Opinión | Las fuerzas del mal
La niña de tus ojos
Si había una cosa que le daba más pánico que la muerte era ver que le hicieran daño a su niña, la niña de sus ojos. Que todavía era su niña aunque ya tuviera veintiún años y le costaba reconocerla como mujer. No era nada difícil de explicar porque, mirando a cualquier punto vacío de la casa, podía verla levantando apenas medio metro del suelo, obsesionada como estaba por las princesas Disney, que ella siempre quería ser Bella y leer libros. Mientras que ella tenía, con su lengua de trapo, la precisa palabra de cuatro sílabas para casi cualquier cosa de su vida, jugaban a que él era la bestia con unos colmillos espantosos y se convertía en príncipe y que la tetera y la taza de Ikea que se habían comprado en casa la vez que les dio por beber té verde para adelgazar podía hablar y cantar.
Cuando dejó las princesas Disney, su niña siguió leyendo pero los libros no evitaron que creciera y que al levantar un metro del suelo ya le dijera claramente que le gustaban los rascacielos. Los dibujaba como si fueran una obsesión y se había aprendido los horizontes de las veinte ciudades más importantes del mundo de memoria y otras las podía adivinar por una figura en concreto. Eso le había durado dos años, quizás tres, y se ve que los rascacielos le habían quedado pequeños y quería alcanzar más arriba de la punta del cielo más alto, o enviar algo más allá, porque empezó a aficionarse a los cohetes, a los motores y a despuntar en ballet, que nunca había dejado de hacerlo, desde pequeña, aunque también le gustara el fútbol, pero lo del fútbol sí que se le pasó, menos mal, porque él no la veía a ella corriendo detrás de una pelota.
Lo de la primera minifalda sí que no lo vio venir, pero tampoco podía llamarse a eso minifalda y todas las hijas de sus amigos la llevaban aunque algunas demasiado cortas. Y tanto creció que ahora estaba en la Universidad. En fin, era la vida, pensó, con un suspiro de resignación y trató de quitarse el pensamiento de que algo le pasara a la niña de sus ojos.
Encendió la televisión y ahí estaba de nuevo la asquerosa de Irene Montero, tan redicha y tan inútil, que había sido puesta ahí porque el marido, el macho alfa, la había impregnado, no por otra cosa, que solo había sido en la vida cajera de supermercado, y se habían comprado el casoplón ese en Galapagar. Ya la tenía que comer bien, ya, pensó, mientras los colmillos de bestia le crecían y se juntaba, en una manada virtual, con las mismas bestias que decían que su niña, la de él, la comía muy bien porque si no no se explicaban que siendo tan guapa hubiera conseguido una matrícula de honor en Mecánica de fluidos. De fluidos, tío, decían, mientras imitaban el claro gesto de una mamada y se reían entre ellos por lo bajo mientras ella pasaba enhiesta, altiva, curiosa, potente, fuerte y a la vez, sin saberlo, tan frágil, a merced de que alguien quisiera comprobar si de verdad la comía tan bien como decían de ella, de la niña de sus ojos.
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