pensador apartado del mundanal ruido. Se insistía en sus aportaciones científicas o filosóficas, por ejemplo, identificando la estrella de Belén con una gigante que explotó por los aledaños del nacimiento de Jesús. O presentándonos a los Reyes Magos de ayer como unos sabios predecesores, precursores de los buscadores de la verdad, propios de todos los tiempos y representantes de la inquietud por el conocimiento que conlleva el espíritu humano.

Dice el arzobispo Georg Gänswein, que fue secretario personal del Papa fallecido, que destruirá sus cartas privadas. Que Francisco le ha sorprendido y convencido. Es obvio, pues, que dudó porque recelaba. Y que con el beso que depositó sobre el ataúd de cedro que guarda para siempre los restos humanos destinados a convertirse en polvo, despedía también algunos secretos sin los cuales se podrá mantener la mística de una creencia de más de 2.000 años. La defendida por el penúltimo Papa según las desacreditadas profecías de San Malaquías y Nostradamus.

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