Opinión | Luces de la ciudad
Ernesto Pérez Cortijos
Zapatero a sus zapatos
Me aventuro a realizar un pequeño experimento para comprobar el nivel de exigencia de algunas personas que se consideran guardianas de la sabiduría absoluta. Para ello, elijo a tres conocidos que, en contraposición a la famosa frase atribuida a Sócrates «solo sé que no sé nada» con la que el filósofo griego expresa su propia ignorancia, enarbolan el estandarte de un conocimiento cuya máxima es: «Solo sé que lo sé todo».
Pues sí, está claro que estas personas existen y cada vez son más las que nos ‘ilustran’ con su sapiencia en nuestra vida cotidiana.
Pese a que no siempre lo consiga, procuro tener mucho cuidado para no verme arrastrado por esta tentación, a veces irresistible, de opinar de todo, aunque mis conocimientos sobre los temas a tratar sean escasos o nulos.
Es indudable que estos sabelotodo, denominados ultracrepidianos, alcanzan su momento culmen en reuniones de amigos, de trabajo o incluso con grupos de desconocidos. No importa, todo vale. Cualquier auditorio es idóneo para exponer sus argumentos irrefutables, da igual de qué se trate, ellos entienden de todo, ellos saben de todo, ellos hablan de todo.
De hecho, volviendo a mi experimento, elijo tres temas de carácter científico que pongan a prueba a mis conocidos: 1) el impacto sobre la Tierra del asteroide que acabó con los dinosaurios; 2) la longevidad de los reptiles y anfibios; 3) las preocupantes mutaciones del virus de la viruela del simio. Tres temazos sin duda.
Recabo un mínimo de información sobre estas cuestiones, las suficientes para, llegado el momento, filtrarlas en las conversaciones; porque si alguien realmente no tiene ni pajolera idea de estas materias, ese soy yo.
Aunque en los tres casos se repite el mismo patrón: buscar su momento de gloria, cada una de mis cobayas ultracrepidianas afronta de manera diferente el tema que le ha tocado en suerte. La primera, impone su opinión contradiciendo mis datos y dejando ver a las claras que estoy equivocado; la segunda, coge la palabra y, sin dejar intervenir a los demás, desarrolla un discurso soporífero que, en el fondo, nada tiene que ver con el asunto planteado y, por último, la tercera, realiza una crítica feroz sobre las investigaciones llevadas a cabo y propone otras actuaciones, indiscutiblemente para ella, más adecuadas.
No me sorprenden las distintas reacciones, las esperaba. ¿Cómo no iban a opinar? Estas personas se creen cultas por mandato divino y sin embargo no entienden que esa misma convicción les impide avanzar en su proceso de aprendizaje.
En fin, allá cada cual, pero señores ultracrepidianos, un poquito de por favor, descendamos a la tierra y asumamos los límites.
Ya conocen la anécdota que cuenta Plinio el Viejo sobre Apeles de Colofón, el pintor favorito de Alejandro Magno, en la que el artista aceptó la crítica de un zapatero sobre una sandalia pintada en uno de sus cuadros, pero cuando este continuó criticando el resto de la obra, Apeles respondió: Ne supra crepidam sutor iudicaret («no opines más arriba del zapato»), es decir: ¡zapatero, a tus zapatos!
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